España - Cataluña

Buen programa, buena interpretación y mala audición

Andreu Ripol
Quatour Mosaïques en Santes Creus
Quatour Mosaïques en Santes Creus © 2026 by Eric Altimis
Santes Creus (Tarragona), sábado, 15 de agosto de 2026.
Iglesia del Real Monasterio de Santes Creus. Haydn: Cuarteto de cuerda en do mayor Op. 76 n.º 3 “Emperador”. Schubert: Cuarteto de cuerda en do menor D. 703 “Quartettsatz”. Arriaga: Cuarteto de cuerda nº 2 en la mayor. Quatour Mosaïques. 6º Festival Jordi Savall en el Real Monasterio de Santes Creus
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El año que viene se cumplirán cuatro décadas de la fundación del Quatour Mosaïques. En aquel lejano 1987, cuatro jóvenes miembros del Concentus Musicus de Viena decidieron aunar sus esfuerzos para constituir un conjunto de cuerdas cuyo objetivo era interpretar la música del siglo XVIII con instrumentos originales, intentando revelar la riqueza espiritual de la música de autores como Haydn, Mozart, Arriaga o Boccherini, desde la máxima cercanía al sonido de su época.

En estos cuarenta años el grupo ha recibido numerosos premios, realizado giras por todo el mundo, y grabado una buena colección de discos. Desde luego, su repertorio se ha ido ampliando, abriéndose camino en el siglo XIX e incluso en el XX, siempre en concordancia con su filosofía inicial.

Hoy en día, los cuatro miembros de Mosaïques siguen siendo los mismos que en la época de su fundación, completamente activos. Erich Höbarth continúa colaborando como primer violín en Concentus Musicus, mientras que Christopher Coin, como sabemos, ha desarrollado una brillante carrera de violonchelista y precisamente ha actuado en solitario en este mismo festival interpretando dos Suites de Bach junto a obras de otros compositores barrocos.

El programa que nos ha ofrecido el Quatour Mosaïques en su velada musical, inscrita en el Festival Jordi Savall, ha sido, a mi modo de ver, de lo más acertado, no sólo porque presenta credenciales evidentes de las preferencias musicales del grupo, sino porque, con sus contrastes anímicos, ha sabido mantener la máxima atención del público, una atención extrema que no sólo se ha mantenido por gracia del programa y la interpretación, sino también por la floja acústica de la Iglesia del Real Monasterio de Santes Creus, cuyas condiciones correctas de sonido no llegan mucho más allá de las filas preferentes.

La buena cantidad de público que llenaba la segunda mitad de la nave central (entre la que yo me encontraba) debía avivar al máximo su capacidad auditiva para poder disfrutar en plenitud del excelente trabajo que estaban llevando a cabo los intérpretes, en el ábside de la iglesia, que se nos aparecía como en una inalcanzable lejanía.

El Mosaïques comenzó la velada con un caballo ganador. Si en algo ha destacado este conjunto a lo largo de sus cuarenta años de historia, ha sido en la música de cámara de Haydn, que ha quedado registrada discográficamente, y ha recibido por ella innumerables premios y distinciones. En el presente concierto se nos ha ofrecido el más conocido y apreciado de los cuartetos del autor austríaco. El Op. 76 n.º 3, conocido como Kaiserquartett, es una auténtica maravilla; un prodigio de ingenio musical, de construcción, contraste de las voces, tratamiento de las melodías; un prodigio de unidad y coherencia, desde el luminoso Allegro inicial, lleno de contrastes y con fugitivos guiños a la rusticidad popular húngara, hasta el también vitalista Presto final, cuyos rudos acordes iniciales pueden hasta parecer una de las habituales bromas musicales de “Papá Haydn”. Por el camino encontramos las variaciones sobre la “Melodía del Emperador”, cuya aristocrática nobleza le ha permitido convertirse en todo un himno nacional.

Poco esfuerzo han tenido que hacer los miembros del Quatour para plasmar la belleza y la riqueza de contrastes (contrastes que buena parte del público hemos tenido que adivinar más que escuchar, por la mencionada acústica) de una obra que dominan de la cabeza a los pies.

Schubert estableció una diferencia a la vez mágica y profunda. El do menor de su famoso ‘Movimiento de cuarteto’ supuso un cambio psicológico radical en nuestra capacidad de apreciación después de habernos empapado del resplandeciente do mayor haydniano. Los intérpretes supieron exprimir este factor psicológico del contraste, envolviendo la intensa melodía schubertiana en brumas y dudas, esas brumas y dudas que seguramente llevaron a Schubert a no continuar con la obra, cuyo único movimiento marca un cambio radical en la estética camerística del autor y anuncia con meridiana claridad el estilo dramático y profundamente personal que dará vida a los tres últimos cuartetos.

Y después de esta fascinante agonía schubertiana, de nuevo la luz y el alborozo en el Cuarteto en la mayor de Arriaga, una obra que, como el resto de producción del compositor vasco, resulta natural y antinatural al mismo tiempo. La naturalidad invade el discurso musical de un joven de dieciséis años, lo cual no aparta de nuestra mente la anti-naturalidad de su muerte apenas tres años después, una muerte que, sin ninguna duda, nos arrebató muchas cosas hermosas.

Los cuartetos de Arriaga se nutren de las fuentes de Haydn y Mozart, y así lo han concebido los miembros del Quatour Mosaïques, que en este nuevo y agudo giro psicológico, han acercado con buen gusto la esencia haydniana a la de Arriaga, respetando la propia personalidad del autor, por ejemplo, en la deliciosa sencillez del Andante con variaciones y en los puntitos picantes que intentan juguetear con el espíritu rossiniano en los movimientos rápidos.

El cuarteto de Arriaga, desde luego, resta a años luz del de Haydn, cosa de lo más normal si nos empeñamos en compararlo con un maestro que, al componer su grupo de cuartetos Op. 76, tenía más de sesenta años y cargaba a sus espaldas con la autoría de casi setenta obras de la misma especie. ¡Qué hubiera hecho este muchacho de apenas veinte años si hubiese llegado tan sólo a la mitad de la larga vida de Haydn!

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