El proyecto se presentaba como un homenaje simbólico a diversas heroínas de la historia a través de un recorrido poético por Oriente y Occidente, una ambiciosa propuesta escénica que renunciaba deliberadamente a cualquier clasificación convencional. Esa voluntad de construir una experiencia sensorial por encima de una narración tradicional marcó desde el principio el desarrollo del espectáculo. Apenas unas breves intervenciones vocales servían de guía dentro de una sucesión de escenas donde la música, el movimiento y la iluminación asumían casi todo el peso expresivo.
Una opción que resulta plenamente legítima pero que también comporta un riesgo evidente: el de que el concepto termine siendo mucho más sugerido que comunicado. Y eso fue, probablemente, lo que ocurrió en este estreno. El indiscutible impacto estético de la sucesión de cuadros escénicos despertaba el interés visual del espectador, aunque resultaba difícil identificar un hilo dramático que los cohesionara o comprender con claridad el significado -e incluso la propia naturaleza- del viaje que la obra proponía.
Presidiendo discretamente el escenario, Teddy Bautista desarrolló la interpretación desde su habitual puesto frente a los sintetizadores y teclados, convirtiéndose más en el generador del paisaje sonoro que en un protagonista escénico. Su escritura se apoya en células rítmicas reiterativas, superpuestas progresivamente hasta crear atmósferas de acusado carácter hipnótico. En algunos momentos ese tratamiento recuerda -salvando las evidentes distancias- ciertos procedimientos del minimalismo de Philip Glass, aunque aligerados y filtrados por una estética donde conviven la electrónica, el rock sinfónico y sonoridades cercanas al new age.
El resultado posee cierta personalidad y una rara coherencia estilística, si bien la insistencia en esos patrones repetitivos termina generando una evidente uniformidad expresiva provocada por la ausencia de tensión dramática, y -una vez salvado el efecto inicial- una tediosa sensación de monotonía.
El cuarteto vocal, desde el veterano Pedro Ruy-Blas hasta Mikel Hennet, Carmen Prados o Yaiza Bautista, asumió con solvencia una escritura concebida más desde la exploración tímbrica que desde el canto convencional y articulada en torno a vocalizaciones de marcado carácter etnomusical. A nivel instrumental destacó especialmente la excelente labor de la percusionista Marta García, capaz de aportar dinamismo, precisión y riqueza de matices a una escritura rítmica deliberadamente repetitiva. También Pablo Salinas sostuvo con solvencia el complejo entramado tecnológico que sustentaba buena parte del espectáculo, integrando recursos electrónicos y una cuidada planificación sonora sin que el componente técnico llegara nunca a imponerse sobre el musical.
Pero si hubo un apartado especialmente logrado fue el visual, con un trabajo luminotécnico que propuso algunas de las imágenes más poderosas de la velada mediante un refinado tratamiento del color y del espacio escénico. Igualmente destacaron las coreografías diseñadas por Nuria García, de notable fuerza plástica y ejecutadas con entrega por el excelente cuerpo de baile.
Con todo, resulta saludable que un festival como el cordobés reserve espacio para propuestas de esta naturaleza. La propia condición experimental de El periplo de las heroínas explica en buena medida sus desequilibrios, aunque en este estreno la ausencia de una línea dramatúrgica comprensible impidió que la fuerza visual de la propuesta encontrara un soporte narrativo sólido.
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios