Cierto es que uno siente debilidad por la ópera barroca, pero también es cierto que a veces se producen verdaderos fiascos, como el Julio Cesare del mismo compositor que vimos en el Real en fecha reciente. ¿Qué es lo que convierte una ópera del s. XVIII en algo atractivo? O mejor dicho, ¿que las continuas arias da capo no nos cansen ni nos aburran? Después de ver ambas producciones yo diría que, cantantes aparte, que en las dos fueron de altísimo nivel, son las controvertidas puestas en escena. Con la propuesta de McVicar, reinó la elegancia dentro de un solo decorado, un modulo que podía ser la entrada de un palacio renacentista, un arco de triunfo. En fin, algo que evocara la simetría, la belleza, y, a la vez, con toques barrocos representados con todas las coreografías de los espíritus de Alcina, diez bailarines que acompañaban…
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