Dentro de los recitales que se ofrecen en el marco del Concurso Internacional George Enescu 2026, se presentó Nelson Goerner, miembro del jurado del Concurso de Piano, aprovechando el día en que los tres concursantes de la final están ensayando con la orquesta.
Podría ser un concierto de relleno, pero Goerner no es ese tipo de pianista. Nos ofreció tres obras importantes del universo pianístico -Bach, Schumann y Schubert- y añadió tres bises donde sonaron otros tres compositores fundamentales para el mundo del piano: Chopin, Rachmaninov y Brahms. Todo un repaso ... y toda una lección de buen pianismo.
La primera obra, la Tocata en do menor BWV 911 de J. S. Bach, sirvió de 'calentamiento' no sólo para Goerner, sino también para el público. Goerner marcó ya lo que iba a ser la tónica de su concierto, la sencillez y la musicalidad, sin especiales adornos, sólo música sin más. El comienzo fue 'a lo Sokolov', con una gran limpieza de sonido, que pronto se convirtió en una versión personal en la que parecía estar improvisando alrededor de una música bellísima. Goerner no se preocupa de purismos (aunque sin duda los conoce aprovecha de ellos sólo lo que le interesa), usa el pedal con generosidad, pero tampoco hace un Bach romántico al estilo de la Belle Époque. Cuando comenzó la parte fugada volvió otra vez al sonido limpio y cuidado y a la atención a los aspectos contrapuntísticos, presentando unos diálogos entre ambas manos impecables.
Presentó a continuación la Fantasía en do mayor op 17 de Robert Schumann, una obra nada fácil. Pero nuevamente Goerner optó por reservarse las dificultades para sí y presentarnos simplemente la música. No es que le falte potencia sonora o virtuosismo, es que eso no parece interesarle especialmente: hay que hacerlo y se hace, pero yendo más allá, separando lo accesorio de los fundamental, la música. Me resultó especialmente interesante la segunda parte de la obra (que aunque se llame 'fantasía' tiene mucho de sonata y es un homenaje a Beethoven) porque Goerner consigue que suene como un Weber o un proto-Wagner, una especie de marcha del Cazador Furtivo o Tannhäuser, que contrasta con el segundo tema, sencillo, lírico, sin grandezas. Tan convincente sonó que al terminar hubo bastantes aplausos: Goerner esperó pacientemente a que finalizaran para presentar el último movimiento, reconcentrado, lírico, con un sonido más lleno. Fue una pena que se rompiera la línea narrativa de la Fantasía, aunque esta no fue la única interrupción, porque el público del Ateneo, que suele ser especialmente cuidadoso, estaba ayer transformado y sonaron móviles, cayeron diversos objetos, hubo toses, etc.
Para mí la obra más interesante del concierto fue esta Fantasía, pero Xoán M. Carreira que me acompañaba disfrutó sobre todo de la Sonata en do menor D 958 de Schubert, la primera de las tres últimas, esas que la muerte de Schubert convirtió casi en 'testamentos' de su pianismo. Pero en realidad Schubert no preveía su muerte, y simplemente quería hacer unas Sonatas para tocar él mismo, a la moda (que en estos momentos era Czerny y no Beethoven) y que el público apreciara.
Y ciertamente Goerner hizo esta Sonata sin rarezas, sentimentalismos o premoniciones, a su modo, tocando música sin más. Nuevamente fue el segundo movimiento el más impresionante: es muy arriesgado tocar como lo hizo Goerner, lento, vacío, pero cuando sale bien y a él le salió maravillosamente, es emoción pura, casi indiscreta por su sinceridad. El Menuetto que le sigue tenía que darnos la posibilidad de recuperarnos y nos la dió, sonó 'gracioso' pero muy normal. Para el Allegro final podía optar por la grandeza y la brillantez, por 'pedir los aplausos' pero no lo hizo, otra vez eligió la sencillez y la música pura.
Sin embargo el público respondió como si los hubiera abrumado y la parte de los aplausos se convirtió casi en una tercera parte del concierto. Comenzó con el famoso Nocturno op. póstumo de Chopin, que tantos problemas causa a los estudiantes de piano por sus dificultades rítmicas, pero para Goerner parecían no existir, los aspectos técnicos le resbalan, él hace música y ya está. Su segundo bis, una obra virtuosa de Rachmaninov, le sirvió seguramente para descansar de tanto cuidado y contención que había desarrollado a lo largo del concierto. Pero fue el tercero de los bises el que resultó el mayor regalo: el Intermezzo en la mayor op 118 nº 2 de Brahms que tocó completo y maravillosamente.
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