Tratándose de Bela Bartók, hablar de ‘color orquestal’ es quedarse siempre corto. Desde el arranque del primer movimiento del Concierto para Violín ya se pudo ver “lo que se nos venía encima”. El clima inicial de la obra, el ataque de las primeras notas del violín, el color de la orquesta desde esos primeros compases fueron los primeros indicios de la satisfacción que había de producir a prácticamente todo el mundo ‘el concierto de los Conciertos’, como le había llamado un aficionado al entrar, cayendo en la tentación de un juego de palabras casi imposible de resistir dado el programa. Las causas de este bienestar generalizado son bien fáciles de enumerar: la precisión, el equilibrio de masas sonoras, la claridad de exposición de grupos y solistas, el color orquestal de Bartók mostrado en toda su capacidad de seducción. Y, sobre todo, la…
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