Estudios fonográficos

El apóstol de Janácek y Martinů en Supraphon

Andreu Ripol
Josef Pálenícek play Leoš Janáček Josef Pálenícek play Leoš Janáček © 1973 by Supraphon
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Hace pocos días presentábamos al director Witold Rowicki como el “apóstol” de los compositores polacos Szymanowsky y Lutoslawsky

Hoy evocamos la figura de un pianista, menos conocido que Rowicki, que, sin duda, merece el título de gran valedor de otros dos compositores del siglo XX, checos en este caso, cuya obra instrumental debe mucho de su relativa popularidad al trabajo del mencionado intérprete, el cual, como Rowicki, se encuentra vinculado a una marca discográfica de su país, y por este motivo, antes de desvelar el nombre de este apóstol de la música de cámara y piano de JanácekMartinů, vamos a realizar una breve presentación del sello discográfico en cuestión.

Ya hemos comentado más de una vez lo que sucedía en los años setenta y ochenta con la música de los países del Este de Europa en general, y de la antigua Checoslovaquia en el caso que nos atañe. ¡Que poca cosa podía encontrarse en España de compositores como SmetanaMartinů o Janácek! Del primero, Mi patria, los cuartetos de cuerda, alguna que otra obra sinfónica y poco más; del segundo, prácticamente (y sin el prácticamente) nada, mientras que de Janácek, sólo circulaba por las tiendas un disco con la Sinfonietta y el Taras Bulba dirigidos por el inagotable Rafael Kubelik. Posteriormente, y ya bien entrada la década de los ochenta, comenzó a editarse la “maratón operística” de este autor, grabada por el sello Decca, con la colaboración impagable del gran director británico, auténtico valedor janacekiano, Sir Charles Mackerras, que no sin esfuerzo, logró que aterrizaran en producción occidental títulos como La zorrita astuta, El caso Makropoulos o La casa de los muertos. Todo un hito.

Algo parecido sucedía con la música húngara, polaca o rusa en lo que se refiere a discografía occidental, tal como ya hemos comentado en artículos anteriores, pero en el interior de la parcela socialista la cosa era muy diferente. Los paises del Este más “musicales” tenían sus propios sellos discográficos oficiales, en los que resplandecían auténticos tesoros de sus autores nacionales. El problema lo constituía el entonces temible y hoy anecdótico “Telón de Acero”, que bloqueaba casi por completo la circulación de estos catálogos más allá del entorno soviético.

Pero centrémonos en el sello al que quiero referirme en este artículo. Supraphon era la marca discográfica oficial del Ministerio de Cultura de Checoslovaquia, y me atrevería a decir que, junto a Hungaroton, la más activa y prolífica de la Europa del Este. Como gran admirador que siempre he sido de los autores de este país (como sabemos, hoy dividido en dos naciones), aprovechaba alguno de mis viajes a la zona, o la odisea de algún importador que conseguía hacer llegar a España alguna parte de este catálogo, para pulverizar mis ahorros en mi gran pasión musical. Pues bien, hoy en día conservo una treintena larga de discos de Martinů y otro tanto de Janácek, autores, como he dicho antes, víctimas de la sequía absoluta de los catálogos de aquí. Y no sólo esto, gracias a este sello, también he coleccionado obras inéditas (especialmente óperas) de Dvorák y Smetana, y música de autores mucho menos conocidos como Fibich, Foerster o Ostrcil. Poco a poco iremos comentando alguno de estos títulos en Mundoclasico.com.

Inmerso en este casi centenar de discos que conservo del sello Supraphon, hay uno que me impresionó hondamente cuando lo escuché y que me sigue impresionando cada vez que lo pongo en mi viejo aparato reproductor de elepés. Se trata de un ciclo de canciones de Leos Janácek, cuyo título, ayudado por una portada un tanto lúgubre, parece producir un cierto equívoco. Porque Diario de un desaparecido puede traernos a la mente la referencia a una víctima de una guerra, represión, o incluso, ya en otra tesitura, algún aventurero temerario desaparecido en algún lugar inhóspito. Nada de todo esto. El ciclo de canciones de Janácek se refiere a un desaparecido por amor; a un enamorado que lo deja todo y a todos por la mujer a la que adora. Ni rastro, pues, de guerra, ni de horror, sino todo lo contrario, amor en estado puro. 

Janácek conoció la historia a través de la publicación de unos versos de autor desconocido publicados en el periódico Lidové Noviny, en el que colaboraba asiduamente, y del que también sacó partido para la composición de su ópera La zorrita astuta, basada en unas tiras cómicas aparecidas en la mencionada publicación. A pesar de haber quedado en el anonimato durante muchos años, hoy se da casi por sentada la autoría de los versos del Diario, atribuidas al escritor valaco Ozef Kalda, quien los compuso íntegramente en su lengua materna.

