La English Chamber Orchestra viajó al Festival de Santander con una plantilla de 23 músicos para ofrecer bajo la dirección de Marzena Diakun un intenso programa vienés compuesto por una música incidental (1772) para un drama de Shakespeare, el tercero de los conciertos mozartianos para la Pascua de 1782, y la Quinta sinfonía (1816) de Schubert. Este programa nos ofreció un abanico de las ricas formas retóricas vienesas en los años anteriores a la Revolución francesa e inmediatamente posteriores a la Convención de Viena. Un panorama en el que está ausente Beethoven y la época revolucionaria: las obras de Mozart y Haydn son anteriores a las ocho primeras sinfonías de Beethoven y es improbable que Schubert las hubiera escuchado en versión orquestal.
Diakun utilizó las ediciones críticas modernas de las tres obras, que dirigió -de memoria en Haydn y Schubert- aplicando criterios historicistas, por ejemplo integrando el fagot en el basso (personalmente eché de menos la presencia de un piano en el basso, acorde con la práctica habitual de Haydn).
Además Diakun profundizó adecuadamente en los efectos teatrales de la Sinfonía 'Trauer' resaltando sus asperezas tímbricas y sus tensiones armónicas, que revelan su carácter de música incidental y que son poco compatibles con la etiqueta de 'sinfonía' con la que las catalogó Hoboken.
Diakun cambió radicalmente su perspectiva en el Concierto para piano n.º 12 en La mayor K. 414 de Wolfgang Amadeus Mozart, una obra diseñada para su escucha 'inteligente' por un selecto público de abonados 'entendidos'. Pocos pianistas actuales expresan mejor que Leonskaja el sentimentalismo y las onomatopeyas vocales de este tipo de obras. Diakun y la English Chamber Orchestra la acompañaron como si lo estuviesen haciendo a una exquisita cantante, regalándonos con un delicado paisaje tímbrico contrapuesto a los cromatismos de Haydn.
A continuación, Leonskaja se transfiguró para ofrecernos una interpretación modélica de la primera de las Tres piezas para piano D 946 de Schubert, una muestra de la alegría, buen humor, ilusiones y seguridad que impregnaban la vida cotidiana de la época Biedermeier, una exrovertida obra de música doméstica que no se publicaría hasta 1868 (lo hizo Brahms anónimamente), que en ningún momento adelanta las trágicas circunstancias vitales del propio Schubert que moriría apenas seis meses después seguramente por una shigelosis.
Doce años antes el joven Schubert todavía no sufría las graves adicciones que marcaron su vida adulta, pero es probable que ya estuviera afectado por su enfermedad bipolar. El siempre sociable Schubert concibió la Quinta sinfonía en si bemol mayor -al igual que sus sinfonías anteriores- siguiendo los procedimientos de Ferdinand Ries y Carl Maria von Weber sin perder de vista las lecciones de Mozart en cuanto al uso melódico y retórica expresiva (adaptada por Schubert al gusto Biedermeier).
Entiendo que Diakun no acertó plenamente a transmitir el cosmos intensamente romántico de la Sinfonía en si bemol mayor. Correcta en el fraseo y la tímbrica, optó por contener el brío y soltura que la obra requiere.
Como bis, la repetición del Finale-Presto de la Sinfonía 44 de Haydn.
Un concierto espléndido que merece figurar en los ya voluminosos anales del Festival de Santander, sólo deslucido por unas notas de programa largas, farragosas y mal informadas, cercanas a los cuentos de hadas o hagiografías de santos. Los programas de mano son actualmente la literatura musical con mayor difusión, y merecen mayor atención por parte de los gestores culturales.
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