Iconografía y organología

Voces, cascabeles, ruiseñores y viajes. La escucha en conflicto.

Eliana Cabrera
Grabado rupestre de un galeón. Barranco de Santiago, El Hierro Grabado rupestre de un galeón. Barranco de Santiago, El Hierro © 2013 by Tembargena
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La historia de la música ha sido tradicionalmente una historia de la música escrita. Esto es así tanto en las publicaciones de carácter divulgativo o didáctico como de tipo científico. Todavía hoy es suficiente hojear la mayoría de las publicaciones especializadas de musicología para comprobar el peso que ese paradigma sigue teniendo en nuestra disciplina. No hace falta decir que la escritura musical constituye una herramienta muy valiosa, por supuesto. Pero la historia de la música, al centrarse casi exclusivamente en aquellos “objetos” que han sido registrados de este modo, acaba resultando forzosamente parcial, incompleta.* 

1. Una historia de los pueblos sin notación musical

Solo muy determinados grupos humanos (un cierto coto social dentro de un determinado contexto histórico-geográfico) ha tenido la posibilidad y la necesidad de escribir música. El resultado del enfoque casi exclusivo, o muy mayoritario, hacia la música escrita, es un relato sesgado y que, lo que es aún peor, con frecuencia, se olvida o es inconsciente de ese sesgo. 

¿Hasta qué punto es posible incorporar a ese discurso histórico-musical centrado en la notación musical las culturas musicales del pasado que nunca fueron transcritas? Cuando dirigimos nuestra atención hacia otras culturas musicales, que no se adecúan al formato original de la historia de la música al no haber empleado esas formas de fijación de la música en el tiempo, nos vemos obligadas a replantearnos la disciplina: su objeto de estudio, sus fuentes, sus objetivos.

Paola Dessi, «Per una storia dei popoli senza note». © 2010 by Clueb.Paola Dessi, «Per una storia dei popoli senza note». © 2010 by Clueb.

En Italia un grupo de estudio con base en la Universidad de Bolonia y dirigido por el medievalista italiano Franco Alberto Gallo se ha dedicado desde hace tres décadas al estudio sistemático de fuentes alternativas al texto musical escrito, que permitan de este modo una visión global sobre los distintos usos humanos del sonido y de la audición a lo largo de la historia, intentando superar ese sesgo del que acabo de hablar, ese “prejuicio”, según las palabras del promotor del grupo:

En la base de todo ello está el prejuicio (ciertamente ligado a la época y al ambiente en que estas dos disciplinas [la musicología y la etnomusicología] nacieron) de que cuente solo aquello que es hoy sonoramente reproducible. Pero si se supera esta «barrera del sonido», nos encontramos frente a una cantidad inmensa de eventos sonoros, realizados en todo el globo desde las épocas más remotas hasta nuestros días, que no fueron escritos ni grabados. Todos estos eventos son «hechos históricos» y, como la mayor parte de los hechos históricos estudiados por la historiografía general, han desaparecido en su realidad física, pero son documentables en su existencia e interpretables en su significado. Esto porque el evento sonoro es un fenómeno complejo del cual la [mera] sonoridad constituye solo uno de los componentes. Las circunstancias en las que tiene lugar, las funciones que desarrolla, las finalidades que se propone, las emociones que genera, los juicios que provoca, los recuerdos que evoca, son componentes igualmente esenciales (Gallo 2010, p. 7).*

Este grupo de trabajo se ha enfocado hasta ahora principalmente hacia dos tipos de fuentes: por un lado, los textos escritos con informaciones sobre eventos sonoros que narren escenas o describan prácticas relacionadas con los sonidos y con la escucha; por el momento, el punto de partida han sido los textos de viaje. Por el otro lado, se interroga a las imágenes con el objetivo de recabar información desde la perspectiva iconográfica.* 

El primer acercamiento está al cuidado de Donatella Restani y el segundo, de Nicoletta Guidobaldi. La aspiración sería poder cruzar informaciones de ambas pesquisas, para poder complementar los puntos de vista derivados de los dos tipos de fuentes: el primero, a raíz de la especialización en textos de viaje, privilegia una perspectiva externa a la sociedad estudiada, el segundo podría añadir una perspectiva interna.

Los textos verbales que describen el evento y que pueden pertenecer prácticamente a cualquier género de expresión literaria. Entre estos textos los relatos de viajeros europeos que visitaron otros pueblos ocupan una posición privilegiada y han sido nuestro punto de partida y, por ahora, también de llegada. Esto se debe a su accesibilidad lingüística, a su gran número, a la gran variedad de las informaciones que ofrecen. Van desde la antigüedad clásica hasta el siglo XIX a través de todos los continentes, desde la Europa menos conocida a África, Asia, Oceanía, hasta las Américas. 

Pero no se debe olvidar que las relaciones de viaje ofrecen informaciones que provienen “del exterior” de las realidades consideradas. Sería de importancia fundamental integrar los datos con fuentes provenientes “del interior” de las sociedades estudiadas. Las imágenes figurativas que representan el evento y que por su inmediata evidencia fueron entre las primeras en ser utilizadas (Gallo 2010, p. 7 y 8).*

En este documento me centraré sobre todo en el trabajo realizado desde el punto de vista textual: las metodologías utilizadas y sus resultados hasta ahora, en el ámbito americano y en el contexto del que me he ocupado principalmente. Se trata exclusivamente de algunas reflexiones personales desarrolladas dentro de mi propia experiencia, aunque en el marco de este grupo de trabajo. En concreto, me gustaría mostrar cómo algunos de los elementos de partida de este proyecto de investigación me han permitido elaborar estrategias de lectura de los documentos coloniales capaces de sugerir nuevas preguntas y nuevos objetos de estudio. Entre esos elementos están: la naturaleza de la fuente utilizada, o sea, las características y problemáticas propias del texto de viaje y la selección de los eventos sonoros como objeto de estudio.

2. Una aproximación interdisciplinar a las narrativas del movimiento

El origen del presente texto está en un congreso de la Sociedad Española de Musicología, II Congreso MUSAM-SEdeM En, desde y hacia las Américas. Migraciones musicales: comunidades transnacionales, historia oral y memoria cultural, que se celebró en Madrid los días 24 y 25 de octubre de 2019. 

Como por motivos familiares no había podido viajar a Madrid desde Canarias, no pude tomar parte de ese congreso, pero el texto fue propuesto para su publicación el 15 de abril de 2020 y, finalmente, rechazado en diciembre de ese año por falta de espacio. Agradezco a la dirección de Mundoclasico.com el dar espacio a mi texto siete años después de su nacimiento.

Como hemos visto, una de las dos direcciones del proyecto observa los textos: principalmente, los que dejaron, a lo largo de los siglos, viajeros y viajeras. El proyecto busca una sistematicidad en la investigación, comprendiendo el problema desde una perspectiva global, aspirando a un estudio exhaustivo de toda la literatura a nuestro alcance en relación a un determinado problema o región, ofreciendo a la comunidad científica un material utilizable más allá de las interpretaciones que los investigadores o las investigadoras concretas puedan elaborar sobre un episodio histórico determinado: el material, o sea, el listado de pasajes con interés musicológico, se incluye normalmente en los apéndices de las publicaciones y, además, fue creada una base de datos que sistematizaba los diferentes aspectos de interés en los pasajes identificados, como la localización histórico-geográfica. 

