La presencia de la Orquesta Real Sueca en el Festival Internacional de Santander adquiría una significación especial al coincidir la septuagésima quinta edición de este con el quinto centenario del conjunto escandinavo que fuera fundado en 1526 por Gustavo Vasa y vinculado desde 1773 a la Ópera Real de Estocolmo.
Alan Gilbert, maestro de capilla de la corte real de Suecia desde 2022, se ha puesto al frente de este concierto en el que la formación sueca se presentaba por vez primera en Santander con un programa que, junto a dos oberturas bien conocidas y el célebre Concierto para violín de Bruch, concedía un espacio central a Wilhelm Stenhammar, una de las figuras capitales del sinfonismo sueco.
La simetría entre las oberturas de La flauta mágica y Tannhäuser, que abrían y clausuraban respectivamente el programa, encontró también cierto paralelismo en una concepción interpretativa de resultados desiguales. Mozart fue abordado desde una sonoridad deliberadamente áspera, con timbales incisivos, ataques secos y tempi ágiles, pero sin que esta aproximación llegase a renovar sustancialmente una lectura en el fondo convencional. Wagner, por su parte, ofreció una hermosa factura sonora, aunque con una ligereza general que limitó la intensidad expresiva de la obra y condujo a un desenlace excesivamente precipitado.
El núcleo de la primera parte fue el Concierto para violín de Max Bruch, con una María Dueñas cuya extraordinaria solvencia técnica quedó acompañada por una personalidad interpretativa asombrosa. Su sonido, más bien seco y sobrio, sin una especial densidad ni un volumen particularmente expansivo aunque siempre suficiente, se alejaba del arquetipo de la sonoridad romántica opulenta, musculosa. Paradójicamente, esa contención tímbrica favoreció la claridad y agilidad de un discurso extraordinariamente flexible.
Pero el principal acierto de la interpretación estuvo en la complicidad entre solista y orquesta pues, lejos de la convencional sucesión de intervenciones y réplicas que tantas veces fragmenta el discurso concertante, aquí la música pareció fluir como una unidad orgánica, sin fronteras perceptibles entre la voz del violín y la del conjunto. La feliz confluencia de Dueñas y Gilbert en este concepto se puso particularmente de manifiesto en un Adagio en el que la libertad agógica de la violinista encontró una respuesta orquestal igualmente sensible y en el diálogo del rondó conclusivo.
El resultado, celebrado con entusiasmo por el público, tuvo su prolongación en sendos bises: el Valse triste de Franz von Vecsey y AppleMania de Alekséi Igudesman, muestra de la vertiente más desinhibida y virtuosística de la violinista.
Si el Concierto de Bruch constituyó el momento de mayor impacto inmediato de la velada, con la bellísima Serenata en fa mayor de Wilhelm Stenhammar se alcanzó indiscutiblemente el otro gran logro artístico de la noche. Considerada una de las obras musicales suecas por excelencia, su elección resultó especialmente pertinente en una formación que lleva este lenguaje interiorizado en su propia memoria sonora. La partitura, iniciada en 1907 y revisada posteriormente, combina la herencia centroeuropea con una sensibilidad nórdica desnuda de cualquier exotismo.
Gilbert puso de relieve esa complicidad idiomática desde la naturalidad y la arquitectura intrínsecas de una música de extraordinaria riqueza que alterna transparencia, lirismo y una melancolía siempre contenida. La Orquesta Real Sueca respondió con un refinamiento tímbrico particularmente notable y una homogeneidad que permitieron apreciar tanto el trabajo de las maderas como la flexibilidad de las cuerdas. La interpretación confirmó así que la obra probablemente menos popular del programa puede alcanzar idéntica capacidad de fascinación cuando encuentra una lectura que comprende su naturaleza y su consistente sustancia.
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