Con el concierto n.º 10 se llega a la conclusión de una temporada de Cámara interesante que puede dar ciertas claves de lo que el público prefiere en un ciclo que siempre ha sido minoritario, pero que tiene unos asistentes que no suelen fallar, sobre todo ante ciertos repertorios. Creo que ha sido muy buena idea el que los conciertos siempre se celebren en un determinado día de la semana (domingo), y quizás lo que menos ha funcionado haya podido ser el crossover de géneros, aunque tampoco puedo juzgar con pleno conocimiento, ya que no he asistido a todo.
En cualquier caso, la buena entrada registrada para este programa de tríos de Haydn, Chaminade y Brahms puede dar una idea de lo predilecto. Los que asistieron no se equivocaron, porque el programa era muy lógico estilísticamente y la obra de Chaminade, maravillosa, sorprendió a muchos por su calidad y por sus conexiones con Brahms, lo que hizo del programa algo tan compacto como el sonido del Trío Sitkovetsky, cuyos miembros se entienden a la perfección y permiten transmitir la música sin miedo a ningún tipo de accidente.
No todo es absolutamente perfecto, a no ser en el violonchelista Isang Enders, con poco protagonismo en Haydn pero con mucha presencia en Brahms y Chaminade. Su sonido, muy redondeado, se adaptó increíblemente bien al conjunto y también a la expresividad de los solos, además sin ningún manierismo. Alexander Sitkovetsky es capaz de transmitir algo cercano a lo celestial en sus momentos más líricos, por ejemplo cuando tomó el relevo del piano en el Lento de Chaminade, y eso está muy por encima de algunos problemas de afinación en el agudo, que además prácticamente no aparecieron en el Trío n.º 2 de Brahms, la máxima expresión de hasta dónde llega el entendimiento de estos tres músicos. Wu Qian, a pesar de una pulsación a la que a veces puede faltar algo de sutileza en el mezzoforte, fraseó con mucho gusto y dejó momentos espléndidos de rubato sin complejos en Chaminade y sobre todo en Brahms, donde además su virtuosismo permitió que lo potente y lo ágil se dieran la mano en una interpretación memorable.
Sorprendió también la capacidad del trío para modificar el sonido: claro en Haydn y en la posterior propina de Mendelssohn, muy denso y con evidente voluntad de marcar el pathos en Chaminade y Brahms. En este sentido, fue clave la capacidad para distribuir la tensión y justificar y otorgar relevancia a los clímax. Quizá en algunos momentos se podría haber dado un poco más de variedad dinámica, pero realmente el resultado fue tan bueno que pensar en lo que se conseguiría con otros modos no ha lugar.
Este concierto fue un gran acierto y ya espero con impaciencia la siguiente temporada de Cámara, para poder disfrutar no solo de la música, sino también del intercambio de pareceres con un público, como he escrito más arriba, fiel, y en general de un ambiente que ciertamente es muy distinto al de los conciertos en la vecina sala sinfónica.
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