Además, entre sus particularidades metodológicas, es importante destacar el enfoque en «eventos sonoros», o sea «cualquier evento sonoro percibido por el oído humano. La música es, en efecto, solo una especie del género sonoridad, que a su vez debe ser considerada no tanto en función de una genérica y equívoca definición de un “paisaje sonoro” sino más bien como una de las vías para el conocimiento del mundo»* (Gallo, 2010, p. 9).

Este trabajo nos ha llevado ya en diferentes ocasiones a dirigir la mirada sobre el tema que aquí nos ocupa - o sea, el continente y las islas americanos - analizando escritos de viajeros  coloniales (hasta ahora, en este caso, ninguna mujer) en ambos sentidos del Atlántico (de la metrópoli a la colonia y viceversa) y en diferentes momentos históricos, desde las primeras fechas de la conquista europea en 1492 hasta el alba de la independencia, a principios del siglo XIX.* 

El proyecto, abierto a muy distintos textos, de diverso tipo y de diversas épocas, promueve un acercamiento sistemático a las relaciones de viaje en busca de eventos sonoros. Pienso que estas tres características del proyecto, a saber, la sistematicidad, la apertura en la selección de los materiales (los diversísimos y numerosísimos textos vinculados al viaje) y la flexibilidad propia del objeto de estudio (eventos sonoros, o sea, referencias a cualquier tipo de hecho sonoro, como relato de una experiencia concreta, como registro de un hecho histórico puntual) son rasgos de esta investigación que pueden resultar especialmente fructíferos.

Para entender el tipo de investigación que se está realizando es útil conocer la génesis del proyecto. Donatella Restani (2017, p. 7) sitúa su origen en 1992, durante el congreso Anthropology of Music in Mediterranean Cultures, organizado en Venecia por el comité italiano del International Council for Traditional Music: una mesa redonda que estudiaba la posibilidad de una mayor integración entre la investigación histórica y la antropológica reunió a Franco Alberto Gallo, Iain Fenlon, Roberto Leydi, Antonio Serravezza y François Lissarrague. Es significativo el encuentro entre diferentes figuras del ámbito de la musicología histórica y de la etnomusicología, auspiciado por la etnomusicóloga Tullia Magrini. Por otro lado, según apunta Dinko Fabris (2017, p. 5) la experiencia dio pie a un trabajo continuativo que llevó a diferentes oportunidades de encuentro entre la historia de la música y la antropología.

No me alargo en ese sentido: ya los recientes artículos de Dinko Fabris y Donatella Restani antes citados trazan eficazmente la historia de este grupo de investigación. No obstante, me parecía útil observar el terreno en el que germina este proyecto. Aunque los trabajos del grupo publicados hasta ahora evitan encasillarse de manera estricta, parece innegable la importancia de la colaboración con otras áreas y disciplinas: la etnomusicología, cuya participación en el nacimiento del proyecto se acaba de comentar; pero también la antropología (la llamada antropología de los sentidos ha sido uno de los campos de referencia), los estudios filológicos (en el sentido que se le da a esta palabra al menos en ámbito hispánico, o sea, estudios de literatura y lingüística), los métodos de la iconografía y la investigación histórica en general. Francesco Surdich, Stefano Pittaluga y Luciano Formisano son algunos de los especialistas de otras disciplinas que han colaborado activamente con el grupo a lo largo de estos años. Además, podríamos añadir la geografía como eje en el que se sitúan estos estudios: Dinko Fabris habla en su texto de “geomusicología” y, significativamente, el atlas es el formato editorial elegido en la más reciente publicación del grupo (Restani, 2017, p.11).

El trabajo tiene como objeto principal el estudio sistemático de las «narrativas del movimiento»,* y en ese sentido, todas las disciplinas mencionadas ofrecen elementos importantes para una lectura pertinente y provechosa de los textos. El movimiento humano a través de la geografía del planeta es un hecho de una complejidad imposible de tratar en estas páginas, pero su importancia es fácil intuirla. En los últimos años un flujo humano ha buscado la vida y encontrado la muerte en las fronteras de Europa, en el marco de trágicas migraciones de masas. Los espacios se marcan, se cierran o se abren, son resignificados, se vuelven texto. El movimiento de personas ha generado durante siglos distintos tipos de discurso, narrando experiencias de encuentro con otros espacios, otras personas, otras culturas, incluyendo también descripciones de experiencias sonoras en el seno de esos encuentros.*

Dentro de este apartado se pueden englobar textos de muy diverso tipo: debido a su extrema variedad, se hace obligatoria una indagación profunda alrededor del autor o la autora, y de las personas a las que iba dirigido el documento, las circunstancias de su escritura, las condiciones de su difusión. Este conocimiento nos puede ayudar a comprender la naturaleza de las informaciones que se nos refieren, su exactitud, su precisión, su veracidad, su significado. Los textos de viaje afrontan con frecuencia descripciones y detalladas explicaciones, observan y comparan, generando discursos sobre la música integrados en una visión compleja de la cultura. Obviamente, reitero, cada texto debe ser estudiado individualmente, pues la naturaleza de la información que generan puede variar en función de la formación, los prejuicios, las intenciones de su escritora o de su autor, así como de las personas a las que va dirigido el documento, o de otras circunstancias que afecten al contenido. Los textos de viaje, como cualquier texto, deben ser descifrados e interpretados. Esta necesidad estratégica, especialmente imperiosa en los textos coloniales también por razones que abordaremos más adelante, es bien conocida por los estudios literarios y ha sido claramente expresada, por ejemplo, por Margarita Zamora (1987, p. 343):

Such a strategy would consist of, in the first place, an approach to the texts of the colonial period that would strive to situate them accurately within the socio-cultural context in which they were produced to determine their original cultural function and the discursive type and classification to which they belonged.
2.1 ¿Literatura o historia?

Los ejemplos relacionados con el llamado periodo colombino (la primera fase de la invasión castellana o periodo de contacto) pueden resultar muy significativos, especialmente en el ámbito de las Antillas, precisamente por tratarse de un periodo de extrema dificultad para su estudio: como discursos contamos solo con los que produjeron los europeos en numerosas cartas, relaciones, crónicas; pero no contamos con valiosas perspectivas émicas de la parte amerindia, o mestizas como las del inca Garcilaso de la Vega. Además, tenemos el apoyo de la arqueología, que, por otro lado, se ve obligada a trabajar en un ámbito de rapidísima aculturación: las personas que habitaban las islas inventaron estrategias de supervivencia, por lo que hoy sabemos que, al contrario de lo que se ha afirmado tradicionalmente, una parte de la población sobrevivió, aunque su cultura fuera, en gran medida, arrollada por la conquista en menos de cincuenta años.

