Aunque en su momento oportuno ya fue publicada por Mundoclasico.com la reseña de Jorge Binaghi del Il trovatore del Teatro Real en sus dos primeros repartos -de un total de tres Leonoras y Condes de Luna y de cuatro Manricos y Azucenas-, no queremos dejar pasar la oportunidad de comentar el espléndido debut del director François López-Ferrer en este cierre de temporada 2025-2026 del coliseo de la Plaza de Oriente en la singular y efectiva coproducción del fuego, el niño espectral y la guadaña firmada en lo escénico por Francisco Negrín que vimos aquí el verano de 2019 y de la que, al margen de su buen funcionamiento y convincentes resultados, solo resaltaremos el exceso de sonoras llamas y espadas en escena.
Esa participación del joven maestro al frente de la orquesta titular de este templo operístico se ha visto reducida a dos únicas funciones (4 y 15 de julio) y ha supuesto una espléndida carta de presentación en el mismo foso que su padre, el admirado maestro zamorano Jesús López Cobos, frecuentó como director musical desde 2003 hasta 2010.
Un sueño cumplido, el de debutar en el principal teatro de ópera de nuestro país, para un maestro cosmopolita y de raíces muy diversas, aunque español al fin y al cabo, que supone un importante punto de inflexión en su carrera, un eslabón que contribuye a su amplia proyección y consolidación nacional como batuta operística. Aun así, López-Ferrer, nacido en Suiza, educado en Estados Unidos y de conexiones cubanas, ya estaba protagonizando un importante ascenso internacional tanto en la dirección de ópera como en la de música sinfónica, habiéndose puesto al frente de formaciones de ámbito nacional como la Orquesta Sinfónica de RTVE, la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, la Euskadiko Orkestra o la Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia.
Aparte de este Trovatore, destacan sus recientes debuts dirigiendo Il barbiere di Siviglia en la Opéra National de París y en Opera San Antonio, The turn of the screw de Benjamin Britten en el Spoleto Festival USA y una Gala Lírica en el Rossini Opera Festival junto a la Orchestra Sinfonica Gioacchino Rossini.
Acostumbrados en este teatro a las ardorosas e incandescentes lecturas de los maestros italianos en su repertorio patrio, con el director principal de esta misma producción, Nicola Luisotti, a la cabeza, nos sorprendió sobremanera cómo se enfrentó el debutante López Ferrer a esta ópera de la trilogía popular verdiana. Fue la suya una dirección meticulosa que avalaba el profundo estudio y conocimiento de la partitura, sin perder ni un ápice del sentido narrativo y adaptándose en toda ocasión a las necesidades dramáticas.
En esa línea, aunque comenzó los compases orquestales de la introducción a tempo vivo, su lectura general fue de tempi más bien reposados y no apresurados, adecuándose a las voces y respirando con ellas. Magistral fue el acompañamiento orquestal en instantes como la cavatina “Tacea la notte placida”, donde la soprano Saioa Hernández necesitaba expandir la línea cantabile del aria. Otro detalle de gran inteligencia teatral por parte de López-Ferrer fue subrayar en la cuerda grave marcando y ralentizando de manera incisiva la respuesta de Azucena hacia su hijo “Ma nell'alma dell'ingrato non parlò del cielo un detto!” en su aguerrido dúo del acto segundo “Mal reggendo all’aspro assalto”, lo que realza la situación dramática de ese momento concreto: la airada reacción de la gitana hacia la clemencia del trovador en su combate con el Conde de Luna al final del acto previo.
El trabajo concertador fue excelente al final del acto segundo, muy complicado a nivel de planos musicales, que la joven batuta supo domeñar sabiendo acompañar con esmero la línea de la soprano madrileña, que necesitaba espacio para desarrollar ese zigzagueante arco melódico hacia arriba y hacia abajo en medio de la vorágine de este excelso concertante místico, amoroso y guerrero, percibiéndose todo en su sitio y no destacando una voz sobre la otra.
Y es que Saioa Hernández, magnífica artista en escena que dota de verdad a cada personaje que da vida, es una soprano lírica con ribetes de spinto que la alejan en parte de las demandas de esta Leonora trovadoresca, considerando nosotros que su identificación canora es mucho mayor con el otro rol verdiano de igual nombre, la Leonora de Vargas de La forza del destino. Al lado de ese acusado componente dramático, que la cantante sabe captar y administra con oleadas de canto de enorme poderío y autoridad, al personaje de Cammarano y Verdi le pasa lo que a la Violetta Valéry de La traviata, que requiere de la coloratura propia de las sopranos belcantistas de agilidad, y en ese aspecto -esencial para esta partitura, a nuestro juicio- quizá hay una menor dosis de soltura, como demostró la cabaletta tras el mencionado aria del acto primero, que en la edición empleada de la partitura para esta producción no empleó el ritornello con las interpolaciones de Inés.
