La primera visita de Riccardo Muti al Festival Internacional de Música y Danza de Granada se ha hecho esperar demasiado para una figura de semejante relevancia. Y es que, al peso histórico de una carrera que ha marcado de forma tan decisiva la interpretación del repertorio italiano en las últimas décadas, se sumaba otro punto innegable de interés en su presentación en el Palacio de Carlos V al frente de la Orquesta Juvenil Luigi Cherubini, que el propio Muti fundara en 2004: contemplar el diálogo entre la experiencia de un maestro octogenario en plenitud y el entusiasmo de una formación llamada a recoger ese legado.
Nada más comenzar, la obertura de Nabucco confirmó esa conexión, pero también puso de manifiesto las limitaciones de una orquesta tan comprometida como desigual. Desde los primeros compases llamó la atención un sonido más denso que transparente, algo borroso en la peculiar acústica del Palacio de Carlos V, quizá por una adaptación insuficiente al recinto. Paradójicamente, esa menor definición no impidió apreciar la evolución del Verdi de Muti: frente a aquellas lecturas de perfiles acerados y contrastes casi extremos de sus años de juventud, ahora el fraseo respira con mayor naturalidad, la flexibilidad agógica resulta más espontánea y el lirismo adquiere un peso expresivo que enriquece el discurso sin menoscabar la tensión dramática.
Antes de la interpretación del ballet de I vespri siciliani, Muti reivindicó la obra dirigiéndose al público con una breve y espontánea intervención. Recordó que el ballet suele suprimirse en escena ("Non so cosa fare... Si fa il balletto", ironizó sobre la habitual excusa de los directores de escena) y defendió la página como "la mejor pieza sinfónica de Verdi", evocando además las dificultades que planteó a la orquesta parisina del estreno. Ciertamente, concebido para satisfacer las convenciones de la grand opéra parisina, aquel ballet acabó convirtiéndose en una de las páginas orquestales más inspiradas del compositor.
Muti justificó su afirmación con una lectura tan idiomática como profundamente convincente, en la que reveló toda su riqueza mediante un impecable equilibrio entre el impulso rítmico de las danzas más vivaces y el carácter cantabile de los episodios líricos, sostenidos por unas excelentes maderas y una cuerda grave especialmente sólida.
Con motivo del 150.º aniversario del nacimiento de Manuel de Falla, resultó tan oportuna como estimulante la inclusión de la segunda suite de El sombrero de tres picos. Aunque Muti ya dejó una notable grabación discográfica de la obra a primeros de los ochenta, bien que con toda una Sinfónica de Philadelphia de la que en aquél momento era su titular, aquí sorprendió la naturalidad con la que se adentra en un lenguaje un tanto distante del repertorio que habitualmente se le asocia. Su lectura evitó cualquier tentación pintoresquista desde un planteamiento de tempi ciertamente más ágiles de lo habitual, incisiva articulación rítmica y una admirable claridad en la construcción de los planos, resaltando el nervio popular de la partitura sin caer nunca en la caricatura.
La cercanía estética entre Falla y Ravel encontraba una lógica prolongación en el Bolero, donde la creciente exigencia de la escritura terminó por evidenciar con mayor claridad la desigual respuesta de los jóvenes músicos de la Cherubini. Si las maderas volvieron a brillar con intervenciones de notable calidad y la percusión sostuvo con firmeza el icónico ostinato de la obra, la cuerda aguda y unos metales inseguros no siempre alcanzaron el grado de precisión requerido. Una prestación instrumental demasiado irregular en una partitura que exige precisamente todo lo contrario. Nada de ello impidió admirar el extraordinario control de Muti sobre la progresión dinámica, administrando la tensión sin una sola concesión a aceleraciones espurias y manteniendo inalterable el pulso hasta la explosión conclusiva.
Pese al éxito incontestable de un programa quizá demasiado breve, sorprendió la ausencia de una propina en un final algo frío para una velada en la que el verdadero acontecimiento terminó siendo, sencillamente, Riccardo Muti.
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