Teatro de la Zarzuela de Madrid © Domingo Fernández | Teatro de la Zarzuela
Sirvan estas reflexiones con motivo de mi asistencia el pasado verano a un afamado Teatro de Madrid (que por discreción omitiré) para asistir a una función de una llamada “Zarzuela Grande” (que por iguales motivos asimismo omitiré) después de mucho e injustificado -o sí- tiempo de no asistir a este tipo de espectáculo, que por cierto fue el que me inició luego tanto en Ópera como en Música Clásica. Vaya por delante mi reconocimiento al renovado Teatro de la Zarzuela de Madrid, antigua sede operística previa a la reapertura del Teatro Real, en aras a dignificar tal maltratado género, pues las producciones de las que he podido disfrutar de dicho recinto pueden colmar las exigencias del más refinado de los aficionados.
Quiero referirme en este caso, evitando si es el caso más referencias al citado Teatro, a las crónicas y paupérrimas representaciones que pululan, más allá de los eventos estivales, de una categoría músico-teatral que a mi juicio merece un poco más de respeto.
Pongámonos en situación, omitiendo nombres y lugares. Una representación veraniega de una “Zarzuela grande”, en un Teatro semivacío, con localidades de 50 € en Anfiteatro, y donde lo que se encuentra el asistente es un foso orquestal de no más de veinte músicos, un coro de apenas quince voces y un decorado reducido a un panel con ruedas que los mismos actores y cantantes ruedan para fingir un ambiente acorde a la acción que se desarrolla sobre el escenario.
Desde luego que no pretendo una reproducción a tamaño real del Palacio de Oriente, ni de la Puerta de Alcalá, pues con pocos recursos se pueden obtener muy buenos resultados -imaginación al poder- pero esta producción.... Bueno, al menos el sonido no era amplificado y cierto es que las escasas huestes vocales y orquestales estaban medianamente afinadas y lo daban todo de sí con resultados al menos no desastrosos, de andar por casa diremos.
Lo que me llamó mucho la atención fue el intento de diálogo del Director artístico y protagonista ante el escaso público de la función recién acabada, sin un triste descanso por decirlo todo, pregonando las próximas veladas que ofrecían y la ausencia de subvenciones que aquejaban a su compañía, cual vendedor de pipas en cine de barrio. Aparte de considerar que la Cultura no se mendiga, se exige, y que cada cual haga de su capa un sayo, mi ausencia de estas lides, como dije, desde hace mucho tiempo -interrumpida este año con una excelente producción de La Verbena de la Paloma en el Auditorio de Tenerife- me remite a mis años de adolescencia, recién iniciado en estos gustos musicales.
Recuerdo las Temporadas de Zarzuela que se celebraban en el Auditorio del Centro Cultural Villa de Madrid, ahora Teatro Fernando Fernán Gómez, bajo los auspicios de Compañías privadas (seguramente no subvencionadas a los principios de los 80, no lo sé) como las de Juan José Seoane o Isaac Albéniz (vista en gira por Tenerife sobre esas fechas). La carencia de medios y posibles era más que evidente, con orquestas minúsculas y coros aficionados, escenarios que olían a polilla, pero eso sí, mucho empeño, como ahora.
Mi memoria me permite llegar también a dichas funciones, donde a la dicha escasez de todo se intentaba captar al público, al precio de 200 pesetas (0,80 céntimos para los jóvenes) a unas representaciones a las que se unían excelentes cantantes y actores, pese a todo. Hablemos de Mari Carmen Rodríguez, Martín Grijalba, Antonio Ramallo, Alfonso del Real, Enrique del Portal, Ricardo Jiménez, etc etc... Yo no creo que esa gente, muchos ya consagrados, lo hicieran por dinero. Todo ello trufado con la incansable batuta de Dolores Marco, quien merece post mortem todo mi reconocimiento por aquellas vetustas pero bellas veladas.