La voz tiene poso, consistencia y una pastosidad que la permiten encarar el cuarto acto, el más dramático, con facilidad, beneficiándose de una batuta cuidadosa y atenta, como se puso de manifiesto en el aria “D’amor sull’ali rosee”, donde López-Ferrer volvió a adecuarse a la expansión melódica de las frases en el tempo en 3/4, un aria que nos condujo al Miserere con sus tres planos sonoros, donde la digna sucesora de Montserrat Caballé ofreció brillantes muestras de dramatismo y musicalidad.
Celso Albelo es un cantante muy experimentado en el repertorio italiano -los exitosos inicios de su carrera fueron belcantistas- y otorga una genuina musicalidad a su Manrico, pese a enfatizar el componente dramático en demasía en ciertas frases por medio de su canto aguerrido, como explotó con inteligencia escénica en su extenso dúo con Azucena del segundo acto, dosis de las cuales vertió igualmente en sus despectivas frases hacia Leonora en el cuarto (“Ha quest'infame l'amor venduto”). Al tinerfeño se le suele caer el teatro cuando se para la acción y canta esas arias que dejan huella y no salen de la memoria del espectador, en esta ocasión las dos del acto tercero que Verdi “regala” al trovador: el “Ah, sì ben mio” o esa exhibición de que es la esperadísima ‘Pira’, que cosecharon sendas ovaciones y que sirvieron para suscribir que Albelo atesora ese canto heroico y muy personal que no sigue ninguna tradición italiana, y que se sitúa a medio camino entre el heroísmo de un Pedro Lavirgen y el refinamiento de un Alfredo Kraus.
Juan Jesús Rodríguez es otro artista de mucho oficio que conoce a la perfección las aristas de los barítonos verdianos. Como Conde de Luna es el villano ideal, por voz oscura, por dicción, por matización e intención teatral, por actitud teatral. Es la suya una recreación de enorme nivel musical que eleva la función en su gran momento, “Il balen del suo sorriso”, todo un derroche de fraseo y buen gusto que el público sabe agradecer con intensidad.
La única cantante no española del cuarteto protagonista -quinteto si contamos al rol de Inés- fue la mezzosoprano italiana Teresa Romano, muy identificada con el papel teatral de gitana vinculada al fuego que Negrín la exige. Comenzó el popular aria “Stride la vampa” muy en frío, de una forma bastante plana en la expresión, aunque a medida que fue desarrollándose el acto segundo mostró sus cartas de intérprete de raza componiendo una sobresaliente caracterización de Azucena, con un canto agudo vigoroso y magistralmente matizado en su registro grave.
Nos dejó sorprendidos la elevada capacidad dramática, expresiva y lírica a partes iguales que la italiana derrochó en ese primer dúo de madre e hijo, parte nuclear de la ópera y lo que en La traviata es el dúo de Germont y Violeta, o en Rigoletto el segundo dúo de Gilda y el bufón. Admirable fue asimismo la calidez de su canto, siempre musical y de digno fraseo en su segundo dúo con Manrico, el del acto cuarto, y vibrante su exclamación final dirigida al conde cuando revela que el trovador era su hermano. Muy a tener en cuenta el nombre de esta cantante que repetía en este mismo reparto el 15 de julio con la dirección de López-Ferrer y ojalá lo haga en otras producciones en este mismo coliseo.
El Ferrando del bajo Marko Mimica, siempre timbrado e intencionado en el decir, fue una garantía comenzando la ópera en la esquina derecha del escenario con los niños -en general muy protagonistas del montaje- y sus breves intervenciones al reconocer a Azucena en el tercer acto. Mar Morán demuestra ser una intérprete exquisita de canciones y en escena brindó una Inés solícita, de correctísimo canto, al igual que el tenor Moisés Marín, relegado aquí a Mensajero después de haberlo disfrutado ampliamente en La novia vendida.
Distribuido en celdas, el Coro Intermezzo, en un nuevo derroche de sincronización, sostiene con firmeza la representación y despliega una poderosa proyección, especialmente las voces masculinas.
Hoy día la afirmación de Enrico Caruso de que para cantar Il trovatore se necesitaban las cuatro mejores voces del mundo está fuera de toda vigencia, porque hay cientos de excelentes cantantes a nivel internacional para defender este título tan popular de la producción verdiana como estos muy diversos repartos del Teatro Real han venido a manifestar, y que en el caso de este concreto, típicamente español con excepción de la gitana, contó con un inolvidable debut directorial que rememoró los días gloriosos de su progenitor.
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