Cuando Cristóbal Colón volvió a España tras los primeros contactos con las islas del Caribe, la noticia generó una explosión de textos en las diferentes lenguas de Europa. Uno de ellos, De Insulis Meridiani atque Indici maris nuper inventis (1494) atribuido a Niccolò Scillacio (Nicolás Esquilache según la historiografía hispánica), refiere los siguientes episodios ocurridos durante el segundo viaje colombino:

Del mismo modo los indios, cargados de muchísimo oro, exhortan a los españoles a aceptar los dones: de hecho, no estaba permitido a todos aceptar los dones de los indios, excepto a aquellos que podían intercambiar, naturalmente regalos de poco valor, hebillas, objetos de vidrio, cascabeles de bronce, que tintinean, como los que se atan a las patas de los halcones (de hecho etíopes y árabes son atraídos increíblemente por estos objetos y, como se lee en las historias, acostumbran a hacer intercambios con estas mercancías).*

Este supuesto relato de viaje es en realidad una reelaboración de material original: Niccolò Scillacio no es un testigo directo del viaje y por ende su texto no deriva de una experiencia propia; lo que hace, en cambio, es recoger información de primera mano y reelaborarla para producir un texto nuevo cuya misión es, en todo caso, la de difundir las noticias del viaje. Sabemos que Scillacio utilizó como fuente para su escrito el documento de un testigo directo, que revistió con explicaciones y deducciones propias, añadiendo numerosas referencias al mundo clásico, según el gusto de la época. 

Esta práctica era típica, dentro de los cronistas del periodo colombino, entre aquellos escritores de formación humanista: otro italiano, Pietro Martire d’Anghiera (conocido como Pedro Mártir de Anglería en español), cuyos textos son también esenciales para el conocimiento de esta fase de la invasión europea de América, se comporta de manera muy semejante. Niccolò Scillacio, en el mismo título de su obra, da cuenta de su situación cognitiva con respecto a las noticias del llamado “descubrimiento”: sitúa las peripecias colombinas en unas islas descubiertas en “los mares del sur e índicos”. 

«Le Canarien», Expedición a las Islas Canarias, ca. 1414. © Dominio Público, Wikipedia.«Le Canarien», Expedición a las Islas Canarias, ca. 1414. © Dominio Público, Wikipedia.

En este sentido se puede traer a colación otro texto de la época: el florentino Giuliano Dati escribió un pintoresco resumen en verso de los hechos colombinos que tituló La storia della inventione delle nuove insule di Channaria indiane, o sea, el descubrimiento de las nuevas islas canarias indias, estableciendo así una analogía con el archipiélago norteafricano cuya conquista se inició en 1402 y que se estaba llevando a conclusión precisamente en los últimos años del siglo XV. Como vemos, en los primeros años de contacto con las Américas, había una gran incertidumbre geográfica con respecto al lugar en que se desarrollaba el relato colombino y una cierta tendencia a asociar este “hallazgo” (hallazgo, obviamente, desde el punto de vista de los escritores europeos) con parecidas experiencias de exploración y conquista en África.

Del texto de Scillacio me interesa mucho, precisamente, el error, la confusión con una imagen por así decir “oriental” (como lo son estrictamente - para quien escribe desde Italia - la India, los árabes y los etíopes), y el hecho de que de ello derive una previsión de lo que puede interesar a las personas de ese espacio desconocido que es entonces América. En muchos de los textos del periodo colombino podemos encontrar interesantes “errores” de este tipo, como la escucha del “río del paraíso” frente a la costa continental americana en el tercer viaje, o del canto de los ruiseñores, en las descripciones idílicas del paisaje antillano que se hacen eco del tópico clásico del locus amoenus (Cabrera Silvera, 2013a): la literatura clásica y las imágenes bíblicas impregnan la percepción de estas experiencias. 

El texto de Scillacio nos aporta indicios sobre el tipo de expectativas que se tenían en Europa de las culturas de las Antillas, basadas en asociaciones con otros encuentros interculturales. Pero aunque la información que maneja está distorsionada por la confusión geográfica y por las interferencias con la literatura clásica, estas asunciones son útiles porque podrían explicar la provisión de cascabeles que, a juzgar por los textos de Cristóbal Colón, parecían llevar las naves españolas en sus viajes a América, desde los primeros momentos: como ya he descrito en otras publicaciones, en el primer viaje hay once referencias a entrega de cascabeles por parte de Colón (Cabrera Silvera 2013a, p. 93). Es una de las referencias más importantes a los sonidos y es el primer instrumento musical que aparece en estos textos.

El texto de Niccolò Scillacio es considerado una de las fuentes más problemáticas para el conocimiento de esta etapa histórica, precisamente por esas “ampliaciones” operadas por su autor con respecto a las informaciones originales, más cercanas a la experiencia directa del viaje. Un estudio sobre la música en los llamados “cronistas de Indias” debido a Donald Thompson (1993), que examina no solo los textos coetáneos de la primera colonización sino también otros textos posteriores, lo descarta de manera decidida. 

Mi impresión, en cambio, es que un estudio de ese relato, la comprensión del modo en que funciona, así como un conocimiento del modo en que se relaciona con los otros textos, nos permitiría generar nuevas ideas e hipótesis. Creo que las problemáticas más o menos obvias que presenta el texto, como por ejemplo su marcado carácter literario, son aspectos que pueden ser interesantes para delinear ciertas asunciones del sujeto colonial. Conociendo las lagunas informativas del autor, en una época en la que no había certeza del lugar al que se había llegado buscando oriente por occidente, podemos entender mejor qué imaginario de referencia se activó en coincidencia del inicio de la invasión europea de América.

3. El texto contaminado. La palabra al etnocida

Muchos de los textos que se han estudiado dentro de este proyecto se deben a personas que realizaron viajes de exploración y comercio no vinculados directamente a un proceso de invasión, conquista o colonización. Pero en el caso atlántico (canario y americano, que es el ámbito en el que centré la mayor parte de mis investigaciones), es difícil no afrontar antes o después este tipo de problema. La antropología ha estudiado ya las afinidades que el trabajo de campo y la etnografía tienen con los textos coloniales, desde los relatos de viaje a los textos debidos a exploradores, misioneros y funcionarios coloniales.* 

No se nos escapa que la utilización de estos textos - debidos a personas europeas en los territorios americanos, y en la época de la colonización europea de América - es problemática en muchos sentidos, sobre todo si no se leen con la conciencia del contexto, las intenciones, los filtros que operaban en las mentes de sus autores o autoras y de las personas para las que estaban inicialmente dirigidos.* Los discursos que se producen en el ámbito de la colonización no son independientes de ese proceso. Entendemos por ello que son textos contaminados, cómplices, incluso, de un proceso criminal pavoroso como el exterminio de personas, de comunidades, y de saberes y modos de vida, o del secuestro y traslado masivo de otras para el trabajo forzado, en las tierras de lo que hoy llamamos América.

Observar los textos de la colonización nos obliga a posicionarnos en ese terreno de juego, o en ese campo de batalla. Cuando leemos los textos de Colón y sus secuaces, a la mirada de los conquistadores sobreponemos la nuestra. Esto genera dificultades (y es, de algún modo, una perspectiva inquietante); pero también presenta oportunidades, como trataré de demostrar.

