España - Andalucía

Coronando la temporada en radiante re mayor

José Amador Morales
Ellinor D’Melon
Ellinor D’Melon © Paul Marc Mitchell | Orquesta de Córdoba
Córdoba, jueves, 18 de junio de 2026.
Gran Teatro. Johannes Brahms: Concierto para violín y orquesta en Re Mayor, op. 77; Jean Sibelius: Sinfonía nº2 en Re mayor. Ellinor D'Melon, violín. Orquesta de Córdoba. Salvador Vázquez, dirección musical.
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La Orquesta de Córdoba ha puesto el broche final a una temporada especialmente interesante con un programa que reunía dos de los grandes pilares del repertorio sinfónico: el Concierto para violín de Brahms y la Segunda Sinfonía de Sibelius. La coincidencia tonal entre ambas composiciones en Re mayor, tonalidad asociada con frecuencia a la brillantez, el ímpetu y cierta idea de triunfo, sirvió de nexo entre la nobleza brahmsiana y la amplitud épica de Sibelius. Pero también sugirió una metáfora idónea para una orquesta que afrontaba la clausura de una temporada marcada por una evidente madurez artística.

La obra de Brahms estuvo protagonizada por Ellinor D'Melon, encargada de afrontar una de las partituras más exigentes y complejas del repertorio violinístico. Su aproximación al concierto brahmsiano no destacó tanto por la contundencia sonora ni por la riqueza tímbrica del instrumento como por una musicalidad siempre presente, sustentada en un fraseo elegante y un extraordinario legato.

Particularmente logrados resultaron los amplios arcos melódicos del primer movimiento, resueltos con indiscutible solvencia técnica y una apreciable capacidad para mantener la tensión del flujo melódico. También fue notable el carácter cantabile que la violinista jamaicana imprimió al Adagio, donde el violín dialogó con delicadeza con las maderas de la orquesta tras la célebre intervención inicial del oboe. Fue aquí donde D’Melon puso de manifiesto sus mejores cualidades: una expresividad sincera, alejada de cualquier exceso retórico, y una notable sensibilidad para graduar las dinámicas.

Por contraste, los episodios de mayor intensidad dramática del primer movimiento y algunos pasajes del Allegro giocoso final revelaron un sonido menos noble. El segundo y el tercer movimiento fueron separados por una pausa que diluyó el efecto expresivo que muchos intérpretes buscan mediante el attacca subito, bien que no indicado expresamente por Brahms.

Por su parte, Salvador Vázquez ofreció aquí una dirección atenta al detalle y a los numerosos pasajes de diálogo que jalonan la partitura. El resultado fue una lectura cohesionada con un acertado equilibrio entre sus dimensiones concertante y sinfónica. El público premió calurosamente la actuación de D'Melon, quien correspondió con un bis -junto al violinista de la orquesta Evgeny Syrkin- en una divertida y virtuosística versión de La cucaracha, pequeña exhibición de técnica, compenetración y sentido del humor que aportó una nota distendida antes del descanso.

La segunda parte permitió a la Orquesta de Córdoba exhibir algunas de sus mejores credenciales actuales con una notable lectura de la Sinfonía nº2 de Sibelius. Desde el comienzo se apreció la solidez de una cuerda capaz de proyectar con rotundidad el célebre motivo ascendente que vertebra buena parte del primer movimiento, ofreciendo un sonido compacto, homogéneo y bien empastado, que se convirtió en uno de los pilares de toda la interpretación.

Igualmente brillante fue la prestación de las maderas en el segundo movimiento, en esas sucesivas exposiciones de los temas que emergen sobre el característico ostinato de los contrabajos. Así, la rica gama de matices y colores tanto de flautas como de oboes y clarinetes contribuyó decisivamente a esa característica atmósfera entre sombría y contemplativa, constituyendo uno de los grandes logros expresivos de la lectura. Salvador Vázquez supo además administrar con inteligencia las largas acumulaciones de tensión consustanciales a esta obra.

Tras un tercer movimiento que puso de manifiesto el alto grado de concentración de la orquesta ante los constantes juegos rítmicos y cambios de carácter, el último volvió a ser protagonizado por una cuerda que remató con gran intensidad el brillante tema conclusivo. De esta forma culminó una interpretación que, como ocurre a menudo en esta célebre partitura de Sibelius, encontró en sus páginas finales algunos de sus momentos más logrados.

En definitiva, una clausura acorde con el nivel mostrado por una Orquesta de Córdoba en evidente crecimiento a lo largo de la temporada, respaldada por una dirección musical que continúa consolidando un proyecto artístico cada vez más sólido y ambicioso. 

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