La presente edición del Festival Internacional de Santander recibió en el Palacio de Festivales a John Eliot Gardiner al frente de The Constellation Choir & Orchestra, su nuevo proyecto fundado hace solo dos años, con un programa consagrado a dos singulares páginas del Romanticismo alemán: el Schicksalslied o “canción del destino” de Johannes Brahms y la Sinfonía nº2 “Lobgesang” de Felix Mendelssohn. Ofrecidas sin intermedio, ambas obras adquirieron una continuidad particularmente eficaz, con la primera ejerciendo casi como obertura espiritual de la segunda y el conjunto del concierto trazando un progresivo itinerario desde la incertidumbre hacia la alabanza.
Compuesto entre 1868 y 1871 sobre el texto homónimo de Friedrich Hölderlin, Schicksalslied, que contrapone la serena existencia de los dioses a la agitada y dolorosa condición humana, encontró en la versión de Brahms una solución particularmente original para un poema que concluye en la desesperanza al añadir, tras el regreso del material inicial, una extensa coda puramente orquestal. Con esta estructura tripartita, el compositor hamburgués sublimó -de una manera no muy lejana a su Ein Deutsches Requiem- un contenido que parece buscar una reconciliación que las palabras no proporcionan. La interpretación de Gardiner incidió precisamente en esa ambivalencia, con una introducción de gran delicadeza y transparencia y un tratamiento incisivo de los contrastes, con especial énfasis en la dicción de las voces, antes de conducir el discurso hacia una conclusión contenida, de gran impacto expresivo.
Pero fue en Lobgesang, estrenada en Leipzig en 1840 con motivo del cuarto centenario de la invención de la imprenta, donde la particular maestría de Gardiner con las voces adquirió toda su dimensión. A medio camino entre una sinfonía y una cantata y articulada sobre textos bíblicos, la obra desarrolla un recorrido desde las tinieblas hasta la luz de inspiración claramente bachiana.
Aquí John Eliot Gardiner no se limitó a dirigir al coro, sino que prácticamente cantó con él siguiéndolo, respirando con él y guiándolo constantemente mediante una gestualidad minuciosa y vehemente en su expresividad intrínseca, y una extraordinaria atención a las dinámicas y al significado de cada palabra. Es una expresión muy “marca Gardiner”, tan consciente del texto como ligada a la arquitectura musical. El resultado fue una lectura que creció progresivamente hasta desembocar en el estallido final de alabanza, alcanzando allí su máxima intensidad.
Hilary Cronin, Sam Cobb y Jonathan Hanley, solistas pertenecientes al propio coro y alejados por tanto de la tradicional concepción estelar del reparto, asumieron con notable solidez, musicalidad y -de nuevo- intensidad expresiva sus intervenciones. El director británico los hizo emerger de la masa coral para sus respectivos números y regresar inmediatamente después a ella, subrayando así la concepción unitaria de la obra y de la versión. Su entrega al texto y al concepto de gran calado expresivo recordó inevitablemente la conmovedora Pasión según San Mateo de Bach ofrecida por Gardiner en este mismo festival hace una década.
The Constellation Choir & Orchestra respondieron con solvencia, aunque sin alcanzar la calidad de los conjuntos que dirigiera Gardiner con anterioridad, al carecer de la extraordinaria belleza tímbrica de los English Baroque Soloists o de la Orchestre Révolutionnaire et Romantique, así como de la afinación, incisividad y maleabilidad expresiva del soberbio Monteverdi Choir.
El caluroso recibimiento por parte del público encontró una generosa respuesta con el Geistliches Lied brahmsiano, en lo que constituyó un precioso broche de oro de una velada de alto voltaje artístico.
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