Vuelvo al caso de los textos del periodo colombino, o sea, los textos que nos hablan de los cuatro viajes de Cristóbal Colón, entre 1492 y 1502, especialmente en las Antillas, como primera “zona de contacto”.* 

Se trata de un corpus de textos muy diverso, que se debe a un grupo variopinto de personas, documentos que están muy bien estudiados y que tienen excelentes ediciones y una bibliografía ingente que los comenta. Eso sí: todos los textos que conservamos se deben a personas nacidas del lado nororiental del Atlántico. Muchos de los primeros textos están en las lenguas más usadas de las zonas implicadas en estos viajes: están en castellano, en diversos dialectos de la península italiana y en latín, lengua de la academia en Europa. Ninguno de esos textos se debe a intervención directa por parte de personas nacidas en lo que hoy llamamos América o en otros continentes o islas. Los estudios literarios han analizado ya la necesidad de incorporar las voces del sujeto colonizado.* 

Es evidente que, teniendo en cuenta la particular situación de las Antillas que he descrito precedentemente, no podemos esperar que los textos que conservamos recojan la multiplicidad de realidades y puntos de vista que debieron darse, y esto es un límite claro. Véase un ejemplo: cuando intentamos resumir el relato de lo sucedido en esos diez años, tendemos a verlo conformado por dos grandes grupos de personajes, o sea, personas indígenas y personas extranjeras. Podemos cambiar los nombres y llamarlos amerindios y europeos, o taínos y castellanos, o nativos e invasores (en general, los primeros textos hablan de «indios» y «cristianos»; por ejemplo: 

El indio que llevavan los cristianos corrió tras ellos dando bozes, diziendo que no oviesen miedo, que los cristianos no eran de Caniba, mas antes eran del cielo y que davan muchas cosas hermosas a todos los que hallavan, 

fragmento del Diario de bordo del primer viaje de Cristóbal Colón); pero lo que no cambia es el esquematismo rigurosamente binario, debido a la visión de quien escribe, que observa solo una otredad frente a la propia identidad. Este esquema se transmite continuamente a nuestro análisis de esa realidad. Por ejemplo, si nos interesa la manera en que circulaban los bienes en la isla de Haití, los textos solo nos hablan de cómo circulan en relación con las personas europeas, pero resulta más complicado deducir qué otros tipos de circulación podía dibujarse entre los diferentes grupos humanos y sociales del Caribe. Los textos, sin duda, tienen un punto de vista muy preciso, y esto es parte sustancial de su realidad.

En este sentido, el texto está contaminado. Pero, de hecho, esta condición suya puede ser un objeto de nuestro interés. Y sin embargo, sospecho que, con frecuencia, un criterio de pureza rige nuestra búsqueda de información. El caso de los cascabeles, que nombré precedentemente, es paradigmático. 

Como adelantaba, en el conjunto de textos estudiados en relación a los cuatro viajes colombinos, el instrumento musical que más se reiteraba era el cascabel. Como ya expuse detalladamente en otros contextos (especialmente en Cabrera Silvera, 2013a, capítulo séptimo “Un objeto sonoro como objeto de intercambio”; pero también en Cabrera Silvera, 2010a y 2021) el cascabel, regalo, objeto de intercambio y moneda de pago, medida de un tributo y elemento de coacción, resulta ser un símbolo incomparable de esta fase de la colonización. 

Como ya tuve ocasión de describir anteriormente (Cabrera Silvera, 2013a) la abundancia de referencias a este objeto sonoro nos permite plantear hipótesis sobre: por qué había tantos cascabeles en los barcos de Colón; por qué se convirtieron en un objeto de referencia en las distintas fases de las relaciones entre locales y extranjeros; qué origen tenía, qué importancia, valor y significado les atribuían los europeos antes del contacto con la población taína; qué origen tenía, a su vez, y qué importancia, valor y significado (no solo sonoro) le atribuían las personas taínas, con las que Colón se estaba relacionando mayoritariamente; qué usos musicales tenían; con qué otros objetos sonoros locales se podía relacionar ese objeto; qué otras categorías de la cultura taína implicaba el cascabel de latón traído de Europa (véase siempre el capítulo séptimo, dedicado exclusivamente al tema de los cascabeles y la pluralidad de valores y significados que este objeto sonoro puede encarnar). 

Más allá de los textos, podemos entender la importancia que llegó a atribuirse en la cultura taína a los cascabeles cuando verificamos que las personas de mayor rango incluyeron estos objetos en el ajuar funerario, donde la arqueología cubana los ha encontrado y estudiado en los últimos años (Valcárcel Rojas, et al., 2007).

3.1 Identidades en música (y en musicología)

Para poder evaluar el interés de esta información, retomaré en primer lugar algunos de los aspectos que ya traté en la monografía citada, así como las posteriores reflexiones que traté en la revista Itineraria (Cabrera Silvera, 2021). Los cascabeles aparecen en el texto de los cronistas porque, por lo que podemos deducir, cobran gran importancia dentro de las relaciones que se entablan entre personas nativas y extranjeras, aunque su función irá variando a lo largo de esos diez años. Con ayuda de los propios textos, repasaré a continuación un resumen de ese proceso.

Los cascabeles los encontramos ya en el primer viaje colombino como regalo de los españoles (Cabrera Silvera, 2013a, p. 91-97) a esas personas nativas que iban encontrando en las Antillas a medida que las naves arribaban a una playa, mayoritariamente taínas.*

En tanto que el Almirante estava hablando con él, vino otra canoa [de personas nativas] de otro lugar que traía ciertos pedaços de oro, los cuales quería dar por un cascavel, porque otra cosa tanto no deseavan como cascaveles, que aún no llega la canoa a bordo cuando llamavan y mostravan los pedaços de oro diziendo «chuq chuque», por cascaveles, que están en puntos de se tornar locos por ellos. Después de aver visto esto, y partiéndose estas canoas que eran de los otros lugares, llamaron al Almirante y le rogaron que les mandase guardar un cascavel hasta otro día, porqu’él traería cuatro pedaços de oro tan grandes como la mano. Holgó el Almirante al oír esto (del Diario de bordo de Cristóbal Colón: véase Colombo, 1998, p. 206).

Dentro de las diversas mercaderías empleadas, en las Antillas y en las costas centroamericanas que Colón pudo pisar, para tratar con las personas nativas, los cascabeles reciben un tratamiento específico. Son solicitados con especial ahínco y se entiende que tienen un gran valor.

Quando yo partí de Çaraburú y llegué a esos lugares que dixe, fallé la gente en aquel mesmo uso, salvo que los espejos del oro quien los tenía los dava por quequier: muy contentos se tenian con tres caxcabeles de gavilán por el uno, bien que pesasen diez o quinze ducados de peso, y bien que le tienen en mas que un celemín de oro en grano, porque le hazen con gran fatiga (de la Carta a los Reyes de Cristóbal Colón (novena carta del Libro Copiador, Colombo, 1992, p. 412).

Como vemos, el regalo pasa a ser un objeto de cambio, solicitado por los indígenas, según el relato colombino. Pronto su utilidad en las transacciones llega a fijarse casi como moneda: Cristóbal Colón en algunos pasajes parece obsesionado por evitar su devaluación (Cabrera Silvera 2013a, pp. 97-101). Ya en el segundo viaje, la población originaria de las Antillas (y concretamente, la isla de Haití, conocida entonces en los textos como La Española, sede del primer asentamiento castellano) conoció una vuelta de tuerca de la invasión: el cascabel pasó a transformarse en la unidad de medida de un tributo en oro impuesto a las poblaciones, acompañado de amenazas y de violentos castigos si el oro no era entregado en la cantidad solicitada (Cabrera Silvera 2013a, pp. 101-104). Para conseguir esa cantidad, los habitantes de Haití/La Española debieron descuidar la agricultura originándose auténticas hambrunas en la isla.

