España - Andalucía

Falla y el embrujo de Carmen Linares

José Amador Morales
Carmen Linares
Carmen Linares © Maestranza
Úbeda, sábado, 23 de mayo de 2026.
Plaza Vázquez de Molina. Conjuro. Manuel de Falla: El sombrero de tres picos, y El amor brujo. Carmen Linares, cantaora. Juan Requena, guitarra. Jesús Carmona, bailaor. Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia. Manuel Coves, dirección musical. XXXVIII Festival de Úbeda.
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El 150 aniversario del nacimiento de Manuel de Falla está propiciando, como era de esperar, una intensa reivindicación de su figura y de su legado musical, no solo como gran compositor español del siglo XX, sino como uno de los creadores que mejor supo sublimar el imaginario popular y flamenco en un lenguaje sinfónico de alcance universal. En ese contexto se enmarcó Conjuro, la propuesta presentada en el Festival Internacional de Música y Danza Ciudad de Úbeda, un homenaje centrado en dos de las partituras más emblemáticas del catálogo falliano: las suites de El sombrero de tres picos y El amor brujo.

Dicho programa venía realzado por la presencia de una figura tan sólida y reconocida como Carmen Linares. La cantaora andaluza es una auténtica referencia del cante contemporáneo y una de las artistas que con mayor profundidad y autenticidad ha dialogado con el repertorio de Falla durante las últimas décadas. Su aproximación a El amor brujo se ha convertido casi en una lectura de referencia, precisamente por su capacidad para devolver a la obra esa raíz popular y ese poso jondo que con frecuencia se diluyen en interpretaciones excesivamente sinfónicas o meramente académicas.

El homenaje tributado por el festival al término del concierto, con la concesión de la Medalla de Oro del certamen, reconocía así no solo una trayectoria excepcional, sino también una vinculación artística coherente con el espíritu de la presente edición. Un galardón que, además, adquiere especial relevancia dentro de un festival que a lo largo de su historia ha distinguido a algunas de las figuras más relevantes de la música y la cultura españolas e internacionales, desde Montserrat Caballé, Victoria de los Ángeles o Alfredo Kraus hasta Yehudi Menuhin, Jordi Savall o Joaquín Achúcarro.

Interpretadas prácticamente sin solución de continuidad, ambas obras encontraron un logrado nexo intermedio en la seguirilla ofrecida por Carmen Linares junto al guitarrista Juan Requena y el bailaor Jesús Carmona, estos últimos particularmente inspirados a la hora de dotar de autenticidad flamenca al conjunto. Fue quizá ahí donde apareció con mayor naturalidad esa mezcla de intensidad expresiva, raíz flamenca y verdad emocional que después solo afloraría de manera intermitente en la dirección de Manuel Coves.

La Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia ofreció una prestación sólida y competente, aunque sin especial brillantez ni refinamiento tímbrico. Parte de ello pudo deberse también a las difíciles condiciones acústicas de la Plaza Vázquez de Molina, cuyo imponente marco monumental proporciona una indudable espectacularidad visual, pero obliga a recurrir a una amplificación que -aunque resuelta con notable profesionalidad- no puede evitar cierta pérdida de detalle y naturalidad en el sonido orquestal, más aún en una noche marcada por el viento.

Más discutible resultó la lectura de Coves en El sombrero de tres picos, acusando una evidente falta de incisividad y arrojo en los ataques, de mayor contraste rítmico así como de una acentuación más visceral y cercana a la raíz popular y flamenca que late bajo la música de Falla. Su batuta tendió por momentos hacia una cierta neutralidad expresiva, sin terminar de ahondar en ese mundo de aristas, sensualidad y desgarro tan característico de la obra; faltó, en definitiva, duende o aje en términos flamencos. Solo en la célebre 'Danza del molinero' -realzada además por la espectacular coreografía de Jesús Carmona- y sobre todo en el tramo final pareció asomar un punto de mayor intensidad y tímido frenesí.

Como era previsible, El amor brujo, favorecido quizá por la propia presencia escénica y musical de Carmen Linares, alcanzó mayor temperatura emocional. Es cierto que el paso del tiempo se deja notar inevitablemente en una voz de tan larga trayectoria: el fiato aparece hoy más breve y el sonido ha perdido parte del cuerpo y de la amplitud de antaño. Sin embargo, no sólo permanecen intactos, sino que aparecen incluso más definidos los elementos verdaderamente esenciales de su arte, como la singularidad del color vocal y la intención expresiva. Pero, ante todo, asombra esa capacidad para cargar cada intervención de una verdad interior y de una intensidad emocional que en el ámbito flamenco suele resumirse en la palabra “pellizco”.

En su personal manera de integrarse en el entramado sinfónico de la obra, la cantaora resultó además sencillamente admirable. No siempre los cantaores provenientes del flamenco encuentran un acomodo natural en este repertorio híbrido, a caballo entre lo popular y lo orquestal. Aquí, Carmen Linares mostró en todo momento un extraordinario sentido tanto de la afinación como del ritmo, sincronizando con precisión sus ataques con las entradas orquestales, respirando con flexibilidad junto a las frases instrumentales y moldeando con naturalidad el tempo de sus intervenciones melódicas. En momentos como la Canción del fuego fatuo o el clímax de la Danza ritual del fuego se alcanzó una temperatura expresiva mucho más alta, no tanto por un especial refinamiento orquestal cuanto por la fuerza comunicativa y el magnetismo escénico -el embrujo- de la cantaora jiennense, indiscutible y verdadero corazón emocional de la velada

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