España - Cantabria

Sokolov construye su cosmos

Sokolov en el Festival de Santander
Sokolov en el Festival de Santander © 2026 by FIS / Pedro Puente
Santander, martes, 11 de agosto de 2026.
Palacio de Festivales de Cantabria. Sala Argenta. Ludwig van Beethoven, Sonata nº 4 op. 7 en mi bemol mayor, y Seis bagatelas Op. 126. Franz Schubert, Sonata para piano en si bemol mayor D. 960. 75 Festival Internacional de Santander 2026
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Un recital de Grigori Sokolov (Leningrado, 1950) siempre es un acontecimiento, en primer lugar porque hay una altísima probabilidad de excelencia en la actuación, y en segundo lugar porque los programas de Sokolov constan de tres partes, las dos primeras casi siempre anunciadas y la tercera, la de la larga 'tanda de bises', que tiene algo de sorpresivo. 

Hace unos meses, con ocasión del cincuenta aniversario del Concierto de Colonia de Keith Jarrett, comenté que me había surgido

una reflexión sobre los paralelismos entre las carreras y personalidades de Keith Jarrett y Grigori Sokolov, casi coetáneos: dos músicos extraordinarios, frágiles, con escasas habilidades sociales y que parecen estar a medio camino entre lo humano y lo feérico. 

Si Jarrett comparte con Campanilla -el hada de Peter Pan- la poca resistencia ante los imprevistos, el apacible Sokolov recuerda al Hada madrina de Aurora, la Bella durmiente, concentrada en su tarea, sin distraerse por todo lo que sea ajeno a la creación de belleza musical, incluso sus gestos corteses de saludar al público parecen mecánicos, lo mismo que sus entradas y salidas del escenario. Pero apenas pone las manos sobre el teclado, Sokolov se transfigura y nos transporta a una utopía regida por el decoro. 

En esta ocasión el programa se centró en tres facetas del Romanticismo vienés: de la Cuarta sonata de un Beethoven decidido a conquistar una Viena de la que desde 1789 habían desertado los virtuosos del instrumento al Beethoven crepuscular de 1824, quien desde ocho años antes había dejado de ser una figura pública y escribió unas deslumbrantes Bagatelas disfrazadas de música doméstica. Por su parte, la Sonata D. 960 de Schubert, al igual que la Sonata nº 4 de Beethoven, estaba destinada al concierto público junto con sus dos compañeras escritas por Schubert al límite de sus posibilidades pianísticas, con destino a una gira de conciertos frustrada por su muerte, al igual que hiciera Mozart con sus cuatro últimas sinfonías. Las tres últimas Sonatas de Schubert son tan diferentes entre sí porque cada una de ellas atiende a tres estilos diversos de la moda pianística de aquella temporada. Y al igual que sucedió con las últimas sinfonías de Mozart, esta trilogía schubertiana alimentó la leyenda del Schubert despidiéndose de la vida. 

Afortunadamente Sokolov tiende a ser inmune ante todo lo extramusical y sabe que las partituras sólo son un guión, no son música. La música sólo existe cuando suena, y eso es precisamente con lo que Sokolov construye su cosmos y lo comparte generosamente con su público. 

Faltaba otro gran compositor vienés, Johannes Brahms, y a él dedicó Sokolov sus tres propinas, en esta ocasión largas. Primero tocó dos de las Cuatro baladas op. 10 (1854), las números 1 y 3; y luego una maravillosa y muy personal Rapsodia op 79 nº 2 (1879). Nuevamente -como en Beethoven- el contraste entre el compositor joven dándose a conocer y el compositor maduro que ya no necesita demostrar nada. 

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