Sobr’esto de<l> buscar del oro me pusieron los indios todos los inconvenientes que pudieron; e yo, visto que por causa de los mantenimientos e aun por no tener las personas e aparejos ***, disimulé con ellos y vi que ninguna cosa ay de que tanto se agravien y ayan enpacho como de nosotros ir a sus casas. Les dixe que yo me dexaría de cavar las minas, si me querían dar en nombre de V. Al. cada quatro lunas llenas la mitad de un caxcavel llenos de oro cada cabeza; y ellos dixeron que los plazía (de la Carta a los Reyes de Cristóbal Colón, quinta carta del Libro Copiador, Colombo, 1992, p. 334).

Todo esto sucede en diez años. Son también muy variados los pasajes que ofrecen informaciones sobre el posible uso de los cascabeles en la cultura taína (Cabrera Silvera 2013a, pp. 104-107). Algunos, como Bartolomé de Las Casas, se refieren a su utilidad dentro de imprecisados cantos y danzas; otros, hablan del valor atribuido a otros aspectos de su presencia (olor, brillo) en tanto en cuanto realizados en latón, o mejor dicho, turey, uno de los términos indígenas que más aparece en estos textos, para referirse a este material aunque su significado fuese más extenso y abarcase una dimensión de tipo cosmológico.

Entretanto que él hablaba con el Almirante, vino otra canoa de otro lugar o pueblo que traía ciertos pedazos de oro, los cuales quería dar por un cascabel, porque otra cosa tanto no deseaban. La razón era porque los indios desta isla, y aun de todas las Indias, son inclinatísimos [sic] y acostumbrados a muncho [sic] bailar; y, para hacer son que les ayude a las voces o cantos que bailando cantan y sones que hacen, tenían unos cascabeles muy sotiles hechos de madera muy artificiosamente, con unas pedrecitas [sic] dentro, los cuales sonaban pero poco y roncamente. Viendo cascabeles tan grandes y relucien||tes y tan bien sonantes, más que a otra cosa se aficionaban, y cuanto quisiesen por ellos o cuanto tenían curaban por habellos de dar. <Llegando cerca de la carabela, levantaban los pedazos de oro, diciendo Chuque,chuque, cascabeles, que querían decir: «Toma y daca cascabeles»> (de la Historia de las Indias de Bartolomé de Las Casas, libro I, capítulo 60, en Las Casas, 1994, p. 640).

Dados los materiales de que disponemos, no podemos afirmar con total precisión qué valor específico tenían los cascabeles, a priori, dentro de cada una de estas culturas musicales en concreto (aunque varios indicios permiten extender la hipótesis de que un objeto con un valor y una función análogos ya existía, véase Cabrera Silvera 2013a, pp. 104-107)); pero sí podemos argumentar con seguridad que para las personas nativas los cascabeles van a adquirir un valor específico dentro del proceso de la colonización. El objeto se vuelve valioso para los europeos, ya que puede intercambiarse por oro, y su continua aparición en los textos nos da una idea de ello; el pequeño cascabel de latón de origen europeo también se vuelve valioso para las personas taínas: podemos confirmar que esto es así no solo porque aparece resaltado en numerosos textos de varios autores en diferentes viajes, sino que también sabemos, gracias a la arqueología, hasta qué punto se incorpora a su cultura material, que ha verificado su presencia en enterramientos de ese periodo en la isla de Cuba (Valcárcel Rojas et al., 2007, según recojo en Cabrera Silvera 2013a, p. 109).

Sin embargo, rigiéndonos por ese hipotético criterio de pureza no nos interesaríamos nunca, como estudiosas, por ese objeto, que no es un instrumento musical pleno para los europeos («cascabeles de pie de gavilán», los llama Cristóbal Colón) y que no es propiamente un objeto musical producido por los taínos. Para el estudio de una cultura, el cascabel no parece resultar interesante porque no lo considera estrictamente un instrumento musical; para la otra, tampoco parece válido, porque no lo consideramos estrictamente nativo. Y sin embargo su interés radica precisamente en la posibilidad de entender el objeto musical dentro de un proceso cultural complejo, como elemento de una relación de poder.

Por descontado, también encuentro que es un valor en sí deconstruir los posibles prejuicios que, desde la musicología, hacen que ese objeto se vea desprovisto de interés musicológico, ya sea por su función (musical o no) o por su origen (europeo o taíno).

Por ejemplo, el estudio antes mencionado de Donald Thompson sobre la música en los cronistas de Indias, realiza la siguiente lista de instrumentos que, según su lectura, aparecen en los textos colombinos (él incluye fundamentalmente los textos de órbita española y también numerosos textos mucho más tardíos, de siglos posteriores):

Secondly, we have a list of musical instruments or sound producers reported as seen in the region around 1500, comprised of the following ten items:
1. The maiohauau of Ramon Pane […].
2. The hoarse wooden drum of Padre Las Casas, which might simply have been his interpretation of Pane's maiohauau as given in a now unknown text, or of Oviedo's wooden drum, or perhaps of Peter Martyr's hollow wooden instrument, itself known to be an interpretation of Pane […]
3. The unpleasant hollow wooden drum ("aquel mal instrumento') of Oviedo, which again might have come from a now unknown version of Pane's Relación, or from some other unidentified source. […]
4. The small wooden drum that a chief struck with a stick in Book X of Peter Martyr's Seventh Decade. This is found in no other early source.
5. The small shells rattling pleasantly together as worn on belts, bracelets, necklaces, and anklets, presumably at Hispaniola as first described by Peter Martyr. These are described in no other early source.
6. Las Casas' wooden cascabeles, reported at Hispaniola.
7. The trinkets or toys, perhaps maracas, made to sound by two members of the chief's entourage which met Columbus at Bahia de las Vacas in Jamaica, reported by Bernáldez.
8. The two carved wooden trumpets seen but not heard on the same occasion. These were quite possibly something else entirely, perhaps ceremonial objects. […]
9. Of probably no Antillean application at all, the stringed sea shells (if such a device ever existed), the small drums and the bone or reed flutes described by Peter Martyr as seen at Chiribichi on the South American mainland.
10. The finger cymbals of Scillacio's turbaned dancers
(Thompson 1993, 187-188).

