El espléndido marco escénico diseñado por Etienne Pluss para la nueva producción de Simon Boccanegra presentada por la Ópera de Ámsterdam muestra el interior de un enorme espacio palaciego genovés dentro del cual deambulan personajes actualizados al año del estreno de la versión revisada de la obra (1881). Lo hacen con un vestuario en vistoso estilo Risorgimento.
La escena es ocasionalmente dividida en tres espacios separados por tabiques laterales pero intercomunicados en el proscenio. En el prólogo resalta una luminosa capilla al centro donde vemos reposar sobre la mesa del altar el cuerpo de la desdichada amante del protagonista, que terminará expirando allí mismo al final de la obra. Del mar, ni noticias, salvo en la música, pero esto no molesta demasiado en esta imponente y bien armada visualización que pretende sacar jugo al drama centralizándolo en el encierro psicológico de caracteres atrapados en complicadísimas tramas eróticas y de poder.
La regie de Jetske Mijnssen es en cambio más discutible por causa de algunas propuestas que en teoría suenan mejor que lo que terminan siendo sobre las tablas. Por ejemplo, el mostrar a Amelia como una maestra de escuela con niñas revoloteando como palomillas a su alrededor es una idea tal vez afín al ritmo de la cristalina introducción a “Come in quest’ora bruna”, y lo que quiso Mijnssen fue mostrarnos una revolucionaria pedagoga que no se chupa el dedo mirando al mar. Pero con ello malogró esa perplejidad meditativa que constituye uno de los mejores momentos dramáticos de la partitura. Nuevamente aquí nos encontramos con una directora de escena reticente a aceptar que en el género operístico, las arias reflexivas implican un cierto detenimiento de la acción escénica para permitir una expresividad acabada de texto y música.
Similarmente banal, esta vez por exceso melodramático, salió eso de mostrar a Fiesco abrazando su hija muerta en “A te l’estremo addio…il lacerato spirito”. Es precisamente para evitar un dramatismo de sollozos baratos que Verdi y sus libretistas hacen que este dolorido padre nos cuente su tragedia sin necesidad de mostrarnos un cadáver que sabemos existe en la negrura del fondo escénico.
Si la regisseur nos propuso que percibiéramos al mar sin verlo, ¿por qué no hizo lo mismo con un cadáver que preside toda la narrativa pero cuya fuerza reside, precisamente, en que no lo veamos nunca? También Simon termina vapuleando este infortunado cuerpo al cierre de un Prólogo que por estos excesos vio sacrificado su premonitorio misterio nocturno en aras de una floja sensiblería lacrimógena.
Igualmente malograda salió la escena en la cual Fiesco comunica a Adorno que Amelia no es una Grimaldi sino una huérfana adoptada (“No, la figlia dei Grimaldi morì tra consacrate vergini di Pisa”). Contra las instrucciones de la dramaturgia original, Mijnessen obligó a Amelia a permanecer durante todo este diálogo muda, con un aire modosito y mirando tímidamente a su prometido, para tomarle finalmente la mano en un gesto de adocenada convencionalidad.
Nuevamente aquí la fuerza dramática de lo que no debe verse fue neutralizada con una visualización equivocada. Porque los personajes de Verdi nunca están mudos en escena como figurines de cuadro vivo, sino que cantan o desaparecen.
Tal vez el mejor momento escénico fue cuando Amelia, Gabriel Adorno y Simon Boccanegra, ya liberados de los secretos que Mijnessen se empeña en mostrarnos antes de tiempo, se plantaron tiesos en el proscenio para cantarnos uno de esos grandes tríos verdianos (“Perdono Amelia”).
Y también fue este uno de los mejores momentos de la excelente versión musical. Federica Lombardi brilló como una Amelia registro redondo y luminoso y un fraseo de decantada sensibilidad y George Petean (Simon) consiguió aquí compensar una actuación en general anodina con buen squillo y cálido timbre baritonal. Junto a ellos, Riccardo Massi (Adorno) proyectó su protesta y remordimiento con segura y conmovedora impostación.
Pero entre las voces masculinas fueron el Paolo de Germán Olvera y George Zeppenfeld como Fiesco quienes mejor lograron parear excelencia estilística y convicción dramática. Olvera agregó a un fraseo intenso y claro una entrega arrolladora pero nunca exagerada. Y Zeppenfeld convenció cantando sus líneas con un legato demostrativo de su capacidad para salir de sus habituales roles wagnerianos e incursionar con éxito en el repertorio italiano.
Como ocurre todos los años, esta última nueva producción de temporada presentada por la Stopera en el marco del Festival de Holanda fue realzada por la participación de la Orquesta del Concertgebow. La calidez y variedad cromática y la inigualada capacidad de controlar dinámicas de esta virtuosa agrupación fue inteligentemente aprovechada por la batuta de Fabio Luisi.
Frente a instrumentistas como éstos, y tratándose de una obra de madurez verdiana próxima a Otello, la tentación podría haber sido tratar de explorar la partitura con propuestas de sinfonismo estereotipados. Pero en lugar de caer en esta trampa Luisi se mantuvo fiel a un marcado de ritmos claros y de tiempos urgentes siempre meticulosamente coordinados con la expresión vocal. A la par estuvo el excelente coro de la casa que en el concertante de la escena de la cámara del Consejo proyectó matices tan diferenciados como los de la orquesta.
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