Rumanía

Miradas sobre la modernidad

Xoán M. Carreira
Nemanja Radulović
Nemanja Radulović © by Deutsche Grammophon
Bucarest, jueves, 10 de septiembre de 2026.
Ateneul Roman. Béla Bartók, Danzas populares rumanas Sz. 56 (arreglo de Zoltán Székely). César Franck, Sonata en la mayor para violín y piano. Sergei Prokofiev, Selección de los ballets Romeo y Julieta, y La Cenicienta. Sergei Prokofiev, Sonata para violín solo. Maurice Ravel, Tzigane M.76. Nemanja Radulović, violín. Laure Favre-Kahn, piano. Concurso Internacional Enescu 2026
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Aprovechando que el excepcional virtuoso Nemanja Radulović (Niš, Serbia, 1985) era uno de los componentes del jurado del Concurso de violín George Enescu, se ofreció en el precioso Ateneo Rumano de Bucarest un interesante programa que resultó ser un abanico de fórmulas de modernidad musical desde el simbolismo a los neoclasicismos. 

Radulović acertó al abrir y cerrar su programa con dos obras inspiradas en dos estilos muy distintos de la música popular balcánica: la de Bartók en danzas campesinas, y la de Ravel en los estilos gitanos de cabaret. Radulović conoce desde su infancia estos dos estilos que ha interiorizado y apropiado hasta tal punto que sus interpretaciones pueden y deben ser consideradas como creaciones legítimas. 

Por su parte Laure Favre-Kahn (Arlés, Francia, 1976) es una gran pianista de cámara cuya flexibilidad le permite acertar en qué pasajes debe acompañar y en cuáles tomar protagonismo. 

La historiografía musical muestra unanimidad en el reconocimiento de la maestría técnica de César Franck, si bien existen divergencias en la consideración de la relevancia estética de su obra. Quienes contemplan la historia de la música como una enorme plantación en algunos de cuyos sectores han trabajado jardineros excepcionales creando cánones se muestran reticentes en aceptar a Franck entre los creadores que hicieron evolucionar la música. Aquellos escépticos respecto a que las teorías darwinianas puedan ser aplicadas a la historia del arte reconocen a Franck como un hábil creador, sensible a los cambios del gusto, que supo adaptarse a las dinámicas del mercado de la Belle Époque. La Sonata en la mayor para violín piano (1886) es probablemente la mejor muestra de la modernidad de Franck y justifica sobradamente su conversión en obra canónica del repertorio (lo que incluye las versiones alternativas para violonchelo y flauta). 

Sin renunciar a otras tradiciones interpretativas, Radulović asume la primera de ellas, la de Ysaÿe, dedicatario de la Sonata, así como el paisaje sonoro en el entorno de la Exposición Universal y la construccion de la Torre Eiffel. Su interpretación demuestra un profundo conocimiento de la compleja y sutil construcción de la Sonata, que es el sólido entramaje que sostiene una cálida retórica simbolista. En este sentido la Sonata en la mayor podría considerarse un equivalente sonoro de la pintura de Whistler (cuya preciosa exposición londinense disfruté hace unas semanas). El dúo Radulović y Favre-Kahn nos ofreció una interpretación para el recuerdo, plena de empatía, de belleza sonora y exuberante sensibilidad que -por fortuna- ha sido grabada y emitida por la Radiotelevisión de Rumanía. 

En amigable contraste con las modernidades de Bartók, Franck y Ravel, Radulović nos propuso una doble mirada sobre los neoclasicismos de Prokofiev. Por un lado una versión para violín y piano de algunas piezas de sus popularísimos ballets Romeo y Julieta (1940), y La Cenicienta (1940-44), dos ejemplos de la habilidad de Prokofiev para robar el corazón de sus oyentes con su melodismo. En contraste con sus ballets la poco interpretada Sonata para violín solo (1947) es una magistral muestra de la cara más estoica de los neoclasicismos que, como en este caso, se ha convertido en un reducto de los dégustateurs. Radulović afrontó sin concesiones la Sonata como un doble ejercicio de virtuosismo intelectual e instrumental. En este sentido considero una proeza que captase en todo momento la atención y el interés de los asistentes, incluso considerando que buena parte de ese público estaba formado por aficionados expertos. 

En comparación con esta intensa sauna espiritual de la Sonata, el dúo Radulović y Favre-Kahn nos había regalados una serie de postales frescas y coloridas sobre los dos ballets más populares de Prokofiev. Al igual que había sucedido con la Sonata de Franck, asistimos a una magistral lección de la empatía que sólo puede alcanzar la música de cámara. 

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