Como puede verse en esta cita, Thompson incluye en su lista de los instrumentos musicales los cascabeles de madera citados por Las Casas (véase más arriba el correspondiente pasaje lascasiano), pero no los omnipresentes cascabeles de latón. Se puede comprender, obviamente, el deseo de circunscribir la imagen de la cultura musical tal como podríamos imaginarla en un momento congelado justo antes de 1492 (sobreentiendo yo este propósito, no explicitado por el estudioso en su artículo). Pero los taínos siguieron viviendo e incluso hoy entendemos que, a pesar de lo que se ha defendido hasta no hace mucho, muchas personas amerindias originarias de las Antillas resistieron y encontraron formas de existencia dentro de la nueva sociedad colonial. Durante algunos años también lo hizo su cultura, con algunas formas de apropiación de elementos de origen foráneo.* 

Podemos, como hace Thompson, intentar imaginar las formas de esa cultura tal como eran antes de la aparición de las tres carabelas colombinas, en una fotografía sin mancha; pero también podemos interesarnos por los taínos y las taínas que siguieron viviendo en los años posteriores interactuando con los recién llegados, creando estrategias de resistencia, asimilando, adaptando o modificando los elementos foráneos que fueran significativos o útiles; podemos considerar su cultura sensible a los cambios, y producto, asimismo, de otras interferencias con otras culturas, incluyendo otras culturas no europeas que del mismo modo habrán incidido sobre las personas taínas. Precisamente esa contaminación del texto de la que hablábamos puede ser un recurso para un estudio de las personas, o de las sociedades, en interacción. Además, su lectura sistemática, abierta a todo evento sonoro, a toda experiencia sonora que se narre o describa, permite derribar prejuicios inconscientes.

Este planteamiento, sin con eso quitarle valor o interés a los acercamientos tradicionales, sí respondería a las exigencias que en años muy recientes han sido avanzadas, entre otros, por Mónica Díaz (2014, p. 526):

Los problemas más críticos que impiden precisamente el progreso en la aprehensión de saberes del pasado colonial y perpetúan la colonización del conocimiento por parte de la academia tienen que ver con dos cuestiones principalmente. La primera se centra en la obsesión por encontrar al “auténtico” nativo, lo cual nos hace volver a un esencialismo étnico que llega a romantizar la figura del indígena que construimos (pensando que rescatamos). De dicha construcción validamos su agencia y presentamos al grupo de manera muy limitada, por lo general de manera homogénea, lo cual sabemos por referentes históricos y etnográficos que es una ilusión.

Además, su lectura sistemática, abierta a todo evento sonoro, a toda experiencia sonora que se narre o describa, permite derribar prejuicios inconscientes. Nos permite, además, acceder a numerosas referencias a la cultura sonora de las personas nativas que, de entrada, podríamos (¿erróneamente?) no considerar de interés musicológico. Véase un interesante ejemplo de uso de sonoridades para la modificación de la voz dentro de un posible contexto ritual, no tenido en cuenta, quizá por no haberse considerado pertinente desde el punto de vista musical:

Tenían ciertas estatuas de madera, según escribió en una carta el almirante don Cristóbal Colón a los Reyes, donde metían los huesos de sus padres (y debían ser los de los reyes y señores), y éstas llamaban del nombre de la persona cuyos huesos allí encerraban. Cuentan que, como fuesen huecas, metíase un hombre dentro dellas y allí hablaba lo que el rey o señor le decían que hablase a los populares. Y acaeció que entrando dos españoles en la casa donde una estatua de aquellas estaba, dio un grito, según parecía, la estatua, y habló ciertas palabras; pero como los españoles no se asombran fácilmente de gritos de palos, ni son tan simples que no cayesen presto en el engaño, llegóse uno y dio del pie a la estatua, y da con ella de lado, y así descubrió el secreto de lo que dentro estaba. El secreto era que a un rincón de la casa debía estar algún hoyo o cierto espacio en el rincón, cubierto de rama, donde estaba encubierta la persona que hablaba, y esta tenía una trompa o cebratana que metía por el hueco de la estatua, y allí hablando parecía que hablaba la estatua (texto de la Apologética Historia de Bartolomé de Las Casas (1958, pp. 416-417)..

4. La mirada contaminada

Como ya se ha dicho precedentemente, el estudio del periodo colombino en las Antillas es de extrema dificultad, marcado gravemente por la ausencia de discursos por parte de las gentes que habitaban los territorios americanos. Todas las narrativas que conservamos de ese momento, reitero, son de origen europeo, escritas en diferentes lenguas europeas. De este modo, el sentido o “dirección” de la mirada del autor del texto se reitera en todos los documentos: quien escribe es el sujeto activo, es el que mira, mientras que el Otro, o la Otra, es mirado/a, resulta ser siempre un objeto de la mirada y descripción ajena que lo reifica como ente pasivo. En general, la tendencia ha sido utilizar estos documentos exclusivamente para estudiar las culturas amerindias. 

Por eso, de algún modo, cuando leemos estos textos, nuestra mirada como estudiosas tiende a sobreponerse, incómodamente, a la mirada de quienes escribieron los textos, personas que representan una parte concreta en una relación de poder desequilibrada. Por otro lado, podemos superar esta condición evitando sobreponernos a su mirada, fijando la nuestra en los propios autores de los textos, convirtiéndolos también a ellos en objeto de nuestro estudio (Cabrera Silvera, 2017). De esto modo, podemos acercarnos de una manera distinta a la cultura musical de personas que no necesariamente “eran músicas” (o sea, no podemos etiquetarlas como compositoras, intérpretes o especialistas musicales) pero sí formaban parte de una cultura sonora, que comprendía diferentes tipos de escucha y de práctica musical. 

Además, nos puede ser útil, no solo para entender la cultura de proveniencia de esas personas, sino también comprender las expectativas, los errores, el bagaje, en general, con que se insertaron en las estructuras sociales que se estaban construyendo en el Nuevo Mundo. O bien, como ya se ha dicho, el modo en que la música, los sonidos, los objetos sonoros se emplearon como herramienta, como engaño, como amenaza, como arma, en el contexto de la colonización.

Al trasladar nuestro interés hacia quienes, escribiendo, describen, conseguimos también trasladar nuestro objeto de estudio; pasamos de la producción de sonido a la escucha: las maneras de escuchar, las herramientas conceptuales usadas para interpretar esa escucha, las experiencias precedentes que modelan juicios, expectativas).

Como ya he descrito en otras publicaciones (a partir de Cabrera Silvera 2010a y especialmente 2013a) en los primeros viajes a América se detectan frecuentísimas referencias a la escucha: es muy famoso el caso del canto de los pájaros, que Colón nombra en el Diario de a bordo, texto que describe las experiencias del primer viaje («cantava el ruiseñor y otros paxaritos como en el dicho mes en España, que dizen que era la mayor dulçura del mundo», Colombo, 1992, p. 164). El carácter aparentemente anecdótico del pasaje resulta desmentido cuando observamos el tema de manera más general, notando que los ruiseñores aparecen tanto antes de la llegada a América, en la misma travesía («los aires eran muy dulces y sabrosos, que diz que no faltava sino oír el ruiseñor, y la mar llana como un río», Colombo, 1992, p. 30) como, posteriormente, en buena parte de los documentos que, repitiendo la noticia del arribo colombino a las “Indias”, difundieron el relato reiterando la imagen del canto de los ruiseñores (Andrés Bernáldez, Pietro Martire d’Anghiera, Domenico Malipiero, Giacomo Filippo Foresti da Bergamo y Giuliano Dati). Bartolomé de Las Casas en la Historia de las Indias pone el acento en la particularidad del hecho en el contexto invernal en que tiene lugar la escucha:

Vieron también ánsares munchas [sic] y naturales ruiseñores que muy dulcemente cantaban. Y es bien de considerar que haya tierra en que por el mes de noviembre los ruiseñores canten (Las Casas, 1993, p. 586).
Oyeron cantar al ruiseñor y otros paxaritos de los [de] Castilla, que lo tuvo a maravilla por diciembre cantar ruiseñor. (Las Casas, 1993, p. 613)

Este tema ha sido tratado por los estudios literarios, al poner de relieve la inexistencia de tal especie de aves en el Caribe, y considerando que, en cambio, la presencia de esos pasajes sea deudora de tradiciones literarias seculares. Se debe tener en cuenta que Cristóbal Colón y sus contemporáneos situaban en el extremo oriente (al que el genovés se había dirigido por occidente) el Paraíso Terrenal, entre cuyas características se encontraba una cierta imagen sonora (el ruido del agua, el canto de los pájaros). En el contexto de la musicología, pienso que la presencia de este tipo de interferencias literarias en la experiencia de escucha, o en el relato que se hace de esta, pueda ser un campo de interés, antes que una contrariedad.

