Estudios fonográficos

Edición El Mundo de la Sinfonía

Andreu Ripol
Karl Böhm, 46 Sinfonías de Mozart Karl Böhm, 46 Sinfonías de Mozart © 1974 by Deutsche Grammophon
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Hace unos meses hablábamos en Mundoclasico.com de la colección de álbumes denominada “Edición Bach”, como representante de un conjunto de cuatro ediciones conmemorativas dedicadas, además de Bach, a los compositores Mozart, Beethoven y Vivaldi. Prometí que iríamos comentando poco a poco estas colecciones, que en el momento de su publicación (inicio de los años setenta), aparecieron como un auténtico revulsivo en un mercado, el español, más bien escaso de novedades discográficas en el terreno de la música clásica. 

Nos ponemos, pues, a la labor, aunque esta vez no lo vamos a hacer con ninguno de los compositores mencionados, sino con la que fue la quinta gran colección de álbumes lanzados al mercado en aquellos tiempos. Me estoy refiriendo a la que apareció bajo el título de El Mundo de la Sinfonía.

Deutsche Grammophon, el gran sello discográfico de la música clásica por excelencia, se encargó de llevar a cabo el proyecto de publicar esta mencionada colección, echando mano de su estrecha relación con las dos grandes orquestas del momento (y de siempre), La Filarmónica de Berlín y la Filarmónica de Viena, y con sus legendarios directores Karl Böhm y Herbert Von Karajan, sin menospreciar el apoyo de otras formaciones, como la Orquesta Filarmónica de Londres o la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera, bajo batutas de la talla de las de Eugen Jochum, Rafael Kubelik y Claudio Abbado.

La Edición El Mundo de la Sinfonía estuvo formada por doce álbumes de los sinfonistas más destacados, no me atrevería a decir de todos los tiempos, porque faltaron los compositores del siglo XX, pero sí del Siglo XIX largo (1789-1914), hasta bordear los límites de los tiempos más recientes. Por así decirlo, fueron grandes todos los que estuvieron en la colección pero no estuvieron todos los que fueron. 

Ahora lo iremos comentando, pero antes no quiero dejar de mencionar que, a estos doce magníficos cofres presentados elegantemente con un pequeño retrato del compositor en cuestión, sobre un fondo de cartón blanco ligeramente brillante, les acompañó un magnífico libro de 324 páginas, repleto de fotografías e ilustraciones, que explicaba de modo claro y exhaustivo el trayecto sinfónico a lo largo del tiempo, y aquí sí que se incluían interesantes comentarios sobre compositores del siglo XX, algunos realmente poco conocidos en aquella época.

Si entramos a analizar los doce miembros de este privilegiado consejo de los mejores sinfonistas, deberemos iniciar nuestro camino colocándonos pelucas blanquecinas sobre nuestras testas y empuñando el bastón que se usaba para dirigir las formaciones orquestales antes de la aparición de la batuta. Y claro está, el honor del primer título de la edición corresponde al “Papá” de la sinfonía, el gran Haydn, que ya nos puede servir para iniciar nuestra crítica a la propia colección, debido a que, el que fuera autor de más de cien piezas sinfónicas, sólo pudo ver grabadas en su álbum las doce últimas, las famosas Sinfonías Londres, eso sí, en una interpretación imponente de la Filarmónica de dicha ciudad bajo la dirección de Eugen Jochum. Pero, ¿por qué no se incluyeron algunas más, las París, por ejemplo, o algunas de las denominadas Sturm und Drang?

En la evolución que va desde la elegante peluca mozartiana a los cabellos enmarañados de Beethoven, encontramos, en la colección a la que nos estamos refiriendo, un hecho peculiar. En aquellos tiempos, lejos aún de la globalización (también musical) en la que nos encontramos en el siglo XXI, se otorgaban encasillamientos bastante marcados, y uno de ellos correspondía a las dos grandes orquestas ya mencionadas: La Filarmónica de Berlín era la considerada beethoveniana por excelencia, mientras que a la Filarmónica de Viena se le había puesto la etiqueta de mozartiana. 

Karl Böhm fue el artífice de ambas integrales, y curiosamente invirtió los roles de las dos formaciones, viajando a Berlín para grabar una magnífica y muy completa integral mozartiana (que incluye unas cuantas sinfonías sin número, como la Vieja Lambach y la Nueva Lambach), y permaneciendo en Viena para dirigir a Beethoven. Hay que decir que el gran “terzetto” de grabaciones de Karl Böhm se completó con Schubert, de quien el maestro de Graz dirigió una integral trazada con auténtico pulso poético, en la que quisiera destacar uno de mis discos de cabecera, el que contiene una de las mejores lecturas que conozco de la Incompleta junto con una interpretación exquisita de la Sinfonía D.485.

Por su parte, los dos grandes representantes del que podríamos llamar Romanticismo Medio, es decir, Mendelssohn y Schumann, quedaron en manos de la gran estrella de Deutsche Grammophon, el carismático Herbert Von Karajan, a quien muchos aficionados hubieran deseado verlo en los créditos de las sinfonías de Beethoven, por eso de los encasillamentos, pero Deutsche Grammophon prefirió colocarlo en el primer volumen de la Edición Beethoven, que también incluía las nueve sinfonías, y que se publicó casi al mismo tiempo. 

