Ante todo, situémonos. Estamos en el concierto inaugural de “Simfònics al Palau”, el ciclo que se celebra cada temporada en el Palau de la Música de Barcelona, y cuyo protagonista principal es la Orquesta Sinfónica del Vallès, formación cuya sede se encuentra en la ciudad de Sabadell, y que el próximo año celebrará el cuarenta aniversario de su fundación. En esta recién iniciada temporada, sólo en el Palau, tiene programados cerca de treinta conciertos, en los cuales la orquesta deberá consolidarse, un año más, como una de las mejores formaciones sinfónicas de Cataluña.
Tal como indicamos en el título de la reseña, en este primer concierto de la temporada, se ha situado el objetivo en la espectacularidad orquestal, echando mano de un programa interesante y ecléctico, que ha reunido cuatro obras cuyos lazos de unión proceden de canales distintos. Así pues, tuvimos dos “emperadores” en la primera parte del concierto, muy diferentes entre sí, como lo fueron también las dos obras que llenaron la segunda parte. En común tienen todas ellas, como se ha mencionado, su brillantez orquestal, aunque el trasfondo estético y psicológico de las mismas es marcadamente dispar.
El “plato fuerte” de la velada ha sido, sin lugar a dudas, el magnífico Quinto concierto de Beethoven, que nos proporcionó la presencia de la pianista barcelonesa Alba Ventura, quien se encuentra posiblemente en el mejor momento de su madurez interpretativa. Enfrentarse a un “conciertazo” como este entraña una serie de dificultades técnicas, estéticas, e incluso físicas, que cada solista debe resolver según sus posibilidades personales. Es una obra a la que debe uno entregarse en cuerpo y alma (los oyentes también) y que siempre parece exigir más de lo que puede aportarse, tanto en los momentos de máximo pugilato como en los que reina la ternura y la melancolía. Como es natural, Alba Ventura resolvió el asunto a su modo; por así decirlo, remontó la imponente cordillera al paso que más le convenía y con sus herramientas propias de escalada.
El Allegro inicial se presentó sin la exagerada contundencia que a menudo se le suele otorgar. Alba optó por atender más el trasfondo poético, ofreciendo una lectura basada en la elegancia y la sutilidad, que ciertamente sonó muy bien. El Adagio un poco mosso constituye una de las páginas más sentimentales y frágiles del autor, en contraste absoluto con el primer movimiento. Terreno propicio para la solista, que en los momentos de mayor delicadeza, parecía acariciar las teclas más que pulsarlas, mostrando así su especial comunión espiritual con la música. Ciertamente hermoso.
Se me ocurre formular ahora una pregunta comprometida: ¿Hemos asistido a una interpretación que podríamos denominar “femenina” del Concierto de Beethoven? ¡Dios mío! ¡Me estoy metiendo en un berenjenal del que no sé si sabré encontrar la salida! Así que mejor dejo la cuestión en el aire y que cada uno la resuelva como mejor le parezca.
Eso sí, que quede claro que esta referencia a una interpretación sexista, políticamente poco correcta, pero que me permito citar porque brotó espontánea en mi pensamiento durante este maravilloso segundo movimiento, no posee ninguna intención malévola. Más bien todo lo contrario. El hecho de que Alba se mostrara amable, diáfana y cariñosa con la partitura, no impidió que, cuando dicha partitura lo exigía, echara mano de la elocuencia y el vigor necesarios.
En gratitud por los aplausos recibidos, la pianista propuso en su propina un claro contraste con el recién escuchado Rondó, regresando a la fragilidad del Adagio, para brindarnos el famoso Clair de lune, una de las páginas más suaves y cristalinas de Debussy.
La orquesta, aún sin alcanzar la sutilidad con que nos obsequió la solista, se mostró en todo momento firme y segura, bien conducida desde la tarima por un voluntarioso Andrés Salado, quien justamente inicia la que será su segunda temporada como titular de la Orquesta Sinfónica del Vallés.
A mi modo de ver, donde más brillaron la formación y su director fue en las dos obras contemporáneas que se ofrecieron al inicio de cada parte del programa, en especial en el Icarus de Lera Auerbach, un poema sinfónico compuesto en 2006 a partir de los dos últimos movimientos de la Sinfonía n.º 1 de la propia autora, que evoca la tragedia de Ícaro, quien escapó volando de su cautiverio en la isla de Creta mediante unas alas construidas por su padre, Dédalo, y murió en su intento de acercarse al sol.
La obra está repleta de brillantes y originales recursos orquestales, y culmina en un final a modo de canto fúnebre en el que destaca como solista el primer violín de la orquesta. Este pasaje, de sutil y evocadora belleza, parece proponer una inextinguible despedida del que ha sido uno de los héroes más antiguos de la cultura occidental.
En cuanto a la suite sinfónica de la banda sonora de El último emperador de Bernardo Bertolucci, debo reconocer que cuando vi la película no me fijé demasiado en la parte musical, lo cual no tiene por qué ser negativo, ya que debemos tener en cuenta que las bandas musicales no están para competir con las imágenes de las películas, sino más bien para enfatizar la belleza plástica de las mismas.
Escuchada en concierto, esta suite resulta de lo más efectiva, un retrato musical tanto del poder imperial como de la fragilidad del mismo, donde Ryuichi Sakamoto combina un esqueleto melódico oriental con una cimentación sinfónica de corte occidental. Ambas obras fueron magníficamente interpretadas, mostrando Andrés Salado un perfecto dominio de las partituras.
Y si la primera parte del concierto tuvo como punto culminante el “brillantísimo” Concierto Emperador, para el final de la velada se nos ha propuesto la “más que brillantísima” Obertura Solemne 1812, obra de encargo que nunca gozó de la simpatía de su autor pero que acabó siendo una de las partituras más populares de Chaikovsky. Se trata de una pieza repleta de arrebatadores contrastes, de ideas melódicas y de virtuosismo orquestal, hasta el punto de rozar en algunos momentos la exageración, por no decir el paroxismo. Un auténtico caballo ganador que, sin embargo, puede transformarse en un arma de doble filo, dadas sus dificultades de interpretación.
Andrés Salado dirigió la obra a la vez con pasión y cautela, intentando controlar en todo momento el recargado cauce del torrente musical. A la orquesta se la vio entregada en cuerpo y alma, y el resultado fue, en verdad, convincente y satisfactorio. Tan solo señalar una cierta falta de claridad en algunos momentos de gran densidad sonora, lo cual, quizás más que a la orquesta, se pueda achacar a la propia sonoridad del Palau, que se tambalea ligeramente cuando se presentan obras tan espectaculares como esta.
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