El inicio del ciclo sinfónico en esta 75 edición del Festival Internacional de Santander provocó otro lleno absoluto en la sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria, que recibió con aplausos la entrada de Daniil Trifonov -con su particular aspecto entre poeta nihilista y un Perelmán resuelto a desentrañar la Conjetura de Poincaré- al escenario junto al director musical Daniel Harding, el aventajado pupilo y “pequeño genio” de Claudio Abbado.
Con los miembros de la Mahler Chamber Orchestra ya dispuestos para interpretar el Concierto para piano nº 1 de Johannes Brahms, Harding atacó la introducción orquestal del ‘Maestoso’ inicial con potentes compases y trinos vibrantes. Trifonov aplicó enseguida cierta intensidad melancólica en su entrada con la sonoridad suficiente para igualar el sonido de la orquesta. El tierno segundo tema de este primer movimiento ardió inmediatamente después en las manos de Trifonov con una increíble variedad de rubato, y resonando con fuerza después en los pasajes de octavas de la sección de desarrollo, con muy buenos resultados en las maderas y la cuerda. Las trompas sonaron limpias y preciosamente afinadas las trompetas.
El segundo movimiento, ‘Adagio’, fue el punto culminante del concierto, con Harding impulsando un ritmo suntuoso del tempo. Aquí, la atención de Trifonov a la técnica del legato y su particular uso del pedal realzó cada mínimo y sutil matiz armónico de esta música tan exquisita, obteniendo un sonido pleno, redondo y absolutamente limpio.
La vitalidad de los ataques del pianista al comienzo del enérgico tercer movimiento (Rondó. Allegro non troppo) irrumpió con fuerza, rompiendo la suave bruma que se había instalado en el 'Adagio' anterior. Y una vez más, Trifonov se unió a la orquesta con una fuerza arrolladora, como pocos pianistas son capaces de conseguir.
Tras su profunda y nítida interpretación, Trifonov optó por algo inesperado en su bis: el Vals de Santo Domingo del pianista y compositor dominicano Rafael ‘Bullumba’ Landestoy y un Tango de su propia autoría, cuyos ritmos latinos aportaron una nota de alegría despreocupada que el auditorio saboreó gratamente.
La Octava sinfonía de Dvorák, que ocupó la segunda parte del concierto, es una partitura fácilmente defendible, pues los ingredientes que la conforman son bien claros: El amor de Dvorák a la Naturaleza (los estilizados cantos de pájaros en flautas y clarinetes), el apego a las danzas y canciones tradicionales (particularmente en el tercer movimiento), el gusto por el lirismo y el sentido operístico del drama, su cultura religiosa (el coral del Adagio) y su ciencia musical tan afín a la de Brahms. Todo esto podemos encontrar en esta Octava.
Harding y la Mahler Chamber Orchestra dejaron escuchar esto con alta intensidad y una compenetración bien tangible: La cuerda evoluciona milimétricamente, como si fuera un gigante conjunto de música de cámara con los contrabajos sosteniendo el edificio sin titubear, concertándose puntualmente con el impecable timbal. Junto a ellos, madera y metales sonaron en simbiosis, con una cohesión y una redondez de sonido admirables: el tranquilo resplandor de las flautas, la pureza de sonido de trompetas y trompas, las intervenciones de los fagotes… Todo fluido, natural e irresistible. Una demostración orquestal.
Y al frente Harding, un músico que conoce bien a su orquesta; no necesita marcar compás y tempo; sus gestos ayudan a los músicos a realzar aún más la compenetración colectiva, invitándolos a texturas sutiles (las variaciones del final), alentándolos en los clímax y en los efectos, y transmitiéndoles un suplemento de alma. Las muchas y prolongadas ovaciones no merecieron, sin embargo, un bis.
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