Con este material, el siempre original y apasionado Míster Leoš, creó un ciclo de 21 lieder, en su mayor parte interpretados por un tenor, con incursión de una voz de contralto y un coro femenino en tres de ellos, y un pequeño intermezzo para piano solo hacia la mitad de la obra. Si algún parentesco puede tener este ciclo con algún otro, yo señalaría, casi sin dudarlo, La Bella Molinera de Schubert, ya que como éste, el Diario posee una línea argumental, además de compartir su carácter amoroso y apasionado, con el telón de fondo de una idealización del amor en torno a la belleza y la feminidad. El lenguaje musical de la obra se nos presenta muy directo, sin apenas ornamentaciones, dispuesto a crear un clímax que crece lentamente de canción en canción, y en el que destaca también la presencia del piano, en muchos momentos adquiriendo un protagonismo narrativo que apoya decisivamente las frases de los cantantes.

Josef Pálenícek

Pues bien, sin menospreciar en absoluto la buena labor de los cantantes, el tenor Vilém Prybil y la contralto Libuse Márová, (artistas surgidos de la mejor cantera musical checoslovaca y miembros ambos de la plantilla artística de Supraphon de aquella época), vamos a dedicar los últimos párrafos del comentario al pianista acompañante en el ciclo, que se identifica con nuestro “apóstol misterioso” y, desvelando el misterio, diremos que se trata del gran virtuoso Josef Pálenícek (1914-1991), figura destacada y querida en el panorama musical checoslovaco del siglo XX, también pedagogo y compositor, que llegó a ser discípulo de Pierre Fournier y Albert Roussel durante su estancia parisina. Además, fue fundador y miembro del Trío Checo, con el que realizó numerosos conciertos.

Y como muestra de lo dicho en el título del artículo, un botón. En 1973 el sello discográfico checo editó un disco doble con música para piano de Janácek interpretada íntegramente por Pálenícek. He aquí otro tesoro que deslumbró a los aficionados cada vez que (en cuentagotas) llegaba algún ejemplar de importación al mercado de nuestro país. El álbum está dividido en dos partes. La primera contiene obras para piano solo, en concreto, la Sonata “1-X-1905”, las cuatro piezas englobadas bajo el título En las brumas, y el primer cuaderno de En un sendero recubierto, tres obras que parecen surgir de la zona más oscura y misteriosa de la mente de su autor. La sonata exterioriza un carácter algo más convencional, pero las otras dos, constituidas ambas por pequeños movimientos que apenas superan los tres o cuatro minutos de duración, se muestran obsesivamente lapidarias y nebulosas, tal como indican sus respectivos títulos, en algunos momentos, casi rozando el estado de depresión, que tanto afectó a Janácek a lo largo de su vida.

El segundo disco contiene dos obras muy curiosas y poco conocidas del autor de Jenufa. Se trata del Concertino para piano, dos violines, viola e instrumentos de viento, y del Capriccio para piano, la mano izquierda, y conjunto de viento. Ambas piezas, compuestas casi a la par, son parecidas entre sí, y poco tienen que ver con las obras para piano solo contenidas en el otro disco. Ambas pertenecen a la última época del compositor, y en ellas, Janácek experimenta con nuevas combinaciones sonoras que buscan la máxima originalidad y lo sorpresivo para el oyente. El Concertino se muestra algo más serio y sistemático, un gran ejercicio de diálogo musical entre el piano solista y una agrupación instrumental, a medio camino entre el concierto y la música de cámara. En el Capriccio parece bullir una inquietud por lo extravagante y lo insólito, posiblemente influída por la alargada sombra de Stravinsky.

En cuanto a Bohuslav Martinů, hay que decir que la relación entre los dos músicos fue, en este caso, mucho más profunda, pues se conocieron personalmente justo antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, y desde el primer momento, Pálenícek quedó fascinado por el espíritu ecléctico y atrevido del compositor y se propuso dar a conocer sus obras siempre que fuera posible. En este sentido, me gustaría recomendar dos grabaciones muy interesantes. En primer lugar, el Concierto para piano n.º 3, que se sitúa en el centro de la producción concertística de Martinů, y en el que Pálenícek se ve acompañado, nada menos, que por la Orquesta Filarmónica Checa bajo la batuta del gran Karel Ancerl. Por otro lado, hallamos uno de los mejores ejemplos de la mejor música de cámara del compositor en su Quinteto para piano y cuerdas n.º 2, que el pianista grabó para Supraphon hacia el final de su carrera, acompañado por el Cuarteto Smetana.

Magnífica la labor pianística de Josef Pálenícek, un intérprete apasionado y comprometido, apóstol de los dos compositores mencionados, que interpreta con gran sensibilidad las complicadas piezas para piano solo de Janácek , subrayando al máximo los contrastes psicológicos de las mismas, mientras que, en las composiciones de Martinů, muestra su capacidad virtuosística en el brillante Concierto para piano, y su instinto para la música de cámara en el Quinteto, donde se compenetra en cuerpo y alma con los miembros del Cuarteto Smetana.

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