Tal como indicamos en el título del comentario, el programa del último concierto de la temporada de la OBC giró en torno a dos obras musicales basadas o inspiradas en sendas aventuras fantásticas, muy diferentes entre sí. Como anécdota me gustaría decir que, en el concierto del viernes día 12, el Auditori de Barcelona nos regaló una tercera aventura, todavía más extraña e inesperada.
Apenas cinco minutos antes de iniciarse el concierto, con la sala llena y los músicos de la orquesta ya instalados en sus asientos, todos esperábamos la salida al escenario de los miembros de l’Orfeó Català, pero estos tardaban más de la cuenta en aparecer. Poco después, la megafonía anunciaba que, por motivos ajenos a la organización, el orden del programa se vería alterado y se invertiría la interpretación de las obras, tocándose en primer lugar El Pájaro de Fuego y, en la segunda parte, L’Enfant et les Sortilèges, inicialmente programada en la primera parte.
Lo más curioso de todo es que dio la impresión de que ni los propios músicos de la orquesta conocían esta alteración, pues una vez efectuado el anuncio, se produjo un ajetreo de idas y venidas de los profesores, cambios de partituras, de asientos, hasta que todo volvió a estar en orden. Esta aventura, que no figuraba junto a las otras dos en el programa, tuvo como coste final que el concierto comenzara con media hora de retraso.
Entrando ya en las aventuras realmente previstas para la velada, la primera que asaltó nuestros oídos y nuestros sentidos fue la maravillosa compilación de leyendas y cuentos rusos, transformados en libreto de ballet por Michel y Serguei , al que puso música el gran Igor Stravinsky, en el que aparecen unos cuantos personajes habituales del imaginario ruso, encabezados por el enigmático y femenino Pájaro de Fuego y el malvado mago Katschei, junto a príncipes audaces, princesas cautivas y demonios infernales. Esta obra, como ya sabemos, constituyó en el primer gran golpe de efecto descargado por el genio vigoroso de un Stravinsky que aún no había cumplido los treinta años y acababa de aterrizar en el bullicioso París de principios del siglo XX.
La verdad es que los músicos de la OBC se adaptaron muy bien al inesperado cambio del orden establecido, y se lanzaron a la interpretación del ballet con enorme ahínco, sacando lo mejor de una partitura tan brillante como compleja y colmada de contrastes sonoros y anímicos. La dirección de Ludovic resultó de lo más efectiva, y su planteamiento estético me pareció muy interesante, porque permitió escuchar una lectura que, sin olvidar el espíritu innovador de la obra, no desechó en absoluto el aspecto más nacionalista y romántico, sino que más bien intentó acercarse a él.
No faltó, pues, en este festival fantástico y legendario, el espectro benigno de (no olvidemos que fue éste el primer gran maestro de Stravinsky, dejando plasmada una gran influencia en la llamada ”época rusa” del joven compositor), en los pasajes donde destaca el primer violín y, sobre todo, en la “Ronda de las princesas”, que se desenvolvió casi flotando en los aromas de Sheherezade. Y no sólo pudimos intuir el homenaje stravinskiano a Rimsky, sino también a otras figuras del nacionalismo ruso, como al inicio de la última escena, donde la melodía que simboliza la destrucción de las fuerzas del mal y el retorno de la alegría, apareció especialmente suave y enternecedora, cercana a los más hermosos andantes de Borodin.
En la partitura de Ravel, tampoco es difícil evocar recuerdos e influencias del pasado, y también del presente. Ante todo, L’Enfant et les Sortilèges es una obra insólita e inclasificable, un capricho escénico de marcado carácter ecléctico, en el que aparecen citas e ideas que abarcan desde la música barroca hasta el jazz y el ragtime, aunque, de buen seguro, la mayor influencia que recibe esta partitura procede de la audacia orquestadora del propio Ravel, de la suntuosidad del Bolero, de la ingenuidad de Ma mère l’oye, o de la elegancia de los Valses nobles y sentimentales.
Después del estreno de la obra en 1925, en Montecarlo, Ravel dedicó palabras de elogio a los miembros del cuerpo de baile y de la orquesta, y en este testimonio dejó plasmada, en una sola frase, una de las claves que definen la pieza musical:
la danza debe entremezclarse continua e íntimamente con la acción.
Y así es. La aventura fantástica que vive el pequeño protagonista del texto literario de Colette se identifica con una pequeña comunidad de bailes y danzas, grotescas, terroríficas a veces, refrescantes en otros momentos, y ante todo, entrañables y dotadas de un delicioso espíritu infantil. He ahí la zarabanda que bailan dos sillones imperiales, o el foxtrot de la tetera y la taza china, y, ya hacia el final, el lento vals que canta la libélula buscando a su pareja.
Desde luego, no todo es danzable en la partitura. Hay también ocurrentes descripciones musicales, pasajes conmovedores (como el encuentro entre el niño y la princesa) y, desde luego, el trascendental papel que juegan las voces humanas, tanto a nivel solista como en la masa coral. También en esta parte, Ravel continúa siendo él mismo, original, atrevido, provocador, a veces, con un cierto punto de petulancia, que se refleja, por ejemplo, en uno de los momentos más singulares, el dúo de gatos, que, según se dice, causó cierto alboroto en el público de la época. Cada solista debe esgrimir, con su voz, lo más satírico y, a la vez, pueril de sus personajes, mientras que el coro también posee momentos muy especiales, alcanzando su cénit en el luminoso coro del final, cuando todos cantan las alabanzas del niño, mientras éste pone punto final a la obra con la palabra “maman”.
En general, la interpretación de solistas, coros y orquesta, resultó de lo más convincente. A nivel instrumental, se mantuvieron las altas prestaciones del Pájaro de Fuego, con una orquesta y un director claros y detallistas. En la parte vocal, tuvimos ante nosotros dos coros de gran calidad y perfectamente preparados para enfrentar la obra, tanto el conjunto infantil como el coro general de l’.
Los solistas, por su parte, además de resolver a la perfección su tarea de interpretación vocal, mostraron una buena condición teatral realizando una pequeña exhibición en el limitado espacio con que contaban. Carrerillas, saltos, gesticulaciones, e incluso algún que otro revolcón sobre la tarima, hicieron todavía más entretenida y simpática esta aventura fantástica para niños con que la OBC puso punto final a la temporada 2025-26 en el Auditori de Barcelona.
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