Al frente de su impecable Filarmónica de Berlín, a la que controlaba con los ojos cerrados (y nunca mejor dicho), Karajan elaboró unas buenas integrales de los dos compositores, aunque, en el caso de Schumann, muchos hubiéramos preferido la integral de Kubelik, también con la Filarmónica de Berlín, que suena quizás menos agradable, pero más apasionada y comprometida.

Uno de los casos más curiosos lo protagonizó el álbum de las sinfonías de Brahms, cuya interpretación corrió a cargo de un joven director italiano que ya se había posicionado entre las más codiciadas batutas de Europa: nada menos que Claudio Abbado. Lo curioso de esta integral es que para cada sinfonía, Abbado utilizó una orquesta diferente. No sabemos cual fue el motivo de esta rara decisión, si se debió a criterios artísticos o estratégicos; si fue una elección del director de orquesta o del productor discográfico. En todo caso, nos encontramos las grandes orquestas de cuatro ciudades europeas para cada una de las sinfonías de Brahms. Viena, Berlín, Dresde y Londres, por este orden, fueron las cuatro capitales elegidas para un Brahms bien ejecutado en todos los casos pero, como es lógico, falto de homogeneidad sonora, y es que muy buenas son, desde luego, tanto la Sinfónica de Londres como la Orquesta del Estado de Dresde, pero su personalidad sonora es completamente diferente.

Los dos bloques sinfónicos más poderosos y complicados de la serie estuvieron, a mi modo de ver, entre los mejor resueltos. Me estoy refiriendo a Bruckner y Mahler, cuyas integrales preparadas para la colección han quedado registradas en la historia del disco como dos versiones de auténtica referencia. 

La integral de Bruckner (que, por cierto, dio a conocer al público español alguna de las sinfonías todavía muy poco apreciadas en aquella época, como las dos primeras o la Sexta) corrió a cargo de un auténtico apóstol del compositor de Ansfelden, Eugen Jochum, a quien se puede sólo lanzar un reproche, el no haber incluido la Sinfonía 0 en la integral. 

Por su parte, Rafael Kubelik, por entonces director titular de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera, se hizo cargo, al frente de dicha orquesta, de las sinfonías de Mahler, un proyecto gigantesco y maravillosamente ejecutado. A destacar las dos más espectaculares, una Resurrección emocionante y emocionada, que cuenta con la aportación de las voces de Edith Mathis y Norma Procter, y la Octava Sinfonía, que pocas veces se ha podido escuchar tan brillante, con la presencia de un reparto vocal auténticamente hollywoodiense*.

Hasta aquí el gran escenario de la música sinfónica alemana y austriaca. Un siglo irrepetible, el poderoso decimonónico, que comenzó con la despedida de los todavía dieciochescos Mozart y Haydn, y que finalizó con su propio adiós, ya en el siglo XX, gracias a las sinfonías de madurez de Mahler. 

Los tres últimos álbumes de la edición fueron dedicados a representantes de diferentes nacionalismos de cariz también romántico. El más logrado fue el de Dvorak, a cargo de este gran Kubelik, que ya nos deleitó con su mencionada integral mahleriana. Esta vez, al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín, e incorporando las cuatro primeras sinfonías del autor checo (que se consideraron perdidas durante mucho tiempo), aún poco conocidas en nuestro país.

Las integrales de Chaikovsky y Sibelius son interesantes, pero les faltó coherencia e identidad. En el álbum de Chaikovsky se encierra una de las mejores versiones de las tres grandes sinfonías, a cargo de la Sinfónica de Leningrado y Yevgeni Mravinsky (¡menuda Quinta encontramos ahí!), recuperadas por Deutsche Grammophon del sello soviético Melodiya, mientras que las tres primeras corrieron a cargo de tres directores jóvenes de talante muy distinto, como son Claudio Abbado, Moshe Atzmon y el recientemente fallecido Michael Tilson Thomas. El álbum de Sibelius tiene dos partes. Las últimas sinfonías fueron interpretadas por Karajan y la Filarmónica de Berlín, con su solvencia habitual, mientras que las tres primeras corrieron a cargo de la Orquesta de la Radio de Helsinki bajo la batuta de Okko Kamu. Menos calidad y precisión que la interpretación de Karajan, pero creo que más emotivas y con mayor calado nacionalista.

Como hemos dicho anteriormente, el gran vacío que nos dejó esta colección fue la ausencia de algunos compositores que hoy nos parecerían imprescindibles, en especial, los pertenecientes al siglo XX y/o sus alrededores. Por citar aquellos que se nos antojan más significativos, recordaríamos a Nielsen, Glazunov, Rachmaninov, Scriabin, Elgar, Vaughan Williams y, sobre todo, Prokofiev y Shostakovich, aunque es necesario tener en cuenta que la obra sinfónica de este último, apenas estaba finalizada cuando se llevó a cabo la colección. 

Quizás se hubiera podido presentar un álbum que reuniera algunas obras románticas sueltas, como la Sinfonía Fantástica de Berlioz, la Sinfonía Fausto de Liszt o la Sinfonía con Órgano de Saint-Saens. Y también se hubiera podido hacer otro álbum recopilatorio con una selección de sinfonías más o menos contemporáneas, en el que se incluirían las más destacadas de la lista de compositores que acabamos de mencionar. 

Tomamos nota para enviar nuestra recomendación a Deutsche Grammophon, aunque me temo que llegamos un poco tarde, algo más de medio siglo.           

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