Opinión

Los largos post-mortem futboleros de la Argentina

Agustín Blanco Bazán
Aficionado argentino Aficionado argentino © 2026 by Marc Asensio / CC
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Pocas veces un actor de mediana fama como Samuel L. Jackson parece haber llegado a atraer la atención unánime de una nación completa. ¿La causa?: el haber dicho que la Argentina es el país más racista del mundo por el comportamiento de la selección, la hinchada y algunos funcionarios públicos de mi país durante el recientemente concluido campeonato mundial de fútbol.  

Frente a este comentario a boca de jarro y sin pretensiones de exactitud estadística, políticos y comentaristas se abalanzaron a darle a Jackson algunas lecciones de esa historia que los argentinos aprendemos en la escuela, incluida la de una Asamblea de 1813 que abolió la esclavitud en nuestro territorio.  Algunos, con típico estilo sobrador e inadvertido tinte de racismo propio le recordaron a Jackson cuanto mejor le hubiera sido nacer en el Rio de la Plata, donde los apodos de “negro” son cariñosamente utilizados como apodo, aún cuando el insulto de “negro de mierda” todavía campea como lugar común entre sectores de la burguesía porteña demasiado empeñados en sentirse blancos a la europea. 

¿Son los argentinos más, igual, o menos racistas que en cualquier otro país con fenómenos similares? No creo en este tipo de competencias, tan bobamente parecidas a las de si una nación es mejor o peor, según gane o pierda un partido de fútbol. Claro está que racismos hay en todos lados, pero los racismos autónomos florecen precisamente cuando se los compara con los foráneos. Las críticas de Jackson podrían haberse respondido sin alusiones personales a su etnia y no con retruques espetando que a diferencia de lo que ocurría en USA, los negros como él nunca tuvieron problemas en la Argentina gracias a la Asamblea de 1813.  

También citas de Javier Bardem, Rosalía y Mia Khalifa relacionadas con el comportamiento de la Argentina futbolera fueron aprovechados por el presidente Milei para emitir un decreto de necesidad y urgencia autorizando la deportación y prohibiendo la entrada al país de extranjeros que insulten valores nacionales vagamente definidos para contrarrestar una presunta campaña anti argentina. Ello, concomitante con una visita suya en Brasil donde él mismo incurrió en afrentas similares a las penalizadas en su decreto con sus deprecaciones  al Presidente Lula y al Presidente de la Suprema Corte, mientras posaba junto a Bolsonaro hijo mostrando la camiseta de fútbol argentina como enseña patria. Nótese bien: no la bandera argentina, sino una camiseta incómodamente asociada con algunos malos recuerdos que van más atrás de este último Mundial. 

Por ejemplo, muchos recordamos como en 1978 la dictadura militar promocionaba con el apoyo de muchos de mis compatriotas el slogan de “los argentinos somos derechos y somos humanos” para combatir las denuncias internacionales contra el gobierno militar, algunas de las cuales pedían boicotear a la Argentina como sede del torneo. El largo post mortem de aquel campeonato fue también aprovechado por el gobierno, y no sólo para intensificar sus crímenes. Sobre fines de aquel año, una propaganda oficial televisiva mostraba el gol que había dado la victoria a la Argentina en el mundial junto a un video de tanques avanzando “para defender la soberanía nacional.” Ello justo antes de escalar un conflicto con Chile que casi nos llevó a una guerra desatada años más tarde contra Gran Bretaña.  

La alusión a conspiraciones anti argentinas alimentada por Milei y sus adláteres para dominar la narrativa del post mortem de este Mundial están siendo contrarrestadas con una importante reacción adversa. A ella quiero aportar algo, un poco para rematar ese narcisismo político que su ensayo Intimidades (tomo VII de El Espectador) Ortega y Gasset reprochaba a los argentinos. Es un narcisismo que freudianamente se manifiesta a veces en la pomposidad de algunas autocríticas.

Los hinchas argentinos que pagaron tantos dólares para asistir al partido contra Inglaterra podrían haberse abstenido de abuchear el himno británico. Y los jugadores de la selección podrían haberse negado a aumentar esta ofensa gratuita exhibiendo un cartel pro-malvinense. ¡Pero no! Con estas banalidades no se hizo sino agraviar la memoria de los muertos argentinos y británicos en una guerra que fue algo mucho más trágico que los enfrentamientos futboleros que parecieran sacar de quicio a nuestras hinchadas. Para quienes venimos defendiendo durante décadas la posición argentina en Londres, el tema Malvinas es demasiado serio como para disminuirlo con este tipo de infantilismo patotero. A algunos nos asombró ver como esta gratuita imbecilidad antideportiva era comentada como una graciosa transgresión o viveza criolla, incluso por comentaristas normalmente a tomar en serio.

Y la selección podría haberse portado como, por ejemplo, la de Canadá o la de Marruecos en la final ¡Pero no! Prefirió deshonrarse a sí misma, como lo apuntó el New York Times con actitudes indignas de la bandera que pretendía representar, exhibiéndose como un conjunto de malos perdedores. No todos los jugadores ayudaron a este oprobio, pero bastaron algunos para deshonrar la camiseta como lo hizo después Milei en Brasil. Y ante la vista de todo el mundo ¿Es que no pueden mis compatriotas entender que a veces es mejor perder que ganar, para lucirse como buenos argentinos?  

También funcionarios públicos elegidos en comicios provinciales y nacionales incurrieron en la más pueril y condenable forma de racismo: la de cuestionar ciudadanías según el color de la piel. La vice-gobernadora de la provincia de Mendoza se ganó el reproche del Embajador de Francia en la Argentina al sugerir que jugadores del equipo de Francia conformaban “un equipo africano flojo de modales” aún cuando la mayoría de aquellos había nacido en Francia. Y basta con googlear “Villarruel racismo” para analizar las declaraciones anti francesas de Victoria Villarruel, Vicepresidente de Argentina. 

¿Llegarán en el próximo campeonato todos los jugadores y los hinchas de la selección argentina a alcanzar lo que pretenden ser, ganen o pierdan? Imposible responder a esta pregunta frente a un país donde su presidente y sus adláteres son hoy el prototipo del insulto y la discriminación. 

“¡Dios mío! ¿Es éste el país que tenemos?” Con este interrogante una madre recordaba en un documental cinematográfico cómo en 1978 jugaba una carrera contra reloj para saber de su hijo desaparecido. Según ella, las mismas organizaciones de derechos humanos locales demoraban su ayuda hasta después del torneo por miedo a que éste fuera boicoteado. Se trata de un interrogante que sigue siendo valedero, aún en circunstancias que, aunque menos dramáticas, parecieran seguir rondando en la cabeza de quienes quieren asociar al fútbol con nuestra identidad nacional. 

Y no hay necesidad de compararse con otros para concluir si somos mejores, peores o iguales. O de embanderarse con una Asamblea de 1813 o de una Constitución Argentina que en la actualidad no parecieran servir demasiado frente al dominio de una narrativa oficial empeñada en desmentirlas. En materia de futbol nuestra Argentina solo necesita responder al interrogante del país que queremos ser con dignidad y madurez. Y nada, pero nada más.  

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