Portada de «Pénélope» (1913) de Fauré © 2026 by Georges Rochegrosse / CC
Hace unos días mi esposa y mis hijos se organizaron par a ir a ver la película de la Odisea. Como que me conocen muy bien, a ninguno de ellos se les pasó por la cabeza la más mínima intención de invitarme. Me quedé en casa y disfruté de la escucha de la Pénélope de Fauré, una obra que aprecio mucho. Podía haber optado por Il ritorno d’Ulisse in patria, pero tenía el espíritu menos predispuesto a Monteverdi y más a Fauré y su Pénélope.
Gabriel Fauré ha entrado en el repertorio popular gracias al tan manido Requiem, del que han abusado tantas agrupaciones de aficionados con pocos recursos artísticos y económicos para abordar obras de mayor enjundia. Le sigue en popularidad el Cantique de Jean Racine y alguna que otra mélodie. Su ópera Pénélope fue su proyecto musical más ambicioso, al que dedicó más tiempo y el que mejor expresa su sensibilidad como compositor. Merece mayor consideración de la que ha merecido y debería ocupar un lugar más destacado en las temporadas operísticas.
Pénélope es una ópera escrita según el modelo wagneriano de “melodía infinita” y “motivos conductores”. La voz es el instrumento principal de su orquesta, con un especial cuidado de la prosodia francesa, para que el texto que desarrolla el drama llegue claramente al espectador. A pesar que la partitura presenta hasta catorce papeles solistas, el personaje homónimo lleva el peso de la obra, en forma de ariosos, dúos, imprecaciones y declamados. El papel, para voz de soprano lírico-dramática, exige una impecable línea de canto. Tienen intervenciones notables Ulises (tenor lírico-spinto), el pastor Eumeo (bajo), el pretendiente Eurímaco (barítono) y la nodriza de Ulises Euriclea (mezzo). El personaje de Telémaco se cayó del proyecto ya en sus inicios.
La discografía de Pénélope es escasa. La toma en vivo (Rodolphe) del año 1956 desde el Théâtre des Champs-Élysées, dirigida por Désiré-Émile Inghelbrecht, permite apreciar la maestría de Régine Crespin, Raoul Jobin y Robert Massard. En cuestión de estilo, esta es la versión recomendable. De 1977 es el registro (MRF Records) de David Lloyd-Jones al frente de la BBC Welsh Symphony Orchestra, con Josephine Veasey, Ande Turp y Richard van Allan. Vale la pena por Veasey (excelente Dido de Les troyens). Puede encontrarse una retransmisión de 1974 desde el Théâtre des Champs-Elysées, con Liliane Gitton, Jocelyne Taillon, Guy Chauvet, Ernest Blanc y Robert Massard. Si los protagonistas no destacan, los secundarios son magníficos. Por encima de todos sobresale la dirección enérgica de Paul Paray, que da vida allí donde otros directores decaen.
La única versión moderna, de buen sonido y que estuvo largo tiempo disponible es la edición Erato de 1980, grabada en el Palais des Congrès de Monte Carlo, con Jessye Norman, Jocelyne Taillon, Colette Alliot-Lugaz, Alain Vanzo, Jean Dupouy, Philippe Huttenlocher y José van Dam. Charles Dutoit dirige al Ensemble Vocal Jean Laforgue y la Orchestre Philharmonique de Monte-Carlo. Descatalogada también, desde 2024 volvió a estar disponible en la Gabriel Faure - The Complete Works (26 CDs) de Erato (Warner). Jessye Norman, artista exclusiva de Philips, regala su timbre único e inconfundible; el resto del reparto, más adecuado al estilo y a la prosodia, es homogéneo y de muy buen nivel. El librito que acompañaba la grabación llevaba el texto francés y su traducción al inglés y al alemán y un excelente ensayo de Jean-Michel Nectoux. En la nunca suficientemente alabada página Kareol, está disponible el texto de René Fauchois y su correspondiente traducción, con algún que otro gazapo; verbigracia: Les Dieux ouraniens no son “Los discípulos de Urano”, como dice la traducción, sino “Los dioses celestes”.
Solo conozco una retransmisión televisiva, la producción de la Opéra national du Rhin del año 2015, dirigida por Patrick Davin. En el montaje de Olivier Py, todo se desarrolla en la penumbra y los personajes visten de negro o gris. Los pretendientes lucen uniformes completamente negros, con correajes de camise nere fascistas. Laertes agoniza en una cama de hospital. Ajeno no tan solo a Fauré sino también a Homero, deambula por la escena un muchachito musculoso, en camiseta imperio blanca, ya sea chapoteando en la piscinita en la que reposa la cama de Laertes, abrazando a Penélope o haciendo navegar un barquito de papel. La labor de Anna Caterina Antonacci en el papel protagonista es notable.
Como canta el coro final: Ulysse est de retour! Gloire à Zeus qui nous rassemble! A ver si el padre de los dioses le echa una mano a la Pénélope de Fauré y alguna otra más como Le roi Arthus de Chausson y salen de su inmerecido ostracismo. Pero tal como está el mundo de la cultura, quizás sea más útil contactar con la booktoker (con cientos de miles de seguidores) que, mientras hacía el preceptivo unboxing del libro de Homero, soltó que habían escrito un libro sobre la película. ¿Habrá que informar a la susodicha que también han compuesto una ópera sobre la película?
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