5. Conclusión

Por razones de espacio no será posible aquí dar cuenta detallada de una investigación extensa, que ha dado ya lugar a diferentes publicaciones, monografías y artículos. Sí me parecía interesante presentar algunas reflexiones, realizadas en el ámbito americano, dentro del proyecto italiano de estudio de los eventos sonoros en los textos de viaje.

Una aproximación sistemática a los textos de viaje, centrada en la identificación y el estudio de eventos sonoros en un sentido amplio, en este caso en el ámbito del proceso de colonización de América, presenta una serie de amenazas y de oportunidades.

Por un lado, los textos de viaje pueden ser un recurso muy útil. Citando a Alberto Gallo, han ocupado en nuestra experiencia una posición privilegiada debido a «su accesibilidad lingüística, su gran número, la gran variedad de informaciones que ofrecen», desde la antigüedad clásica hasta el siglo XIX (Gallo, 2010, p. 7).

Por otro lado, como hemos visto, se trata de textos, por así decir,“contaminados”: el relato que exponen está profundamente ligado al contexto de la colonización, es un producto de ella. Sin embargo, este mismo problema puede constituir una ventaja si consideramos útil entender las referencias a la música en esos mismos textos como parte de ese proceso. En el caso descrito observamos que los objetos sonoros que inicialmente son dejados de lado por la musicología al tratarse de objetos “impuros” (quizá considerados “no musicales”, o “no indígenas”), pueden devenir, en cambio, metáforas musicales de la colonización y de la transculturación. Al mismo tiempo, como propone Alberto Gallo, las informaciones de los textos de viaje pueden ser provechosamente cruzadas con los datos provenientes de otros tipos de fuentes, como por ejemplo, las imágenes, para poder tener otras imágenes de la música en ese contexto.

Una segunda amenaza consiste en que, al utilizar estos textos (en los casos estudiados los textos son exclusivamente debidos a sujetos colonizadores), corremos el riesgo de reiterar la mirada del colonizador: el colonizador como sujeto que mira y el colonizado como objeto mirado. Sin embargo, pienso que de esa amenaza deriva una oportunidad: la necesidad de cambiar el sentido de la mirada nos sugiere observar al escritor del texto en lo que pueda ofrecer de interés para entender el proceso histórico y el rol de la música en ese proceso (eso sí, utilizando las herramientas de la teoría postcolonial que nos hagan conscientes de todo lo que puede implicar el uso de estos textos). Asimismo, convertir al escritor en objeto de estudio nos permite cambiar el enfoque hacia la escucha, en lugar de la producción de sonido.

En general, este tipo de reflexiones se ve favorecido si el acercamiento a estas fuentes es sistemático y exhaustivo, y enfocado de una manera más abierta hacia todo tipo de experiencia sonora, en una búsqueda que pone a los/las oyentes en el centro de la investigación (entendiendo la escucha no como una mera recepción pasiva de vibraciones por el oído, sino como una elaboración mucho más compleja en la que interviene la experiencia cultural en sentido amplio) y sus discursos sobre la otredad a través del sonido.

Referencias bibliográficas

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Notas

1. De momento dejo de lado los problemas relativos a la idea de una historia de la música centrada en «objetos» (principalmente obras musicales; o mejor dicho, obras musicales en cuanto objetos: véase Goehr, 1992). A este respecto, se podría plantear asimismo una reflexión en el campo de la organología, a las que, como veremos, esta investigación puede contribuir con aportaciones puntuales, pero cuyas premisas conceptuales no se abordarán aquí. Igualmente, el terreno intercultural en el que nos movemos da pie a redefinir el marco de lo que se considera o no «música».

2. Traducción mía, así como todas las de esa publicación que aparecerán a continuación. «Alla base di tutto questo, c’è il pregiudizio (certamente legato all’eppoca e all’ambiente in cui le die discipline sono nate) che conti solo ciò che è oggi sonoramente riproducibile. Se però si supera questa “barriera del suono”, ci si trova di fronte ad una quantità sterminata di eventi sonori realizzatisi in ogni parte del globo dalle epoche più remote sino ai gorni nostri che non sono stati né notati né registrati. Tutti questi eventi sono dei “fatti storici” e come la maggior parte dei fatti storici studiati dalla storiografia generale sono scomparsi nella loro realtà fisica, ma sono documentabili nella loro esistenza e interpretabili nel loro significato»

3. Podemos añadir resultados posteriores como el congreso «Patrimonio culturale condiviso: viaggiatori prima e dopo il Grand Tour», celebrado en Rávena 21-23 de noviembre de 2018 (actas editadas por Fiammetta Sabba en 2019), la jornada de estudios “Traveling diaries from Cristoforo Colombo to Charles Darwin: identità musicali di popoli senza note nei racconti di viaggio”, celebrada en Padua 2-3 de diciembre de 2019 (actas editadas por Paola Dessì en 2021 en el número 20 de la revista Itineraria), y la study session en el congreso de la International Musicological Society «Encountering the Other: Music Accounts by European Travelers, organizada por Paola Dessì y Gabriela Currie» (Atenas 2022).

4. «I testi verbali che descrivono l’evento e che possono appartenere praticamente ad ogni genere di espressione letteraria. Tra questi testi i racconti dei viaggiatori europei che visitarono altri popoli occupano una posizione privilegiata e sono stati il nostro punto di partenza e, per ora, anche di arrivo. Cioè è dovuto alla loro accessitilità linguistica, alla loro numerosità, alla grande varietà delle informazioni fornite. Vanno dall’antichità classica sino all’Ottocento attraverso tutti i continenti, dall’Europa meno conosciuta all’Africa, all’Asia e all’Oceania, sino alle Americhe. Ma non bisogna dimenticare che le relazioni di viaggio forniscono informazioni che provengono “dall’esterno” delle realtà considerate. Sarebbe d’importanza fondamentale integrarne i dati con fonti scritte provenienti “dall’interno” delle società studiate. Le immagini figurative che rappresentano l’evento e che per la loro immediata evidenza furono tra le prime ad essere utilizzate».

5. «La musica è infatti solo una specie del genere sonorità, la quale va considerata non tanto ai fini di una generica de equivoca definizione di un “paesaggio sonoro” quanto piuttosto come una delle vie per la conoscenza del mondo».

