El amor a ritmo de vals, o si lo matizamos más, “una crónica del amor cantada a ritmo de vals”, utilizando el título de la interesante conferencia que el presentador de Catalunya Música y divulgador musical Joan Vives ofreció una hora antes del concierto con la intención de ilustrar y situar a los asistentes en el universo vocal de Brahms. Ciertamente de esto se trata cuando hablamos de los Liebeslieder-Walzer, de la poética del amor fusionada con la forma del vals, tanto en su primera entrega Op. 52, de 1869, como en la segunda entrega Op. 65, publicada cinco años más tarde a raíz del éxito de la primera.
Todo surgió cuando nuestro compositor escogió Polydora, un libro de antología poética popular de diversos países traducida por su amigo G. F. Daumer. Brahms se puso manos a la obra con un complejo ciclo de canciones, que requiere para su interpretación la presencia de un cuarteto vocal y dos pianistas.
Se unieron en este proyecto, al menos, tres elementos clave en el pensamiento artístico de Brahms: el universo de la música popular, que tanta inspiración le despertaba, su gusto por la forma de esa danza vienesa tan característica que es el vals, y su veneración por Schubert, cuyo espíritu parece fluir juguetón a lo largo de los dos ciclos; aparece y desaparece, melancólico o exultante, siempre admirado y respetado.
Estas colecciones de piezas vocales combinan de manera magistral una técnica impecable de construcción vocal-instrumental con el mencionado encanto del vals vienés de salón, sin olvidar la frescura, la espontaneidad, y un íntimo sentimiento poético. Para lograr este resultado aparentemente sencillo se necesita, sin embargo, la presencia de cuatro solistas vocales de primera línea, enérgicos, experimentados, capaces de combinar su propia técnica individual con una precisa avenencia con el resto de compañeros. El acompañamiento de un piano a cuatro manos acaba de redondear el carácter robusto, casi coral, de este peculiar conjunto de canciones.
Justamente esto es lo que los oyentes encontramos en el concierto de la Schubertiada del pasado 22 de agosto. Elionor Martínez, Marie Seidler, Santiago Sánchez y Henk Neven son todos ellos solistas jóvenes pero consolidados, que amén de su indiscutible preparación técnica, nos regalaron una exquisita conjunción y una íntima conexión con el espíritu de los ciclos brahmsianos, tanto la cara amable que se nos muestra en el Op.52 (escúchese el curioso O die Frauen o Ein kleiner, hübscher Vogel, que es una auténtica delicia) como la más seria (e incluso con una pizca de cinismo) del Op. 65, que culmina en un emotivo himno a las musas salido de la pluma de Goethe.
Los Liebeslieder-Walzer y los Neue Liebeslieder-Walzer se interpretaron al inicio y al final de la velada, y entremedio, cómo no, más Brahms, o mejor más “brahmses”, en una misma línea, pero enfocados desde diversos ángulos. Primero, claro contraste con los ciclos principales, en los cuartetos vocales n.º 1 y 2 de los Cuatro cuartetos Op. 92, obras de madurez planteadas como piezas de notable envergadura coral que ya nada tienen que ver con la música de baile; seguidamente, cuatro lieder escogidos por cada uno de los solistas vocales para mostrar la belleza de sus voces en solitario, que nos emocionaron, tanto por el gran nivel interpretativo como por el contraste de voz en cada lied, ya que resulta muy difícil escuchar seguidas en concierto cuatro canciones interpretadas por cuatro registros vocales diferentes.
Y también hubo tiempo para las pianistas que nos acompañaron durante todo el recital. Casi parece raro que dos temperamentos a priori tan diferentes como pueden ser el finlandés y el andaluz se hayan entendido de maravilla durante toda la velada y, claro está, también cuando Pauliina Tukiainen y Victoria Guerrero tocaron una selección de los Valses a cuatro manos Op. 39, poco antes del final, llenando la nave eclesiástica de poética instrumental, mientras los cantantes tomaban fuerzas para lanzarse, minutos más tarde, a los Neue Liebeslieder-Walzer.
Después de todo esto, como propina, dos bellísimos duettos de Schumann para poner punto final a una mágica velada, que se recordará, sin duda, como una de las más significativas de esta Schubertiada 2026.
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