España - Andalucía

Ascenso a Júpiter

José Amador Morales
Zubin Mehta
Zubin Mehta © Ibermúsica
Granada, viernes, 12 de junio de 2026.
Palacio de Carlos V. Wolfgang Amadeus Mozart: Sinfonías nº39, 40 y 41. Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino. Zubin Mehta, dirección musical. LXXV Festival de Música y Danza de Granada.
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El Festival Internacional de Música y Danza de Granada alcanza este año su septuagésima quinta edición y lo celebra con una inauguración de especial relieve sinfónico: la presencia de la Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino y Zubin Mehta en el Palacio de Carlos V. El concierto suponía el debut de la histórica formación florentina en el certamen y la séptima comparecencia del director indio en Granada, una vinculación reconocida tras el descanso con la entrega de la Medalla de Oro del Festival. En presencia de la reina emérita, el ministro de Cultura y la alcaldesa de Granada, la organización rindió homenaje a una de las trayectorias más extensas y respetadas de la dirección orquestal contemporánea.

El programa elegido reunía las tres últimas sinfonías de Mozart, compuestas en el extraordinario verano de 1788. Indudablemente se trata de una de las cumbres absolutas del sinfonismo clásico, pero también un exigente reto interpretativo: mantener la unidad del discurso sin sacrificar la personalidad propia de cada partitura. La nobleza de la Sinfonía nº39, el dramatismo inquietante de la nº40 y la grandeza arquitectónica de la Júpiter exigen un delicado equilibrio entre coherencia y diferenciación expresiva.

Tras aparecer sobre el escenario en silla de ruedas, Zubin Mehta, quien hace apenas unas semanas cumplió noventa años, protagonizó unos instantes de inquietud al perder momentáneamente el equilibrio cuando se disponía a ocupar el taburete del podio, incidente resuelto sin mayores consecuencias gracias a la rápida intervención de varios músicos.

Superado el percance, el director abordó el tríptico mozartiano en unas lecturas ágiles, directas y desprovistas de cualquier voluntad de aparatosidad. La supresión sistemática de las repeticiones contribuyó decisivamente a reforzar esa sensación de continuidad, mientras que la disposición orquestal -violines divididos a ambos lados del escenario y violonchelos al centro- favoreció una interesante transparencia del tejido instrumental.

La Sinfonía nº39 destacó por la calidad de la cuerda, particularmente homogénea en el caso de los violines, así como por unos timbales de sonoridad seca, incisiva y marcadamente percutiva, más próximos a ciertos planteamientos historicistas de lo habitual en una gran orquesta sinfónica. Esa claridad de texturas constituyó una de las principales virtudes de la interpretación pero que, sin embargo, pareció alcanzarse en ocasiones a costa de la intensidad expresiva. El Andante avanzó con un pulso excesivamente moroso que diluyó parte de su capacidad comunicativa, mientras que el Menuetto, aunque más ligero en su planteamiento, tampoco terminó de encontrar un relieve dramático plenamente convincente. En definitiva, una lectura elegante y bien construida, pero de contrastes insuficientemente cincelados.

En este sentido, la Sinfonía nº40 supuso un apreciable avance. Aunque el Andante volvió a mostrar unas maderas algo difuminadas y ciertas reservas expresivas persistieron, la interpretación encontró un equilibrio más convincente entre refinamiento, tensión y continuidad narrativa sin renunciar a la fluidez que había presidido la sinfonía precedente.

A la vuelta del descanso, la Sinfonía “Júpiter” confirmó la sensación, ya perceptible al final de la obra anterior de que, conforme el discurso musical se iba adentrando en territorios de mayor amplitud lírica y de un calado dramático que anticipa ya evidentes rasgos prerrománticos, el director pareció desenvolverse con una creciente naturalidad y acomodo. Además, más allá de esa afinidad con los aspectos más expansivos de la escritura mozartiana, la concepción esencialmente cantabile con la que Mehta abordó el fraseo melódico fue evidente a la hora de destacar la respiración natural de los temas, el lirismo contenido y la amplitud del arco expresivo. De esta forma, sin necesidad de recurrir al efecto, Mehta construyó una interpretación de notable coherencia, sustentada en la transparencia sonora, el refinamiento tímbrico y una musicalidad que encontró su mejor expresión en los aspectos más líricos de estas partituras.

Más que por la búsqueda de espectacularidad o de innovación, la propuesta mozartiana de Mehta terminó por convencer gracias a la coherencia de su planteamiento y por una evolución ascendente que encontró en la Júpiter su culminación más lograda.

El público del Palacio de Carlos V respondió con una prolongada ovación a una velada que permitió comprobar que, incluso en una etapa de evidente fragilidad física, Mehta continúa conservando una capacidad extraordinaria para comunicar la esencia de una música que ha acompañado toda su trayectoria artística. 

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