En el Barroco y el Clasicismo, los músicos tenían un perfil más de artesanos que de artistas. Dominaban varios instrumentos, y su trabajo creativo, sometido a obligaciones y encargos, abarcaba todo tipo de composiciones: profanas, religiosas; serias, cómicas; largas, cortas; muy simples o muy complicadas; y también hacían arreglos de todo tipo de sus propias obras. La adaptabilidad formaba parte de su oficio.
Bach, con sus innumerables compromisos eclesiásticos traducidos en centenares de piezas vocales religiosas, a la vez que en su extensa obra para órgano, y Mozart, que ora tenía que componer una sonata para piano que no complicara mucho la vida a alguna de sus alumnas, ora debía tener listo un divertimento para amenizar la velada de tal o cual miembro de la nobleza salzburguesa, podrían constituirse en los más conocidos ejemplos de esta forma de vida y profesión musical.
Está claro que el paso del tiempo fue aminorando este empleo “multidisciplinario” en beneficio de una especialización que, de algún modo, “encarcela” al músico en una parcela concreta (pianista, violinista, arreglista, director de orquesta, compositor, ¡pero no todo a la vez!) y, en el caso creativo, el autor se sitúa en una línea concreta de composición, sin alejarse demasiado de ella.
Me atrevería a asegurar que, si hoy en día, existe un músico que se asemeja a los “artistas multidisciplinarios” de los siglos XVII y XVIII, éste no es otro que Albert Guinovart, quien abarca varias de las facetas musicales que hemos mencionado. Su polivalencia, su capacidad para transitar con espontaneidad por diferentes esferas musicales, en fin, su “profesionalidad camaleónica”, por llamarlo de alguna manera, así lo han demostrado a lo largo de prácticamente cuatro décadas de presencia en el panorama musical internacional.
El lenguaje verbal también ha evolucionado y hoy a un artista como Guinovart ya no debemos llamarlo “artesano de la música”, sino “músico integral”, aunque estoy seguro de que la primera expresión no desagradaría en absoluto a nuestro hombre.
No creo que sea el momento de descubrir el talento, o mejor dicho, “los talentos” de Guinovart. Seamos o no seguidores de su trayectoria creativa, conocemos, aunque sea por encima, su extensa obra para piano (incluidos tres conciertos para piano y orquesta), sus musicales (Mar i Cel, Gaudí, Scaramouche), su música para el cine y series de TV (Nissaga de poder, El cor de la ciutat), su ballet Terra Baixa y su ópera Alba Eterna, sus cantatas y canciones para voz y piano, así como los arreglos corales de canciones tradicionales, y también algunas de sus composiciones sinfónicas más significativas, como El Lamento de la Tierra, El Sueño de Gaudí, o la Suite Goyesca.
Le hemos escuchado muchas veces como pianista, interpretando Mozart, Schubert, o desde luego, las grandes obras, y también las obras menos conocidas, de sus muy queridos Albéniz y Granados. Un amplio legado discográfico atestigua la calidad de sus composiciones e interpretaciones. También hemos tenido ocasión de escucharlo interpretándose a sí mismo, como ha hecho en la velada de este caluroso miércoles de julio.
En el programa de mano se califica el concierto como un recorrido por el universo pianístico de Guinovart, y también como un reencuentro del compositor con su propia voz interior. Lo segundo, desde luego que sí; lo primero, seguramente también, pero teniendo en cuenta que dicho recorrido lo ha centrado el autor básicamente en sus últimos quince años de carrera compositiva, pues a excepción de Gaudí y Mar i Cel, cuya música original es anterior, el resto de obras abarca un periodo situado entre 2012 y 2026.
Con buen temperamento psicológico, Guinovart ha colocado al inicio de cada parte del concierto las dos obras más largas (alrededor de diez minutos de duración cada una), y seguramente de mayor magnitud virtuosística, del repertorio escogido. Arlecchino, una evocación colorista del personaje de la Commedia dell’arte, y Estampes, homenaje a la sensualidad sonora de la música de Debussy, son piezas brillantes, que han servido para introducirnos de forma convincente y segura en el estilo de nuestro compositor, y abrirnos paso a otras piezas más introspectivas y delicadas, como los nocturnos, dedicados a dos grandes damas de la música en Catalunya, Alicia de Larrocha y Rosa Sabater (este último lo interpretó como estreno absoluto con motivo del centenario del nacimiento de la pianista barcelonesa), o el emotivo Romance.
Anteriormente, en la primera parte, tuvimos ocasión de escuchar los 24 Preludios, pequeñas piezas que abarcan prácticamente todas las tonalidades y se distinguen, sobre todo, por su intensidad, y lo digo midiendo bien la utilización del término, porque es posible que alguien que conozca estas piezas me pueda refutar diciendo que algunas de ellas son, efectivamente, muy intensas, pero otras esconden un carácter más ágil y etéreo, e incluso las hay que parecen tener un fondo más bien decorativo. Creo que es importante afirmar que todas estas piezas, sea cual sea su aspecto externo, muestran lo que podríamos calificar de “intensidad de la esperanza”, pues no hay que olvidar que todas ellas fueron compuestas durante el confinamiento de 2020, y se iban estrenando periódicamente en el canal de Instagram de Guinovart, quien pretendió aportar, a través de la música, un rayo de consuelo y de esperanza en un momento especialmente delicado de nuestras vidas. Este bello propósito palpita en cada una de las piezas.
También combinan sentimiento sincero y brillantez técnica, al modo Guinovart, los Tres Poemas de Emily Dickinson, que precedieron a los preludios en el orden del programa.
Como colofón, el maestro barcelonés nos ofreció sendas selecciones de dos de sus obras más populares, los musicales Gaudí y Mar i Cel, en arreglo para piano, y un par de propinas en correspondencia a los aplausos que le dedicó un público más bien escaso, que de buen seguro salió muy satisfecho de la sala, consciente de haber asistido a un hecho de especial interés, como lo es el escuchar a un compositor consolidado interpretando sus propias obras al piano. La música, siempre original y dotada de un espíritu melódico muy propio, deja una huella profunda en el gusto de su público, quien la distingue como el producto de un músico integral, de un compositor intenso, versátil y, por encima de todo, muy personal.
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