6. En lo que se refiere a los cronistas y viajeros de otras épocas, quisiera mencionar la intervención de 2011 para el congreso del Pontificio Istituto di Musica Sacra (Cabrera Silvera, 2013b), para el Coloquio de Historia Canario-Americana (Cabrera Silvera, 2010b y 2012), y para el congreso Patrimonio culturale condiviso que la Universidad de Bolonia celebró en su sede de Rávena en 2018 (Cabrera Silvera, 2019) a propósito del misionero jesuíta Antonio Ruíz de Montoya, el intelectual revolucionario Francisco de Miranda, y el religioso canario José de Viera y Clavijo.

7. «Musicians in the Mediterranean: Narratives of Movement»: este era el título del congreso napolitano de la International Musicological Society (IMS) y el International Council of Traditional Music (ICTM) en 2016 en el que el proyecto participó con la mesa redonda «The eye (and the ear) of the travellers. Mediterranean routes».

8. Imposible tratar aquí, por su extensión y complejidad, la problemática de la definición de «viaje». Una lectura crítica interesante y pertinente aparece en la obra de Clifford dedicada al tema (2019 [1997]).

9. «Eodem exemplo Indi auro plurimo onerati ad accipienda munera Hispanos hortantur; non enim omnibus licebat sine discrimine dona ab Indis accipere, nisi his qui etiam invicem rependerent, minuta videlicet munera: fibulas, vitrea opera, sonabula aenea, qualia pedibus alligantur tinnientium accipitrum (his enim mirifice Aethiopes atque Arabes capiuntur et quibus merces commutari solitos legimus in historiis)» (edición del texto de Niccolò Scillacio por Airaldi y Formisano 1996, p. 149).

10. Hago referencia a la teoría de James Clifford: «La institucionalización del trabajo de campo a fines del siglo XIX y comienzos del XX puede entenderse dentro de una historia más amplia del "viaje". [...] El trabajador de campo antropológico fue el último en llegar entre los occidentales que viajaban y residían fuera de su país. Exploradores, misioneros, funcionarios coloniales, comerciantes, colonizadores e investigadores de ciencias naturales eran figuras bien establecidas antes de que surgiera el profesional antropológico en-el-terreno. [...] Cuando los seguidores de Boas y Malinowski comenzaron a abogar por el trabajo de campo intensivo, se requirió un esfuerzo para diferenciar el tipo de conocimiento antropológico producido con este método, del adquirido por otros residentes de larga data en las áreas estudiadas. "Otros disciplinarios", por lo menos tres, fueron mantenidos a distancia prudencial: el misionero, el funcionario colonial y el escritor de viajes (periodista o exótico literario) Podría decirse mucho de las complejas relaciones de la antropoolgía con estos tres alter egos profesionales cuyos informes sustancialmente amateurs, intervencionistas y subjetivos de la vida indígena serían "destruidos por la ciencia", según la expresión de Malinowski. (Clifford, 2019, p. 84).

11. Sobre este problema vale la pena citar el texto de Malena Kuss, «Ficción e historiografía: las crónicas españolas como fuentes para la etnohistoria musical americana» (Kuss, 2002).

12. ]Encuentro especialmente útil el empleo de la expresión “zona de contacto”, concepto acuñado por Mary Louise Pratt para referirse al “espacio de los encuentros coloniales, el espacio en el que personas separadas geográfica e históricamente entra en contacto entre sí y entablan relaciones duraderas, que por lo general implican condiciones de coerción, radical inequidad e intolerable conflicto. Aquí el término contacto ha sido tomado de la lingüística, en la que la frase lengua de contacto se refiere a lenguajes improvisados que se desarrollan entre hablantes de distintas lenguas que necesitan comunicarse continuamente, por lo general dentro del contexto de las relaciones comerciales” (Pratt 2010 [1992], p. 33).

13. Se hacen útiles en este sentido nuevas nociones que sustituyen las ideas de “literatura” y “autor”, por “discurso” y “sujeto colonial” (colonizador o colonizado). Traigo a colación la teoría de Rolena Adorno: «La noción de "literatura" se reemplaza por la de "discurso", en parte porque el concepto de la literatura se limita a ciertas prácticas de escritura, europeas o eurocéntricas, mientras que el discurso abre el terreno del dominio de la palabra y de muchas voces no escuchadas. Estamos en el umbral de la emergencia de un paradigma nuevo: del modelo de la historia literaria como el estudio de la transformación de las ideas estéticas en el tiempo, al modelo del discurso en el ambiente colonial en tanto que estudio de prácticas culturales sincrónicas, dialógicas, relacionales e interactivas. Con este énfasis sobre lo dialógico, los objetos de análisis cambian de tal manera que la categoría reservada al sujeto se abre para incluir no sólo el europeo o criollo letrado sino los sujetos cuyas identificaciones étnicas o de género no reproducen las de la ideología patriarcal e imperial dominante» (Adorno 1988, 11). «La cuestión del otro presenta dos problemas para los estudios literarios coloniales que todavía tienen que estudiarse y para los cuales la colaboración de otras disciplinas es necesaria. Uno es el problema complejo de la construcción cultural del sujeto, esto es, la figuración del sujeto colonizado tal como se representa en los discursos del colonialismo. El otro es el problema de profundizar nuestro conocimiento del sujeto colonizado policultural y multilingüe como autor o agente de discursos. Los dos son proyectos críticos, desde el punto de vista de cualquier investigador con un interés amplio en la historia cultural hispanoamericana, porque los dos hacen asequibles los procesos de transformación e intercambio histórico-cultural sobre los cuales nos hace falta aprender tanto» (Adorno 1988, 20).

14. «Con el término taíno se designan a diversas comunidades de base lingüística aruaca y fuerte tradición agrícola y cerámica, que al momento del arribo hispano ocupaban las Bahamas, la mayor parte de las Antillas Mayores y algunos espacios de las Antillas Menores (Rouse 1992: 5). Aunque su validez es cuestionable en muchos sentidos, la denominación resume la existencia de un contexto de proximidad cultural, a nivel antillano, que permite cruzar la información de distintas islas para explicar situaciones que parecen tener un alcance general» (Valcárcel Rojas et al., 2007, pp. 117-118).

15. Puede ser útil en este sentido traer a colación el concepto de “transculturación” del que habla Mary Louise Pratt en su obra ˆ«Ojos imperiales», ya citada anteriormente, quien importa el concepto del musicólogo cubano Fernando Ortiz: «La gente que se encontraba en el extremo receptor del imperialismo europeo construyó su propio conocimiento y elaboró su propia interpretación, usando a veces - como Guamán Poma - las propias herramientas de los europeos. Es por eso que el término "transculturación" figura en el título de este libro. Los etnógrafos han utilizado esta palabra para describir cómo los grupos marginales o subordinados seleccionan e inventan a partir de los materiales que les son transmitidos por una cultura dominante o metropolitana. Si bien los pueblos subyugados no pueden controlar lo que la cultura dominante introduce en ellos, pueden, sin embargo, determinar (en grados diversos) lo que absorben para sí, cómo lo usan y qué significación le otorgan. La transculturación es un fenómeno de la zona de contacto» (Pratt, 2010 [1992], p. 32).

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