España - Madrid

Padre infelice, corro a salvarti

Germán García Tomás
Portada de una edición de 'Il trovatore'
Portada de una edición de 'Il trovatore' © Ricordi
Madrid, domingo, 19 de julio de 2026.
Teatro Fernán Gómez (Centro Cultural de la Villa, Sala Guirau). El trovador. Texto: Antonio García Gutiérrez. Compañía Ensamble Bufo. Dirección: Hugo Nieto. Escenografía: Mónica Boromello. Vestuario: Helvia G. Jüschik. Iluminación: Felipe Ramos. Dramaturgia: Daniel Llull. Intérpretes: Daniel Rovalher, Ania Hernández, Andrea Soto, Didier Otaola, Dani Llull. Pianista: Ramón Gil. Chelista: Marina Barba. Dirección musical: Marina Barba.
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“Es el tiempo de la vanidad, muere el genio que nunca tuvo publicidad”. Quién le iba a decir al dramaturgo Antonio García Gutiérrez que su olvidada obra teatral, aquel original hablado en el que se basaron Giuseppe Verdi y su libretista Salvatore Cammarano para su adaptación operística homónima, iba a ser reivindicada con justicia e inteligencia teatral de forma simultánea a que el Teatro Real subiera a escena la reposición del título con un despliegue informativo y técnico importante.

La Semana de la Ópera del coliseo lírico madrileño llevó a visionar en pantalla gigante la primera obra que forma parte de la trilogía popular verdiana el viernes 10 de julio en la Plaza de Isabel II -un día después del estreno de El trovador en el Fernán Gómez-, junto a otros títulos representados en la temporada en su escenario, un evento que lleva realizando desde hace ya once años.

Como cantan al final de este montaje, aún en el siglo XXI la publicidad no beneficia por igual a ambos trovadores, siendo el drama de García Gutiérrez el más olvidado a nivel mediático, a pesar de haber contribuido a la gloria del compositor de Busetto, por lo que era más necesario que nunca saldar la deuda netamente teatral.

Precisamente en ese aspecto ha querido incidir la Compañía Ensamble Bufo dirigida por Hugo Nieto en su reivindicadora, mordaz y bastante musicalizada propuesta: en resucitar la obra teatral estrenada con enorme éxito de público y crítica en el Teatro Príncipe de Madrid en marzo de 1836 y poner en valor a su autor, el padre del primigenio trovador, frente a la “apropiación” del argumento por parte de Verdi y su libretista.

Ello se materializa en los cantables que recorren la representación, y que al principio y a la mitad del espectáculo toman prestada la melodía del “Coro de la murmuración” de una zarzuela bufa de género chico de finales del siglo XIX, El dúo de la Africana que encaja muy bien con ciertas intenciones satíricas de esta versión, y con lo que, como en el caso del argumento de esta obra de Manuel Fernández Caballero y Miguel Echegaray, se ridiculiza lo italiano frente a lo español.

En esa línea, ante el interés de Verdi por la historia, se añade el descontento del dramaturgo y la supuesta demanda contra el libretista: “¡Ay Cammarano, esto va malo!, no escapas de esta, ¡pobre italiano! Será el final… ¡Lo que puede sucederte no lo quiero ni pensar!”.

Según nos cuentan Hugo Nieto y Daniel Llull en su declaración de intenciones, hacía casi dos siglos que no se escuchaban en la obra de García Gutiérrez las piezas originales que fueron compuestas para que la Compañía del Príncipe las interpretara, y esa es la conexión con la música que propone esta otra agrupación actoral, con unos cantables estróficos y muy a la italiana que nutren las intervenciones de Azucena y Manrique, y que están imbuidas del patetismo romántico que hace prever la tragedia.

Para llevar a escena e insuflar vida a un texto teatral que, pese a su épica y sus muchos trazos líricos, de por sí se ha considerado como poco agradecido a nivel teatral y/o argumental, se percibe como acertada y eficaz una dramaturgia a cargo de Llull que ha dotado de vigencia la obra a representar poniéndola en relación con su contrapartida operística –un contrafactum literario- y que ha querido potenciar la contextualización y una voluntad pedagógica en ese recurso de hacer partícipe al público de los pormenores de la acción que se va a representar. Ya lo hizo Leoncavallo en el prólogo de I pagliacci o los aludidos Don Miguel y Don Manuel con el personaje de Querubini de la mencionada Africana al hacer dirigir a un público imaginario sus reflexiones acerca de su “compañía de ópera barata”.

Y en esa variante más del “teatro dentro del teatro”, el factor sorpresa se manifiesta nada más comenzar la función con la ruptura de la cuarta pared por los miembros de la compañía, que se pasean por los pasillos de la Sala Guirau acercándose a algunos espectadores por las filas y dirigiéndose a ellos con títulos nobiliarios (Marqués de Tal, Duquesa de Pascual…) simulando una encopetada tertulia, lo que hace adentrarnos de lleno en la época romántica.

Los cinco integrantes de la compañía demostraron unas tablas escénicas fuera de toda duda enfrentándose con exquisita declamación a una prosa y unos versos del dramaturgo gaditano que no se recrean en exceso en el ripio, y que ensalzan la pura expresión romántica, auténtico prototipo teatral de su época frente a la coetánea Don Álvaro y la fuerza del sino del Duque de Rivas -tema de inspiración para otra ópera de temática española de Verdi, La forza del destino- o a las ensoñaciones amorosas del Don Juan Tenorio de Zorrilla, las cuales hay en abundancia en El trovador, así como bastante despecho varonil, al respecto de Manrique frente a Leonor.

Al margen de sus cometidos como animados narradores de la acción, resaltamos las cualidades de cada uno de los miembros de Ensamble Bufo a la hora de dar vida a sus respectivos personajes: la sincera y abnegada Leonor de Ania Hernández, el heroico y celoso Manrique de Daniel Rovalher, la matizada intensidad de la Azucena de Andrea Soto, la temerosa presencia de Didier Otaola como el pérfido Conde de Luna apoyada en énfasis sonoro (magnífico actor y cantante de zarzuela, por cierto, uno de los más timbrados y líricos del quinteto) o la llaneza de Daniel Llull en los diversos lugartenientes, tanto del Conde como del trovador. Excelente cast secundado por la ambientación musical que brindaban coordinados desde el fondo de la escena, en muchas ocasiones semiocultos en la sencilla pero funcional escenografía de Mónica Boromello, el pianista Ramón Gil y la violonchelista Marina Barba, en íntimo diálogo a medio camino entre música incidental y camerística.

Así, revestido de las formas de la zarzuela o del musical, se ha exhumado la obra por la que Antonio García Gutiérrez ha pasado a la posteridad, que es por la que Verdi alimentó su fama en su denominada “trilogía popular”. Aunque como dice uno de los párrafos del cantable final que versiona el brindis de La traviata, última picardía músico-teatral de esta compañía cómica que relaciona y reconcilia a ambos autores:

Brindemos por esos olvidados que
dejaron un mundo más romántico
y libres de toda aristocracia al fin
brindemos juntos por el amor.
Brindemos, brindemos aquí por los dos
Don Antonio y Giuseppe Verdi de corazón.
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