Manifestación de Profesores de Música © 2026 by Rafael Díaz
Más de 35.000 docentes en las calles de Valencia. Cuatro bandas más o menos improvisadas con una cincuentena de integrantes cada una. Dos grupos de dolçainers i tabaleters. Una batucada. Una rondalla. Y mucho verso suelto. Y suena Volem, volem, volem. ¿Que qué queremos? Venga, pues vamos con la primera: dignidad para la escuela pública. De acuerdo, algo vago, pero no tanto si sabes lo que es la dignidad. Y no te digo ya si la pretendes hacer extensiva a esa población por la que supuestamente deberías velar.
Yellow Submarine, el toque british. ¡Será por lenguas! Y en la parodia que con esa música se canta (¿cuántas se habrán hecho sobre esta canción?) hasta entra el latín: Opus Dei. Dinero para colegios concertados, incluso para los que segregan -bueno, los que segregan en las dos mejillas, porque al menos en una segregan casi todos-. ¿Y que las familias pagan cuotas? No pasa nada, son deducibles en la declaración de la renta. Doble bofetada en las mejillas del erario. Por cierto, el erario siempre es público, hay que evitar el pleonasmo. Lo curioso es que algunos redundan tan poco que alcanzan un épico oxímoron: un erario privado. Si son los mismos que pagan cuotas en colegios que segregan -una o varias veces-, quizá no se trate de una casualidad.
Que la situación sea seria, tan seria como para haber dejado de ingresar en torno a los 800 euros en cinco días de huelga, no obliga al abatimiento. Al contrario, es una jornada radiante (las nubes no importan), festiva. Y no hay fiesta que se precie sin Raffaella Carra, que presta su Pedro para que se pueda cantar, en triple invocación, “ratio, ratio, ratio”. Invocación reductora. Porque hablamos de enseñar, de atender, de cuidar, no de estabular. ¿O no me habré enterado bien? ¿Sufriré algún trastorno de atención? ¿O de hiperactividad y, de ser el hado malévolo, sumado al anterior? ¿Trastorno de ansiedad, acaso? ¿O trastorno del estado de ánimo? ¿Será depresión? A ver si voy a tener ideas suicidas. ¿Y si fuera un trastorno alimentario? ¿O del espectro autista? ¿O tendré problemas de aprendizaje? Y, en ese caso, ¿dislexia, discalculia o disgrafía? En fin, el trastorno de la conducta, ese sí que no me lo quita nadie: desafío a la autoridad. Insumisión moderada, tampoco es cuestión de presumir. Pero justa.
Con Mari Carmen, de La Pegatina, entran ideas nuevas. Así se llama la consellera de Educación y el juego se multiplica. Supuestamente es del gremio y, de nuevo supuestamente, ha de saber de qué va el negocio. Y lo debe de saber bien. Porque el negocio está donde se encuentre la bolita, que poco se detiene en lo público. Mientras, la canción le recuerda la falta de profesorado (tardanzas en completar plantillas a comienzos de curso y cubrir bajas, incluso las previstas con mucha antelación) y el incumplimiento en las obras (obra de infraestructura, no obra de Opus, que ahí sí se cumple con precisión sacramental). ¿Pues no va el otro día y me pregunta un señor con toda su buena voluntad que cómo llevo lo del aire acondicionado en el aula? Helado me quedé. “Quiero tener las condiciones que la gente imagina que tengo” se leía en una pancarta. ¿Se imagina alguien el calor que se pasa en determinadas aulas durante varios meses del curso en Valencia? Esos goterones de sudor recorriendo la columna hasta perderse entre los abismos de Escila y Caribdis. Y claro que se abren ventanas. Y al calor se le añade el ruido y la contaminación. El cóctel perfecto para impartir varias clases al día. Y esto es solo una pincelada. La casuística aquí es infinita.
El pito al coll i el jupetí, la versión de la popularísima La manta al coll i el cabasset resume ideas previas. Pero añade algo no menor, la cuestión de la lengua. Que una lengua propia sea más una cuestión que una afirmación resulta indignante. Que se eliminen de los planes de estudio a autores y autoras que han nacido, por poner un par de ejemplos, en Cataluña o en las Baleares resulta, además, espantosamente ridículo. Y si se llegan a esos extremos, qué no ocurrirá en el uso más básico de esa lengua en el aula.
En ese sentido, Mediterrània, de La Fúmiga, nos recuerda quiénes somos y nos habla de abrazos viajeros. Porque la escuela pública acoge a quienes de momento han sorteado a la mar como “cementeri de la humanitat”. Su integración es un reto que merece la pena. Pero necesita recursos. “La inclusión no es cosa de magia” recordaba otra pancarta.
¿Será cuestión de ideología? Indudablemente. Bella ciao. ¡Por las escuelas de educación especial! Tobogan, de Zoo. ¡Por las enseñanzas de régimen especial! O viceversa. ¿Ideología? Sí, la de lo público. Por eso nos acordamos también de Sanidad y de Servicios Sociales. Y por eso tampoco nos olvidamos del incremento enorme del gobierno central en la partida presupuestaria para la industria militar. “Menos gastos militares, más gasto en educación”, gritaba otra pancarta.
Y Amparito Roca, de Jaime Teixidor. ¡Por las escuelas rurales! Y Pérez Barceló, de Bernabé Sanchis. ¡Por una FP libre de las ansias de negocio! Y Xàbia, de Salvador Salvà. ¡Por nuestro alumnado de bachillerato, que vaya si nos importa! Y Chimo, de José María Ferrero. ¡Por la universidad pública! Y Karrasketon, de José Beteta. ¡Por los departamentos de Orientación y por las tutorías! Y la Moixeranga. ¡Por la recuperación del poder adquisitivo del profesorado peor remunerado del Estado!
En fin, día de reivindicación, día de música. La jornada se inició con una escenificación de la muerte de la educación pública. Todo el grupo instrumental, antes de dividirse, interpretó entonces Mater mea, la marcha lenta de Ricardo Dorado. Sobre esa pieza, hace 14 años sentí la necesidad de escribir en este mismo diario. Eran los días de aquel movimiento contestatario que se llamó Primavera Valenciana. Leo ahora esas líneas y veo que no han perdido actualidad, al menos en lo que se refiere a las motivaciones profundas de las reivindicaciones. Y si es cierto que el marco conservador ha consolidado desde entonces su doctrina, no lo es menos que la primavera siempre estará ahí. “Haciendo huelga estoy educando”, última pancarta que recuerdo. Así que, pie en pared y mucha música. Y poesía, claro.
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