España - Cataluña

Un gran pianista... ya no tan joven

Andreu Ripol
Dmytro Choni
Dmytro Choni © 2026 by Palau de la Música Catalana
Barcelona, lunes, 21 de septiembre de 2026.
Palau de la Música Catalana. Debussy: Seis Preludios. Rajmáninov: Seis Preludios. Brahms: Cuatro Klavierstücke Op. 119. Lyssenko: Rêverie Op. 13. Rapsodia sobre temas folclóricos ucranianos n.º 2 “Dumka-Shumka” Op. 18. Dmytro Choni, piano. Ciclo Palau Piano 26-27
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Tengo la manía de pensar en Dmytro Choni como un pianista recién iniciado en las salas de concierto. Se me ha quedado su imagen como la de una joven promesa. Desde luego, Choni es un hombre joven, pero ya no tanto, y de promesa, nada de nada; en todo caso podemos llamarle “joven realidad”. Actualmente tiene 33 años, y carga en su mochila unos cuantos conciertos por todo el mundo, así como cerca de media docena de grabaciones discográficas.

Creo que esa etiqueta de jovencito prometedor se ha fijado en mi mente por dos motivos. Por un lado, su apariencia menuda y su semblante un tanto aniñado, y por otro, la imagen quizás más impactante de su carrera: el primer premio que obtuvo en el Concurso Internacional de Piano Paloma O’Shea, merced a una espléndida interpretación del Concierto n.º 3 de Prokofiev. Pero esto sucedió en 2018, hace ya casi una década, y desde entonces, como se ha dicho, ha hecho muchas cosas y muy interesantes, y su evolución artística ya se encuentra en el umbral de aquello que denominamos madurez.

En esta su tercera visita al Palau de la Música de Barcelona, Choni ha tenido el honor de protagonizar la inauguración del ciclo Palau Piano 26-27, y como en las ocasiones anteriores, su programa se ha basado en piezas cortas de diferentes autores. Repite dos compositores de su primera actuación, en 2022, ya que forman parte de su biblia de pianística. Se trata de Brahms y Debussy, a los que se añade a Rajmáninov y un compositor ucraniano, que nunca falta en sus recitales. En sus visitas anteriores nos ofreció música de Silvéstrov, y en esta ocasión ha preferido incorporar un par de obras de un compositor poco conocido en nuestras salas de concierto, Mycola Lissenko.

Es fácil caer en el error de creer que las obras de corta duración son más fáciles y manejables para los intérpretes que las obras de mayor envergadura. Quizás podría ser así si comparamos la Sonata Hammerklavier de Beethoven con sus bagatelas; o la suite Cuadros de una exposición de Mussorgsky con las pequeñas piezas del propio autor. Pero, dejando de lado excepciones tan exageradas como estas, menospreciar las obras de pequeño formato frente a las de complexión atlética resulta casi siempre un craso error.

Un programa elaborado en su integridad por piezas cortas de diferentes autores puede ser más complicado de lo que parece. Todos sabemos que bajo la tenue apariencia que nos otorga una duración de dos o tres minutos, los preludios, estudios, rapsodias, Klavierstücke, esconden una gran riqueza de impresiones y sentimientos. Cada pequeña pieza de un gran autor evoca un paisaje, una emoción, un afecto, un desengaño… y no es fácil transmitir con economía de medios esas impresiones y sentimientos.

Y si los autores pertenecen a un periodo o estilo más o menos cercano entre sí, se añade una nueva complicación, con la que me he encontrado en algunos recitales. Se trata de la confusión de identidades, de la transmisión excesivamente monótona de las sensaciones… ¡y no es lo mismo la forma en que expresan sus íntimos sentimientos Brahms y Debussy!

Dmytro Choni ha demostrado su calidad y madurez sabiendo expresar del mejor modo posible el pensamiento musical de cada autor, extrayéndolo con devoción del menudo esqueleto de cada pieza. Y, desde luego, manteniendo la identidad y el estilo que hace inconfundible a cada uno de los compositores que han protagonizado su recital.

La primera parte del concierto se ha centrado en una forma musical y en un año concretos, pues tanto Debussy como Rajmáninov compusieron sus preludios para piano en 1910. El autor ruso había compuesto su primera serie de preludios casi diez años antes, pero la mayoría de los que se interpretaron en el recital pertenece a la segunda serie, el Op. 32, contemporánea de las piezas homónimas de Debussy.

Del autor francés, siempre interesado en mostrar impresiones o intuiciones antes que descripciones, ChonI eligió seis páginas evocadoras, deliciosas, contrastadas entre sí. Interpretó con irresistible dulzura Ondine y La fille aux cheveux du line, dejando más campo libre a su virtuosismo en piezas como Les Collines d’Anacapri, Feux d’artifice, o Des pas sur la neige, esta última con suaves reminiscencias de la Suite Iberia de Albéniz.

En los cinco preludios del Op. 32 de Rajmáninov es donde más se pudo calibrar el discernimiento de personalidades y estilos, pues estas piezas, por así decirlo, son las más “debussynianas” del compositor ruso, a diferencia de los preludios Op. 23, más cercanos al espíritu de Chopin, como se pudo comprobar en el sexto y último preludio de la primera parte, Op. 23 nº2, uno de los más brillantes y conocidos del autor.

Choni, con las ideas muy claras, esgrimió su mejor técnica para desenvolverse en una música que exige un elevado nivel de virtuosismo, sin olvidarse en ningún momento de plasmar la genuina esencia rajmaninoviana. Hasta me pareció raro contemplar esa figura, pequeña y frágil, de buen niño, lanzada sobre el teclado con una fuerza y una energía insuperables.

La segunda parte del concierto resultó más corta y heterogénea, pero no por ello menos interesante. Las Klavierstücke Op. 119 de Brahms responden a ese espíritu complejo que se esconde en las piezas de corta duración del que hablábamos al inicio del artículo. Están repletas de brillantez y libertad formal, como si intentaran alcanzar la escritura orquestal, y al mismo tiempo, muestran las íntimas reflexiones de un hombre ya mayor, que se siente en la plenitud de su madurez. Y justamente esa madurez brahmsiana la hallamos también en el piano de Choni (vuelvo a repetir, ya no es tan joven este muchacho), que ha sido capaz de transmitir al oyente ese juego de perspectivas que se esconde en las tres primeras piezas y que culmina en la brillante rapsodia, cuyo tema principal se erige como un homenaje al Carnaval de Schumann.

Para finalizar su actuación, Choni propuso una incursión en su tierra ucraniana, a través del compositor y musicólogo Micola Lissenko (1842-1912), uno de los principales defensores de la música nacionalista ucraniana, amigo de Chaikovsky, que sin embargo, no permitió a éste estrenar su ópera Taras Bulba en Moscú por no poder ser cantada en la lengua ucraniana, debido a la intransigencia de la censura del imperialismo zarista.

Pudimos escuchar dos de las mejores obras pianísticas de este curioso compositor. Por su color nostálgico, Rêverie se sitúa más cercana al resto de piezas interpretadas anteriormente, mientras que su Rapsodia sobre temas folclóricos ucranianos “Dumka-Shumka”, con sus casi diez minutos de duración, se constituyó en la obra más larga de la velada. Un juego de danzas contrastadas (Dumka es la de ritmo lento y Shumka la rápida y trepidante) que acaba del modo más espectacular, y al que ha respondido de la mejor manera ¡cómo no! esta “joven realidad” llamada Dmytro Choni, quien recibió la ovación de un público que llenaba platea y anfiteatro, y en el que abundaban los turistas extranjeros. 

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