Se podría decir sin temor a equivocarse que Schumann y Wagner constituyen dos formas distintas, pero con muchos puntos en común, de enfrentar la música del Romanticismo. Ambos llevan a cuestas la imagen del músico-poeta, ya de forma literal: Schumann adoraba la literatura y, según se cuenta, de jovencito coqueteaba con ambas disciplinas, música y literatura, antes de que su prodigioso talento le hiciera decantarse definitivamente por la primera. Wagner, en su intento de fusionar todas las artes bajo el concepto del drama musical, también valoraba grandemente la poesía, demostrando su talento en este campo como autor único de los libretos de sus óperas. Además, en lo puramente musical, ambos se adentraron en el universo melódico con un intuitivo y convincente sentido poético. Schumann, desde su hipersensibilidad emocional, aprovechando sus extraños y excepcionales cambios de ánimo; Wagner, desde su gigantismo dramático, a través de sus personajes teatrales.
Otro punto común entre ambos compositores acaso sea su temperamento pasional, que se matiza en apasionado cuando despunta en el corazón de sus creaciones musicales. Lo podemos ver en la mayoría de las obras de ambos autores. En el ardor y entusiasmo que desprenden las obras sinfónicas e instrumentales de Schumann, así como en sus momentos más oscuros y atormentados, y, desde luego, en cada pasaje y en cada personaje de los dramas wagnerianos. ¡Qué difícil es identificar un solo personaje wagneriano que haya sido concebido bajo el manto de la frialdad o el despego!
Pues bien, el primer acierto que podemos atribuir a Nikolai Lugansky en su visita al Palau de la Música, ha sido la elección del programa del concierto. El pianista ruso, que ya deslumbró a los oyentes barceloneses hace diez años con una lectura majestuosa del Segundo concierto de Rajmáninov junto a la Orquesta Gulbenkian, ha regresado, esta vez en solitario, para exprimir el jugo romántico, poético y apasionado, de estos dos grandes creadores, con una selección de cuatro obras, las cuales han permitido al que fuera último discípulo de la gran Tatiana Nikolaieva, abordar los caracteres psicológicos de ambos compositores desde dos perspectivas distintas de cada uno, y, a la vez, han puesto de manifiesto su gran versatilidad virtuosística.
Empecemos por el principio. Quien tuviera en la cabeza la imagen de Lugansky como un pianista “hiper-virtuoso”, demoledor, que, en consecuencia, se encuentra incómodo tocando obras suaves y tranquilas, se habrá dado cuenta de su error al escuchar las famosas Escenas infantiles, una obra más cercana a la poesía que a la pasión, que rehúye la brillantez y se refugia en el encanto de lo sencillo y emotivo. Ya en el n.º 1 (De extraños países) pudimos escuchar un Lugansky increíblemente sensible, jugando a placer con la ternura y el encanto de la pieza. En otros números tan sutiles e inocentes como éste (ahí están la famosa Rêverie y el delicioso n.º 12, El niño se duerme), se pudo corroborar la preparación del intérprete para abordar estos fragmentos tan particulares. Quizás fue en los números más rápidos donde Lugansky tuvo que echar el freno de mano para no disparar un exceso de esplendor, como le sucedió en el n.º 6, Acontecimiento importante, que a mi modo de ver, sonó algo confuso y precipitado.
El concierto continuó con otra obra de Schumann, con un fondo poético, esta vez sí, atacado por la pasión romántica en su máxima potencia. Me estoy refiriendo a la Humoreske, composición en cinco partes que se presenta al oyente como “una montaña rusa emocional, que salta de la euforia a la melancolía en cuestión de segundos: a veces alegre, a veces apasionada, pero siempre impredecible”. Estas palabras las he transcrito directamente del programa de mano porque me han parecido del todo acertadas. Esto es la Humoreske de Schumann y así la interpretó nuestro pianista, capaz de dirigir sus dedos hacia el silencio y la aflicción para transformarse en puro fuego instantes después. El mejor ejemplo lo tenemos en la transición entre el tercer y el cuarto movimiento (Innig-Sehr lebhaft), donde Lugansky articuló el cambio de ánimo de forma magistral.
La segunda parte del concierto fue la wagneriana, y en ella, con mucha inteligencia, el intérprete ruso nos mostró dos variantes de la transcripción, ahondando de modo distinto en la pasión y la poesía del autor de Parsifal. Yo no conocía la traslación pianística, realizada por el propio Lugansky, de las Cuatro Escenas de El ocaso de los dioses, y escuchándolas en la sala, no me quedó otra opción que aplaudir la habilidad del pianista ruso, sabiendo, desde luego, a qué atenerme. En esta obra (que bien podría presentarse como una fantasía, porque se interpreta de un tirón, sin pausa, e incluye el Duetto de amor de Siegfried y Brünnhilde, el Viaje de Siegfried pòr el Rin, la Marcha Fúnebre de Siegfried y la Inmolación de Brünnhilde), Lugansky ha pretendido al mismo tiempo conectar con el espíritu más dramático de Wagner y mostrar el summum de su habilidad virtuosística. A los presentes en la sala se nos vino encima un auténtico torbellino pianístico, brillante y emotivo, en especial en la última parte, con la poderosa Marcha Fúnebre y el impetuoso final de la walquiria y, con ella, del reino del Valhalla.
La última obra del programa la constituyó otra transcripción wagneriana, con un final también rebosante de poética y pasión. En este caso, se trataba de uno de los decesos más carismáticos de la historia de la ópera, la famosa Muerte de amor de Isolda, que Lugansky interpretó según la transcripción de Franz Liszt, la cual sonó muy diferente a la transcripción escuchada minutos antes sobre la última parte de El Anillo del Nibelungo. El arreglo pianístico de Liszt está plenamente encuadrado en la estética decimonónica y en la personal lectura del fragmento por parte del compositor húngaro. No es tan virtuosístico como puede parecer a primera vista, sino que más bien atiende el aspecto más poético y humano de la pieza. El piano parece querer imitar la voz lamentosa de la soprano y trasladar al teclado el tormento y la redención que se plasman en la partitura. Lugansky transmutó con acierto el virtuosismo deslumbrante por otro más moderado y reflexivo.
Al final, tanta muerte apasionada, tanto desconsuelo “isóldico” y “bruníldico”, tanta trágica grandeza, y tanta pasión en el teclado, despertó aplausos también apasionados del público asistente (por desgracia, llenando sólo media entrada del Palau), que fueron correspondidos por diversas propinas de un Nikolai Lugansky que parecía del todo satisfecho tanto por su actuación como por el calor que recibió del público.
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