Ni Iglesias sicilianas rodeadas de naranjos y tabernas, ni plazas calabresas con aldeanos sobrexcitados por la llegada de un circo. Ello porque el de Robert Carsen es un verismo extremo, de aquí y ahora, con dramas que cantantes y coros reviven en cada función. Son dramas prologados por la máscara de I pagliacci que se nos presenta para preludiarnos las dos obras, aquí puestas con una inversión de orden cada vez más usual: primero Pagliacci, después Cavalleria.
La trágica humanidad de los cantantes actores denunciada por la máscara del prólogo es ya perceptible a través de los preparativos para una commedia durante los cuales descubrimos que la soprano le mete los cuernos al tenor con otro tenor y el cornudo no puede ocultarnos su desesperación antes de salir a escena. Cuando el tenor aprovecha la commedia para apuñalar a su esposa y el amante de ésta, los espectadores, aquí un coro que después de entrar a la sala ruidosamente ha ocupado las tres primeras filas de platea, invade frenéticamente la escena para petrificarse de horror mientras contempla los dos cadáveres.
Y así siguen contemplándolos cuando el telón vuelve a abrirse para Cavalleria Rusticana. Pero como el espectáculo debe seguir, los coristas se despetrifican para maquillarse en una multitud de mesitas con espejos, cada uno de ellos iluminados por sus propias candilejas. Es así que el solitario espejo frente al cual Tonio (el tenor cornudo) ha cantado su Vesti la giubba se multiplica para reflejar la individualísima humanidad de cada uno de los coristas.
Es precisamente durante Vesti la giubba que vemos a Tonio sublimar su sufrimiento en una crueldad asesina al pintarse su cara con labios rojos extendidos en una sonrisa de oreja a oreja que inmediatamente nos confronta con la psicopática crueldad del Joker de Batman. Su aparición en la commedia donde terminará asesinando a Arlequín y Colombina es un momento cumbre de dramaturgia operística: primero vemos como su cabeza emerge de un bastidor para observar a sus dos presas, antes de entrar con su enorme y despreocupada sonrisa color sangre.
Pero ocurre que también la fiesta pascual de Cavallería termina arruinándose por culpa de una infidelidad femenina. En este caso el cornudo es un barítono (“Alfio” le llaman sus colegas) cuya mujer, una soprano a la cual le dicen “Lola”, tiene a uno de los tenores (Turiddu), como amante. Los celos de una mezzo que fue amante del tenor (“Santuzza”) desencadenan un nuevo asesinato también perpetrado por un cornudo.
Cavalleria Rusticana no salió tan bien como Pagliacci por la constante obstrucción de las mesitas de maquillaje. Pero también aquí la sincronización del movimiento escénico con la partitura fue modélica en su pulso e intensidad. Durante los acordes finales la cortina de seguridad que ha dominado el fondo de la escena se levanta para mostrarnos el gigantesco espejo donde terminamos viéndonos nosotros mismos, bien dentro de la dimensión dramática que acabamos de compartir con los personajes de I Pagliacci y Cavalleria Rusticana.
Entre este último espejo y los espectadores se interponen los desesperados perfiles de Santuzza, y una ayudante de escena a la que le dicen “Mamma Lucia”, por ser la madre del tenor asesinado. Así supo Carsen evocar a Pirandello en la consustanciación de personajes y espectadores que deshizo la usual alternativa de ficción y realidad en este talentoso trabajo escénico.
Entre un elenco de cantantes de buen nivel se destacaron dos figuras excepcionales. Roman Burdenko no sólo convenció como un Prólogo de solido legato e incisivo mordente sino también como un Alfio similarmente intenso. Y Corinne Winters se impuso como una Nedda de ágil articulación y vibrante timbre lírico. También ágil y bien articulado sonó el Canio de Ricardo Massi, pero su timbre careció del apoyo, color y solidez para un rol que decididamente pide ser spinto antes que lírico. No faltó en cambio apoyo y proyección al Turiddu de Seokjong Baek aún cuando su timbre fue perjudicado por un color excesivamente metálico. Como Santuzza, Raehann Bryce-Davis luchó encauzar su frondoso caudal de voz en un fraseo que le salió poco nítido y por ello sin esa convicción dramática para espetar una pasión que como en pocos otros personajes operísticos requiere ser espetada a través de cada sílaba.
Al frente de una soberbiamente preparada Filarmónica de los Países Bajos, Andre Batttistoni, un director emergente como entre las más estelares batutas operísticas de la actualidad, dirigió un Pagliacci pleno de lirismo y detalle dramático y e impuso a Cavalleria Rusticana una intensidad exenta de grandilocuencias, firme en el apoyo a los cantantes y gloriosamente diferenciada en sus posibilidades cromáticas. Fue gracias a ello que en ambas obras los dos interludios se cargaron de la intensidad necesaria para impulsar el avasallador dramatismo de las escenas finales.
Y como en estas dos obras el canto coral es un protagonista esencial, corresponde reconocer la aquí la intensa proyección de masa de los coros de la casa, también magníficamente preparado para actuar el verismo de precisa e inimitable vitalidad insuflado por Carsen.
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