Hay artistas que son capaces de crear una perfecta complicidad y sintonía con el público, además de una intensa conexión emocional. El bajo barítono canadiense Gerald Finley, gran experto liederista, visitaba el Teatro Real para ofrecer, junto al director Leo Hussain -presente en la Lakmé en versión de concierto de 2022-, un recital operístico con orquesta tras una ausencia en el coliseo de dos años, inmortalizando entonces su wagneriana creación de Hans Sachs en Los maestros cantores de Nuremberg. Y venía a hacerlo con un ramillete de papeles a los que ha aportado su impronta propia, desde Mozart y Rossini, pasando por Verdi y el propio Wagner, hasta John Adams, y que conformaban el sugestivo y jugoso título del programa: Amos, criados, truhanes y revolucionarios.
De entrada, mientras el maestro británico comandaba una vigorosa pero a la vez flexible obertura de Las bodas de Fígaro con algún que otro desajuste en los diálogos de las maderas que no hacía percibir un empaste perfecto con el resto de la orquesta, observar un perchero con diversos trajes y chalecos en el flanco izquierdo del escenario hacía prever una velada que iba a ser más que un recital al uso, ya que se aventuraba que el componente actoral iba a estar bastante presente.
La expectativa fue gratamente satisfecha en el primer capítulo, en el que el cantante brindó cinco arias mozartianas, repertorio que se erige como una de sus grandes especialidades. Ataviado con chaleco como el criado Fígaro y teatralizando cómicamente mientras sostenía una americana en su percha a la que se dirigía como si del conde se tratase, dotó de intencionalidad al aria del primer acto ‘Se vuol ballare, signor contino’, donde pudimos empezar a apreciar el bello color baritonal con gran firmeza en el registro central.
Tras un pequeño lapso, en su nueva salida fue el interpelado personaje el que hizo acto de aparición, un trajeado Finley revestido de Conde de Almaviva con su aria del tercer acto ‘Hai già vinta la causa’, donde consiguió dar el contraste adecuado al Fígaro precedente en un leve oscurecimiento del timbre y revistiendo -nunca mejor dicho- de autoridad a la interpretación.
Acto seguido llegaba el turno de Don Giovanni, y esperando de nuevo la sorpresa en escena, el Finley que apareció ante nuestros ojos iba enfundado con gorra y gafas de ver simulando laboriosidad, portando un cuaderno con una lista de pegatinas que se enroscaba cual acordeón sobre la escena mientras entonaba el aria del catálogo confiada a Leporello (‘Madamina, il catalogo è questo’) -de nuevo Finley de criado- pasando por los cambiantes caracteres del aria: agilidad bufonesca sin exageraciones (impagable la alusión a España: “ma in Ispagna son già mil e trè”), finura en el decir y elegante línea de canto en la parte lenta contrastante.
Su siguiente salida fue con otro cambio de indumentaria para caracterizar al seductor. Con gafas de sol y un instrumentista de mandolina a su lado, cantó a íntima media voz y con fino legato ‘Deh, vieni a la finestra’, para luego exteriorizar la expresión en la brevísima pero siempre enrevesada ‘Finch’an dal vino’, donde exhibió auténtico control del fiato. A excepción del aria del conde de Le nozze di Figaro, estas páginas fueron precedidas de sus respectivos recitativos secos, que Hussain, privado de podio en este primer bloque, acompañó con sutilidad al pianoforte.
Tras Mozart llegó Rossini, pero no el bufo, sino el serio, con la célebre obertura de Guillermo Tell, acometida con riguroso sentido de la continuidad por el director británico, conciliando el juego camerístico de los chelos en diálogo y la sonora tormenta antes de una vigorosa cabalgada, a la que siguió el aria del protagonista del tercer acto (‘Sois immobile’), donde Finley dio muestras de calidez y exquisita dicción francesa, para luego dar un salto al siglo XX con uno de los roles más asociados a su personalidad vocal: el revolucionario Robert Oppenheimer en Doctor Atomic de John Adams, al que en la pseudo plegaria ‘Batter my heart’ el cantante canadiense reviste de una contenida carga emocional en medio de los explosivos y contrastantes ostinatos de la orquesta a modo de ritornelli.
La segunda parte, consagrada a Verdi y Wagner, sirvió para afianzar aún más las cualidades como artista pleno de Gerald Finley, comenzando con un Credo de Otello (‘Vanne’) espléndidamente dicho y perfilado en toda su paleta expresiva y con un canto alejado de las estridencias propias de otros cantantes, como en el grito de guerra final tras unas frases a media voz con más carácter de confidencia que de sinuosidad.
Siguiendo con Shakespeare como nexo de unión, el ballabile de las brujas del acto tercero de Macbeth supuso un nuevo despliegue de virtuosismo para la orquesta titular del teatro, espléndidamente coordinada en todos sus atriles, antes de que volviese el Finley actor para recrear la impronta dramática del recitativo previo (‘Perfidi’) al aria del cuarto acto ‘Pietà, rispetto, amore’ de la citada ópera, destinando un canto de insigne nobleza cuyo timbre y estilo lo catalogan en la nómina de los barítonos verdianos.
Por fin, el memorable monólogo de Sachs de los Meistersinger wagnerianos, con un opulento acompañamiento que partió desde el preludio instrumental del acto tercero de la única ópera cómica del compositor de Leipzig, vino a rememorar su última participación escénica en este coliseo conduciendo el recital a las cotas más altas de humanidad vocal después de la galería de villanos anteriores.
La amplia ovación de un público agradecido por tantas muestras de sabio oficio y de lecciones operísticas sin parangón animó al bajo barítono a mostrar otra de sus facetas, la de cantante de musical americano, obsequiándolo con dos magistrales ejemplos, el segundo de los cuales fue la inolvidable canción ‘Edelweiss’ de Sonrisas y lágrimas que Christopher Plummer como el capitán Von Trapp cantaba en el mítico film de Robert Wise y del que Gerald Finley resucitó su espíritu, impecable broche de oro a la actuación de un enorme artista que como buen galán de la escena sabe vestirse y vestirlo todo con el inconfesable secreto de la veteranía.
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