En el gaudiniano edificio de La Pedrera, situado en el corazón de Barcelona, se viene ofreciendo, desde el pasado 6 de marzo y hasta el 28 de junio, una exposición dedicada al movimiento artístico denominado Les Nabis (cuyo nombre deriva del término hebreo neviim, que significa “profetas”), un grupo de artistas independientes que, como tal, duró poco tiempo (la última década del siglo XIX y los primeros años del XX), pero resultó determinante en la transición entre el impresionismo y las primeras vanguardias del siglo pasado.
La exposición, organizada por la Fundació Catalunya La Pedrera, con la colaboración de Musée d’Orsay de París, y comisariada por Isabelle Cahn, se encuentra ordenada en diferentes secciones temáticas, en correspondencia con los grandes ejes vertebradores de la producción de los artistas que formaron este círculo, lo que facilita el agradable paseo pictórico que constituye la visita a la exposición.
El grupo artístico fijó sus raíces en la estética de Gauguin (en especial el aspecto más simbolista de sus obras) así como en el arte japonés, con un claro rechazo hacia el naturalismo, y en busca de formas depuradas y colores intensos que se acercan más a la sugestión que a la representación fiel de la realidad.
Con total libertad, los miembros del círculo se inclinaron muchas veces por temáticas y visiones estéticas diferentes. Así pues, Sérusier, Denis, Ranson y Verkade tendieron hacia la búsqueda de una perspectiva más espiritual, e incluso fantástica del arte, mientras que los autores más conocidos del grupo, Bonnard, Vuillard y Vallotton, se consagraron hacia temas de la vida cotidiana y moderna, gracias, sobre todo, al bullicioso encanto que ofrecía, en ese mágico cambio de siglo, la ciudad de París, al cual Bonnard y Vuillard, sobre todo, se consagraron para retratar el ambiente febril, a la vez señorial y bohemio, que caracterizaba la ciudad.
Siguiendo la iniciativa de ocasiones anteriores, la exposición ha estado secundada por diversos actos relacionados con la temática, tales como visitas guiadas, talleres y recitales de poesía y de música. De un modo parecido a la propuesta que se ofrecerá en mayo de una velada poético-musical en el marco del Festival de Poesía de Barcelona, en la que las obras de Les Nabis dialogarán con versos de Mallarmé, Verlaine y Guide, se organizó en la sala pequeña del Palau de la Música un concierto en el que la voz humana y el piano actuaron como instrumentos de conexión entre la estética del grupo y la de algunos compositores contemporáneos a él.
El programa musical giró en torno a la canción francesa, española y catalana del cambio de siglo, y sus intérpretes fueron dos músicos en plena efervescencia, como son la soprano Mireia Tarragó y el pianista Marc Serra.
El concierto fue planteado como un paseo sugerente por el paisaje musical de la época de Les Nabis; un paseo sumergido en la magia y la ternura, repleto de sensibilidad, que, con muy buen criterio, y aunque se desarrolló en un solo acto, sin intermedio, estuvo planteado en dos partes diferenciadas, y siempre, de fondo, con imágenes de los cuadros de la exposición proyectadas en una gran pantalla.
En primer lugar, los intérpretes nos ofrecieron una selección de melodías francesas de Fauré (las deliciosas Claire de lune y Mandoline), Debussy (Colloque sentimental, C’est l’extase langoureuse, Green) y la compositora Mélanie Bonis, seguidas de cuatro hermosas canciones de Pau Casals y Lluïsa Casagemas. En este espacio de tiempo, las imágenes se centraron en las pinturas más etéreas y sutiles, con dominio de los colores verde, lila y azul.
A mitad de la velada, mientras Marc Serra nos ofrecía la maravillosa Evocación de la Suite Iberia de Albéniz, un fragmento situado fuera del tiempo y del espacio, Mireia Tarragó desapareció del escenario para, a su regreso, mostrarnos un cambio significativo en su atuendo: el inicial vestido blanco sedoso había sido sustituido por un traje rojo, que simbolizaba la despedida de la melodía tenue y aérea para dar paso a las canciones ardientes y desenvueltas de Granados (especialmente atractiva El tra la la y el punteado, que estuvo acompañada de El mirar de la maja y El majo discreto) y, para finalizar, al estilo inimitable de Satie, siempre sarcástico, ocurrente y voluptuoso, como puede verse en La diva de l’empire.
Un giro, el de la parte final del concierto, tan interesante como ameno, que se vio secundado por imágenes de obras más frívolas y mundanas, con dominio de colores intensos como el rojo y el negro. Como propina, se nos propuso un regreso a la sensibilidad extrema de Fauré a través de su célebre canción Après un rêve.
La interpretación de Mireia Tarragó y Marc Serra, jóvenes intérpretes ambos pero ya plenamente consolidados en el panorama musical, me ha parecido de primer orden, en especial la gran armonía y compenetración existente entre ambos sobre el escenario. Además de mostrarse como un pianista de lied ideal, Marc Serra nos ofreció dos piezas para piano solo, la mencionada Evocación de Albéniz y Reflets dans l’eau, de las Images de Debussy, en las que mostró una sutil y exquisita sensibilidad. Por su parte, Mireia Tarragó estuvo espléndida en toda su actuación, mostrando una voz brillante y matizada, llena de detalles perfectamente adecuados al ambiente de cada pieza. A mí, personalmente, me dio la impresión de verla algo más desenvuelta y segura deslizándose por los paisajes atemporales de la música de Fauré y Debussy, que en las fogosas y muy españolas tonadillas de Granados.
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