En el número de The Oldie del pasado mes de mayo Richard Osborne publicaba un artículo sobre música filmada. En él Osborne razonaba cómo las decisiones del director (el de la filmación, no el de la partitura) podían condicionar la escucha del espectador. Sin embargo, también defendía que “hay conciertos que se deben ver”, y ponía como ejemplo una reciente interpretación de la Tercera Sinfonía de Gustav Mahler a la que había asistido. Concuerdo: nada como diez contrabajos, dieciocho fanfarrias y ocho percusionistas en escena para disfrutar de un gran espectáculo visual.
Por eso, aunque la música de Mahler cada vez me gusta menos, decidí ir a este concierto de inauguración de la temporada 2026/2027 de la Orquesta Sinfónica de Galicia. Un servidor y muchísima más gente: la sala estaba llena hasta la bandera (en concierto de sábado -no quiero imaginar cómo estaría la víspera- y coincidiendo con un partido oficial de la Selección Española de Fútbol). Aforo completo, como “completo” lucía el cartel en el aparcamiento del teatro, y el de “agotado” en la mesa de los programas de mano. Naturalmente, eso hacía presagiar una ovación final de las grandes (ya anticipada por el respetable tras los tres primeros movimientos de la obra).
Porque no sólo el espectáculo visual resultó espléndido, sino también la interpretación sonora. González Monjas -que ha renovado su contrato con la OSG hasta 2029- había estudiado a fondo esta sinfonía desmesurada: dirigió con concentración máxima, no dejó ni una entrada sin marcar (y en esta obra las hay hasta decir basta), acertó con los tiempos (la cosa duró sus siete cuartos de hora de rigor), y cuidó los planos sonoros (si bien es de justicia reconocer que ese mérito es sobre todo de Mahler, que sabía muy bien cómo controlar este aspecto y así lo dejó escrito en la partitura). Por otro lado, la orquesta se entregó a fondo, capitaneada por sus dos concertinos (que buena falta hacen, porque Mahler juega constantemente con los divisi).
González Monjas construyó el monstruoso primer movimiento de forma gradual, reservando para su coda frenética la mayor fuerza, pero sin dejar de propulsar el discurso. Estupendas las nueve trompas en su entrada y en su recapitulación, magníficos los solos del primer trombón y la primera trompeta (ambos contaron con tiempo suficiente para frasear con gusto), presencia imponente pero no apabullante de la percusión, y exhibición de virtuosismo en maderas y cuerdas (a costa de falta de empaste en algunos momentos).
Cuando se hizo el silencio tras los aplausos espontáneos del público (a quién le puede extrañar esa reacción tras escuchar semejante maremoto sonoro) y antes de comenzar el Minueto, sonó un teléfono móvil en la sala. El maestro pucelano se dio la vuelta, y con la mejor de sus sonrisas y la más exquisita de las educaciones se dirigió a los presentes diciendo que aquí veníamos a olvidarnos de las preocupaciones y de los telefonillos, que ahora venía la parte más espiritual de la sinfonía, y que nos daba un minuto para que todo el mundo comprobase que tenía su aparato apagado. Así fue.
El segundo y el tercer movimiento no son más que apéndices del primero: el dios Pan sigue haciendo de las suyas, en aquél más delicadamente y en éste con más decisión. Por supuesto hay que destacar el larguísimo -y para mí aburridísimo- solo de trompeta (o de corneta de posta) en el Scherzo: lamento no poder citar al instrumentista encargado de ello, pero sí le felicito por su desempeño. También felicito a la joven mezzo china Yajie Zhang, que cantó el texto de Nietzsche con una voz de color tornasolado muy apropiado para la ocasión y con proyección suficiente (lástima que las “t” finales de “Mitternacht”, “Acht”, “gedacht” o “erwacht” -cuya dicción obviamente debe subrayarse- las pronunciase como “ts”).
Los coros cumplieron, sin más, lo cual no tiene la menor trascendencia en esta obra. Sí la tiene -y mucha- el Finale, y ahí González Monjas echó mano de su amplia experiencia como violinista. No sólo consiguió un empaste maravilloso de la cuerda desde el pianissimo inicial hasta el calor intenso de la conclusión, sino que en el fraseo -nunca arrastrado- atinó con el espíritu de redención y de perdón que tiene este movimiento “lento y lleno de calma” (claramente Mahler tuvo presente el Parsifal cuando escribió esto). La apoteosis final fue lo que tenía que ser: firmemente cimentada en la cuerda grave, con los metales a todo vapor (aunque con cierta dureza en su intervención conjunta), y con los dos timbaleros avanzando a placer tras la última explosión de los platillos -golpe de efecto sonoro y visual dado por tres percusionistas-.
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