Siempre fui más partidaria de Mariss Jansons o incluso Gergiev, pero hace unos meses, hablando con Uxía Martínez, una contrabajista que ha tocado con muchas de las grandes orquestas y directores actuales, me llamó la atención sobre Iván Fischer, que ella considera el mejor director actual, por lo menos desde el punto de vista de los músicos.
Y empecé a fijarme más en Fischer, un director más bien discreto, que 'suena' menos que otros y sin embargo es muy superior a la mayoría de ellos (incluyendo Dudamel, Rattle o Petrenko). Y el programa que presentaban Fischer y la Budapest Festival Orchestra en este Festival de Granada era sin duda un buen examen para cualquier orquesta y director.
La Sinfonía Renana (1850) de Schumann puede ser una sinfonía bellísima o no, según cómo se toque. Esta noche, en el Palacio de Carlos V (situado dentro de la Alhambra de Granada), fue absolutamente mágica. Fischer hizo una versión intensa, coherente, donde todo parecía encajar (y en Schumann hay a veces 'costuras'), muy variada dinámicamente y donde siempre estaba ocurriendo algo. El tempo no era volátil, pero tampoco rígido, parecía natural, el que tenía Schumann en mente. Todo sonaba claramente y tenía sentido.
Sin forzar, Fischer optó por un tempo más vivo que lírico para el 'Scherzo. Sehr mässig'; un 'Nicht schnell' bastante lento -¿algo bailable?- y con unas dinámicas muy interesantes; un 'Feierlich' trágico y muy contrastante con el movimiento anterior; y un 'Lebhaft' grandioso y con un sonido amplio; el final de la sinfonía fue absolutamente impresionante.
Y además, para facilitar las cosas, el modo de dirigir de Fischer tiene algo que muchos directores actuales ya no mantienen: es didáctico. No sólo ayuda a la orquesta, sino también al público, que atendiendo a sus gestos -me encanta su uso de la mano izquierda- descubre cosas nuevas en la partitura.
La obra 'fuerte' de la noche era la interpretación de la escena final de Die Walküre (1856), en concreto el Acto III, escena 3, la Despedida de Wotan y el Fuego mágico, con la soprano Anja Kampe como Walkiria y el bajo Hanno Müller-Brachmann como Wotan. Soy lo suficientemente vieja como para recordar cuando para una orquesta tocar fragmentos de ópera era casi rebajarse (salvo un orquesta italiana que hiciera Verdi, que eso era orgullo nacional), pero aún no tengo claro que una orquesta en gira para lucirse deba dedicar más de la mitad del concierto a una interpretación operística que siempre estará algo incompleta. Debo decir que el Festival de Granada se ocupó de que se proyectaran subtítulos en el friso del palacio y eso ayudó mucho.
Pero, a pesar de la magia del Palacio de Carlos V, la acústica no ayuda demasiado, es un espacio bastante abierto y el sonido escapa, de modo que orquesta, director y sobre todo cantantes tuvieron que hacer un gran esfuerzo para adaptarse a las circunstancias. En Schumann lo consiguieron perfectamente, en Wagner no siempre.
Kampe empezó muy bien, luego flaqueó un poco, se recuperó y terminó bien. Müller-Brachmann nunca pareció encontrarse a gusto y emborronó algunos momentos, mientras otros, como la invocación a Loge, le salieron redondos. A estos problemas acústicos del recinto hay que sumar las ráfagas de viento que se levantaban ocasionalmente y hacían desaparecer notas enteras, especialmente a Müller-Brachmann en los agudos. Y por supuesto la amplia orquesta en el escenario, pegada a los cantantes, tendía a taparlos, aunque Fischer fuera muy cuidadoso.
En general, la orquesta sufrió mucho menos y tuvieron ocasiones de lucimiento (a destacar las trompas y la percusión). El final de la escena fue impresionante, el agobio no venía de la fuerza o potencia, aunque la hubiera a menudo, sino de la morosidad en el fraseo y el tempo, de explotar los recursos tímbricos de Wagner, del final algo ensimismado aunque Wotan grite y grite.
El programa de mano justificaba la versión 'orquestal' porque sin la distracción de la escena se puede disfrutar mejor de su valor instrumental, estrictamente musical. Me pareció un concepto muy discutible y no puedo estar de acuerdo con algunas de las afirmaciones de Luis Suñén en su comentario al programa: "el oyente llegará, con una emoción que ninguna figuración puede limitar, a vivir una experiencia estética de primer orden: la concentración plena del genio wagneriano". Suñén refuerza su argumento citando a Sinopoli, quien defendía que era necesario "liberarse de lo sensible de la reducción escénica para asumir más profundamente el mensaje filosófico de la Tetralogía".
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