El concierto ofrecido el jueves 2 de julio ha servido como inauguración del ciclo de verano del Palau de la Música de Barcelona, y en él se conmemoraron dos aniversarios. El principal recaía en el 75 aniversario del Cor Madrigal, una de las agrupaciones vocales más apreciadas del panorama musical catalán, que justamente coincide con el centenario del nacimiento de Manel Cabero, fundador del coro y director del mismo durante cuarenta años.
Para rendir los merecidos homenajes, el propio Cor Madrigal ha propuesto un concierto cuyo programa, hecho a medida, resume muy bien la personalidad y los objetivos del coro.
En 1951, un joven de veinticinco años, inquieto y apasionado de las posibilidades musicales de la voz humana, fundó un pequeño coro con la idea de promover por encima de todo la música vocal contemporánea, con especial atención a las obras de compositores catalanes.
Durante muchos años, el joven grupo y el joven director fueron creciendo juntos, a base de trabajo, perfeccionamiento y actuaciones que les dieron fama (entre otros acontecimientos, hay que destacar su participación en el estreno de La Atlántida de Falla, acabada por Ernesto Halffter), pero en la década de los ochenta el coro cayó en un cierto letargo, hasta que en 1991, Manel Cabero, que ya no era tan joven, pero sí consciente de la necesidad de un relanzamiento del grupo, puso la dirección del mismo en manos de su discípula Mireia Barrera, quien asumió de la mejor manera posible esta etapa de renacimiento y llevó al Cor Madrigal al mejor momento de su historia, haciéndolo colaborar con otras formaciones de primer nivel y con directores invitados de la talla de Celibidache y Rostropovich. En 2019 Barrera cedió la dirección del coro a Pere Lluís Biosca, el director actual. Ambos actuaron en el concierto conmemorativo.
Como decíamos anteriormente, el programa del concierto dibujó con trazos precisos la personalidad del Cor Madrigal, destacando el compromiso del coro con la música de los siglos XX y XXI, lo cual no ha impedido que el pistoletazo de salida del concierto se lo reservara una de las mejores obras corales del Romanticismo Alemán, el famoso Canto del Destino de Brahms.
Junto a este ejemplo sublime de simbiosis entre música y poesía, la primera parte del concierto se completó con la Missa Brevis de Salvador Brotons, una obra plenamente contemporánea, compuesta en 2007.
La segunda parte del concierto estuvo confeccionada por piezas cortas que abarcan buena parte del siglo anterior y los primeros años del actual. Con dos obras de Ligeti y Rautavaara como preámbulo, el protagonismo real recayó en piezas corales, de corte tradicional, de autores catalanes.
Hablemos un poco de los compositores y de estas pequeñas obras a capella que hemos escuchado en la velada musical. Y comenzaremos por el final, por las obras más identificadas con la vida y la cultura catalanas. Bajo una apariencia sencilla y popular, las piezas que abarcaron este apartado catalán se constituyeron en un auténtico tour de force entre música y poesía, pues integradas en la melodía de espíritu tradicional de Nicolau, en el ritmo de habanera que nos propone Oltra y en el frescor que emana de las sardanas de Millet y Morera, se encuentran poemas de autores ilustres como Jacint Verdaguer, Pere Quart, Ángel Guimerà y Joan Llongueres.
Un caso algo diferente lo marcaría el motete de Pau Casals, extraído del Libro de las Lamentaciones, profundamente espiritual, que, de algún modo, conecta con la Missa Brevis de Brotons, obra también espiritual, aunque dotada de un carácter ecléctico y vitalista, en la que destaca la brillantez coral del Gloria en contraste con el Agnus Dei, que aparece como el fragmento más sombrío y recogido de la partitura. El compositor realizó diferentes orquestaciones y arreglos para la parte instrumental. Aquí se presentó con un acompañamiento de órgano y percusión.
El tercer punto de unión entre las obras de raíz litúrgica, lo encontramos en el Credo de la Missa a capella de Rautavaara (¿quizás incorporada al programa para “cubrir el hueco” de la Misa de Brotons, que no posee la parte del credo?). Sería éste el fragmento musical más moderno del concierto, pues data de 2011, y en él, el compositor finlandés propone una atmósfera atemporal continua y exenta de marcados experimentos sonoros.
Mucho más sorpresiva resulta la pequeña pieza vocal Éjszaka, Reggel (“Noche, Mañana”), del siempre imprevisible György Ligetti, compuesta en los años sesenta, que establece un elocuente contraste entre el fluir sugestivo de la noche y la luminosa, y hasta onomatopéyica (por la imitación vocal del canto del gallo), irrupción de la mañana.
Capítulo aparte merece el comentario del famoso Schicksalslied de Brahms, sobre un poema de Hölderlin. Acostumbrados a la versión original para coro y orquesta, la curiosa adaptación que se nos ofreció para órgano y percusión como únicos instrumentos acompañantes del coro, de buen seguro debió causar inquietud en la mayoría de los asistentes. La verdad es que resultó original e interesante, mantuvo la tensión necesaria en todo momento, resultando especialmente hermoso el párrafo final de la orquesta sola, tan emotivo y sublime, cuya versión organística no defraudó en absoluto, sin duda, por la calidad de Juan de la Rubia, uno de los virtuosos más brillantes de su generación, además, muy bien secundado por la percusión de Marc Cabero.
Fue quizás la obra de Brahms la que mejor evaluó la actuación del Cor Madrigal, por aquello de ser la más conocida y escuchada en innumerables interpretaciones. El coro, formado ayer por una cincuentena larga de participantes, realizó una lectura encomiable, rebosante de entusiasmo y de emoción, del Canto del Destino, y, desde luego, no sólo de esta obra, sino de todo el repertorio propuesto en el programa.
Brillante y versátil en la Missa Brevis de Brotons, así como en las piezas de Rautavaara y Ligeti, y, claro está, cómodos y felices, en su salsa, en las obras de raíz tradicional, que incluyeron dos propinas entrañables para el público, Muntanyes del Canigó, y Rossinyol que vas a França. Se podría decir que, con estas canciones tan propias de la tradición catalana, tanto los miembros del Cor Madrigal como el público asistente, sintieron la camiseta nacional-musical, seguramente de la misma forma que tantos otros sintieron la camiseta futbolística, y quizás por este motivo, el Palau registró una entrada más bien moderada. Y es que el concierto coincidió en día y hora con uno de los partidos importantes de la selección española en el campeonato mundial de fútbol. Cosas de la vida.
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