En el Concurso Georges Enescu los miembros del jurado trabajan bastante, porque además de su responsabilidad propiamente como jurados, algunos -no todos- añaden conciertos que cubran esos días en que por motivos prácticos (ensayos de los concursantes, etc.) no hay pruebas del concurso. Si el 10 de septiembre le había tocado el turno a Nemanja Radulović, acompañado por piano, el 12 de septiembre, la víspera de la final de violín, fue Alissa Margulis la convocada para ofrecer este recital junto al pianista Andrey Gugnin y el violonchelista Stefan Cazacu, laureado en el Concurso George Enescu 2020-21.
Estos recitales acostumbran a tener un soberbio nivel técnico y se realizan en un ambiente relajado y cercano al público. Y así ocurrió con la espléndida y cálida interpretación del Trío con piano en la menor op 50 'À la mémoire d’un grand artiste' (1882) de Chaicovski, uno de los monumentos del gran repertorio del Klaviertrio. La obra está dedicado a la memoria de Nicolai Rubinstein (1835-1881) -amigo, mentor pero también crítico severo a veces de sus obras- lo que seguramente azuzó a Chaicovsqui para cuidar los aspectos formales de su Trío, sin por ello renunciar a extremar su retórica sentimental a través de un discurso expansivo y sobrecogedor.
El cosmopolita Chaicovsqui muestra sin complejos su conocimiento de las variables estéticas del arte moderno, particularmente de los simbolismos plásticos y poéticos, que trasplanta con lucidez a los recursos tradicionales del Klaviertrio. El Trío con piano op 50 de Chaicovsqui es una obra de ejecución compleja y de interpretación aún más difícil. La de Margulis, Cazacu y Gugnin me asombró y emocionó, sensación que fue compartida por el público a juzgar por las estruendosas ovaciones y bravos.
Una interpretación semejante sólo es posible tras unas largas sesiones de ensayo en las que se discute y negocia todas y cada una de las realizaciones prácticas de la propuesta que Chaicovsqui hizo a través de su partitura. En este caso el motor fue el violonchelista, Stefan Cazacu, en torno al cual pivotaron las preguntas y respuestas de piano y violín. Fue una explosión de belleza y decoro tras la cual no parecía posible un bis convencional. En su lugar Margulis,Gugnin y Cazacu nos obsequiaron con unas encantadoras variaciones sobre el tango -Cazacu al presentarlas no especificó más- donde sonaron referencias a tangos famosos y a otras músicas que no eran tangos -como mucho valses tristes- pero lo parecían (hasta se asomó el Concierto para violín de Mendelssohn).
Esta bella muestra de las cimas que puede alcanzar una colaboración óptima de tres grandes artistas y virtuosos hizo que pasase rápidamente al olvido la tediosa ejecución de la Sonata Kreutzer que ocupó la primera parte del concierto. Nada se puede objetar a Margulis y Gugnin desde el punto de vista técnico: fueron impecables, pero al mismo tiempo su Beethoven sonó totalmente cuadriculado, rígido incluso. La música no fluía, no parecían intuir lo que es la flexibilidad vienesa, y por momentos su versión sonó más a lección de análisis musical que a discurso narrativo. El segundo movimiento, las variaciones, es lo que mejor defendieron, sobre todo en aquellas variaciones más lentas o líricas, porque tanto en el Presto del primer movimiento como en el tercero se aceleraban e incluso parecían descontrolarse, no sólo en el tempo sino en fraseos y detalles de finura.
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