Llegados a este punto, y tras la experiencia referida, denoto que los esfuerzos, interesados o no -no me interesa ni al lector- de nuestras grandes referencias musicales como Plácido Domingo, Montserrat Caballé, Jaume Aragall, Teresa Berganza, Manuel Ausensi y cientos de ellos más, no han devenido en la dignificación de la Zarzuela, con excepción de lo antedicho.
No me puedo imaginar en paises dotados de géneros muy similares como Austria (Johann Strauss, von Suppé, Lehar) o Francia (Offenbachh por todos) una desconsideración hacia sobre sus propios artistas como la que sufrimos en España. Y no se trata de que nuestro género nacional sea mejor que el de nadie, es que debe tener su consideración y difundirlo de manera digna y adecuada, sin funciones de baja estofa ni proselitismo chabacano.
Al respecto, y como triste experiencia debido a las canas que adornan mis sienes, asistí en la Plaza de las Ventas de Madrid a finales de los años 70 a un intento de recuperación o más bien reclamación del espectáculo al que me refiero, bajo la dirección del ínclito José Tamayo, que con su abundancia de medios sí que tiraba por tierra cualquier dignificación de la Zarzuela. Por supuesto amplificada la Orquesta y Coros, de un nivel mediocre, pese a mi corta edad me sentía atrapado cuarenta años antes en las reuniones nazis de Nüremberg, con un público enfervorizado ante los sones de 'Soldadito Español' de la zarzuela Cádiz donde no sobraban manos alzadas y banderas con el aguilucho. Yo quería escuchar música.
El devenir de la Zarzuela creo está por escribir en función de que se mejoren y cuiden las representaciones, que los artistas se involucren, y más las Instituciones Públicas para preservar un legado impresionante, del que conocemos sólo la punta del iceberg, pero siempre haciendo las cosas bien, con cautela, profesionalidad y aprovechando su rica y variada producción.
El porqué este género triunfó en nuestro pais por encima de la Opera sigue siendo objeto de debate entre los musicólogos. Quizá por cercanía lingüística cuando no existían los subtítulos y el desconocimiento de lenguas foráneas era endémico, unida a la escasez de producciones propias, o bien por afinidad cultural a la vista de las ambientaciones folklóricas que abundaron en sus creaciones. Valgan como ilustraciones El Caserío de Guridi en Euskadi, La Revoltosa de Chapí en Madrid, La Rosa del Azafrán de Guerrero en La Mancha, La Parranda de Alonso en Murcia, La del Soto del Parral de Soutullo y Vert en Castilla, Maruxa de Vives, luego convertida en ópera en Galicia, Canço d´amor i de guerra de Martinez Valls en Cataluña. Los de Aragón de Serrano no hace falta decirlo, o La Boda de Luis Alonso de Giménez en Andalucía. No es de extrañar que esa cercanía cultural atrajera a un público ya de por sí no muy instruido, más que las historias de reyes y nobles italianos, ingleses o franceses, dioses germánicos o leyendas centroeuropeas o nórdicas.
Cabe reseñar asimismo, y como claro ejemplo del maltrato a la Zarzuela, la irrelevancia concedida a la misma cuando parte de compositores patrios más que consagrados incluso a nivel internacional en otro tipo de repertorio, léase a Manuel de Falla (Los amores de la Inés), Isaac Albéniz (San Antonio de la Florida), Joaquín Turina (Fea y con gracia) o Rodrigo (El Hijo Fingido), valga como muestra un botón, pues jamás se ha movido una iniciativa -excepto en el último caso- de recuperación de tales obras, mientras nuestros teatros y auditorios se copan de supuestas novedades musicales que a la postre resultan infumables y que casi siempre pasan de “Estreno absoluto” a “Unica representación”. El lector me disculpará que apele de nuevo a la discreción.
En suma sirvan estas breves reflexiones, aunque se eleven como un grito en el desierto, para reivindicar un género rico en producción y calidad, en orden a incentivar propuestas rigurosas tanto musical como escénicamente, que respeten un patrimonio único y aún por descubrir.
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