Ópera y Teatro musical

Fenice contra Beatrice

Vicente Salvá
Fenice contra Beatrice Fenice contra Beatrice © 2026 by Vicente Salvá
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El Teatro La Fenice de Venecia ha decidido poner fin a su relación con Beatrice Venezi, quien había sido designada para dirigir la institución entre 2026 y 2030. Es el desenlace de meses de fricción interna, alimentada por un rechazo creciente por parte de los músicos de la orquesta, que han sido capaces de unir sus voces contra el nombramiento de la directora.

La situación se ha agravado por unas declaraciones en las que la directora acusó a los músicos de nepotismo.

La fundación consideró tales palabras no solo desafortunadas, sino directamente ofensivas para la dignidad profesional de unos intérpretes que acceden a sus puestos mediante exigentes concursos públicos.

En un mundo como el de la música clásica, donde el mérito se mide con lupa y cada atril se gana con años de estudio, la insinuación no podía caer en peor terreno. La respuesta institucional ha sido clara: echar a Beatrice, cortar por lo sano para preservar la cohesión interna.

La decisión ha sido recibida con alivio por buena parte de los artistas, del público habitual y de los sindicatos. No es difícil entender por qué. La crisis había dejado de ser un desacuerdo artístico para convertirse en un problema de convivencia, en el que se mezclaban dudas sobre el nombramiento, tensiones políticas y una sensación cada vez más extendida de desconexión entre dirección y orquesta.

El objetivo ahora es recomponer un clima de respeto mutuo y devolver el foco a lo esencial: la excelencia artística.

Este caso está resucitando las polémicas en más de una orquesta cuya batuta principal está en entredicho. Porque cuando se traspasa la delgada línea roja y quienes llevan batuta confunden el podio con una escritura de propiedad, tarde o temprano acaban pagando el arriendo de sus osadías. La autoridad en música —como en casi todo— no se impone, se construye. Y se sostiene únicamente mientras quienes están al otro lado del gesto creen en él.

En este episodio, los músicos de La Fenice han ofrecido una lección profundamente elocuente. Han recordado, con esa serenidad que solo concede el oficio, que una orquesta no es un rebaño con atriles, sino un organismo vivo, dotado de criterio, pensamiento y dignidad. Puede seguir, puede adaptarse, incluso puede ceder. Pero no es, ni será nunca, un instrumento dócil al servicio de los amos con batuta.

En cuanto a Beatrice, el refranero —siempre sabio— admite actualizaciones oportunas: En boca cerrada no entra ni un bemol. A la estimable directora le queda, por supuesto, el recurso de la carta de apoyo: listas de firmas, más o menos entusiastas, demostraciones públicas de respaldo y papel mojado. Unas cien firmas bien ajustadas pueden obrar milagros. Pero conviene no olvidar que incluso las cartas de apoyo tienen fecha de caducidad. Y fuera de la temporada navideña, su magia se desvanece. Quien consigue colarla por Navidad sigue coleando hasta la primavera —hasta el verano, si me apuran—, pero no mucho más.

Quizá la enseñanza más valiosa de este episodio no esté en Venecia, sino en quienes observan desde lejos. En aquellos músicos que, aquí y en cualquier parte, siguen creyendo que callar es una forma de prudencia. No siempre lo es. A veces, el silencio no preserva la armonía: la deteriora. 

Lo que ha ocurrido en La Fenice —alzar la voz a tiempo— demuestra que es la única manera de salvar la música.

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