España - Andalucía

El arte de colorear con la guitarra

José Amador Morales
Manuel Barrueco
Manuel Barrueco © 2026 by Rafa Alcaide / Festival de Guitarra de Córdoba
Córdoba, jueves, 2 de julio de 2026.
Teatro Góngora. Manuel Barrueco, guitarra. Manuel María Ponce: Sonata Clásica “Homenaje a Fernando Sor”; Sonata Meridional; Enrique Granados: Danzas Españolas nº1 “Minueto”, nº4 “Villanesca”, nº12 “Arabesca”, nº5 “Andaluza”, nº10 “Danza triste” y, nº3 “Sarabanda”. 45 Festival Internacional de la Guitarra de Córdoba.
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La visita de Manuel Barrueco al Festival de Guitarra de Córdoba permitió comprobar una vez más que su arte ha trascendido desde hace tiempo cualquier consideración puramente técnica. A sus más de cinco décadas de trayectoria internacional, de las que en buena parte el festival cordobés ha sido testigo, el guitarrista continúa poseyendo un dominio excepcional del sonido, pero, sobre todo, conserva intacta la inteligencia musical necesaria para comprender que cada compositor exige un lenguaje propio. Su personalidad interpretativa permanece siempre reconocible, sabiendo ponerla al servicio de universos estilísticos muy distintos sin caer nunca en la uniformidad.

En esta ocasión volvió a asombrar su capacidad para extraer una sonoridad densa y corpórea, brillante sin dureza, generosa en armónicos y en una amplísima gama de matices. Ese color que Barrueco obtiene de su guitarra constituye ya un elemento expresivo por sí mismo que antecede incluso al propio discurso musical. Sin embargo, este no constituye un fin sino un medio que el intérprete modela con sorprendente flexibilidad según las exigencias de cada obra. 

Así quedó patente en las dos sonatas de Manuel María Ponce, abordadas desde planteamientos sutilmente diferentes. En la Sonata clásica. Homenaje a Fernando Sor, Barrueco acentuó la claridad de la arquitectura formal mediante un pulso firme, una articulación limpia y un fraseo contenido, dejando que la elegancia de las proporciones y el equilibrio del discurso evocaran con naturalidad la estética clasicista de Sor. Muy distinta fue la perspectiva de la Sonata meridional, donde Manuel Barrueco se apoyó en su casi innato sentido del color para resaltar el trasfondo impresionista que también contiene la partitura, al tiempo que enfatizó un tratamiento polifónico siempre transparente, en el que un refinadísimo control de los planos sonoros permitía escuchar cómo cada línea encontraba su espacio sin imponerse nunca a las demás.

Ese mismo principio de adecuación estilística adquirió un perfil muy distinto en Granados. Frente a la claridad estructural de Ponce, el guitarrista cubano pareció pensar aquí esencialmente en términos de sonido, respiración y canto. Las Danzas españolas encontraron así un equilibrio admirable entre la evocación pianística de la escritura original y la intimidad propia de la guitarra, gracias a una paleta tímbrica de enorme riqueza, una constante variedad en los puntos de ataque y un fraseo sostenido sobre amplias líneas melódicas que parecían cantadas antes que pulsadas. Su rubato, siempre discreto y orgánico, rehuyó cualquier afectación para integrarse con absoluta fluidez en la frase.

Es cierto que, a estas alturas de su carrera, Barrueco tiende ocasionalmente a optar por tempi más reposados que en otras épocas, sacrificando parte del brillo virtuoso en favor de un control absoluto del sonido y del discurso. Esa elección restó por momentos algo de tensión y contraste en algunas piezas (“Villanesca”, “Danza triste” con el único desajuste perceptible de la velada) mientras que aportó una interesante coherencia e introspección expresiva en otras (“Arabesca”, “Andaluza”).

Aunque el Teatro Góngora presentó una entrada algo menos nutrida de lo habitual -circunstancia a la que probablemente no fue ajena la coincidencia con el encuentro de la selección española en el Mundial de fútbol-, el público acogió el recital con un entusiasmo creciente, premiando la actuación de Barrueco con prolongadas ovaciones que provocaron los lógicos bises. El primero de ellos consistió en el Tango-etude nº3 de Astor Piazzolla, compositor cuya música ha ocupado siempre un lugar privilegiado en el repertorio del guitarrista y al que volvió a acercarse con el sentido rítmico y la sensualidad tímbrica que lo caracterizan. El segundo y último fue Estrellita, la celebérrima canción de Manuel María Ponce que alcanzara fama mundial gracias al arreglo para violín y piano de Jascha Heifetz.

Con la sencillez de esta íntima despedida, se confirmó que el sonido sigue siendo el verdadero centro del universo interpretativo de Manuel Barrueco. 

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