La Traviata ha sido el título elegido para inaugurar la temporada de otoño-invierno del Palacio de Festivales de Cantabria. Una producción del Teatro Municipale di Piacenza cuya escenografía, creada por Mariana Moreira, consistió en un elegante salón neoclásico que encierra un espacio neutro y poco mutable para albergar la esencia dramática de la obra.
Los elementos que individualizaban las distintas escenas eran mínimos y simbólicos: una mesa, una cama, un diván y candelabros a distintas alturas, que con una iluminación sencilla y pulcra crearon una estética visualmente limpia y congruente con la pretensión de realzar la unidad espacial y emocional del drama. Al diseño de vestuario, sobrio y elegante (todos de negro salvo la blancura de Violetta) se añadió el continuo deambular de un personaje mudo simbolizando la muerte que acecha a la protagonista.
De la dirección escénica ideada por Roberto Catalano se encargó la repositora Anna Laura Miszerak, quien no puso mucho empeño en su cometido, relegando al coro al fondo del escenario y dejando que los protagonistas se ubicaran a su albur a lo largo de sus intervenciones. Un Coro Lírico de Cantabria, por otra parte, muy discreto en voces y en intensidad actoral que no llegó a complementar con verdadera eficacia el universo de la obra.
El director de orquesta Miquel Ortega tampoco consiguió elevar el nivel musical. Una dirección rutinaria y no muy refinada que se contentó con que la Bilbao Orkestra Sinfonika no tapara las voces individuales y con las que hubo algún puntual desajuste. Lamentablemente también la preciosa obertura verdiana y el preludio del tercer acto resultaron casi inaudibles ante el alud de toses, carraspeos, teléfonos móviles y conversaciones entre los asistentes. Una pena.
Sabina Puértolas en el papel protagonista comenzó el primer acto titubeante, parecía que había perdido parte de su potencia vocal y que se encontraba frecuentemente con dificultades técnicas, con un volumen demasiado bajo en la mitad inferior de su registro y ligeras pérdidas de control sobre su línea vocal. Esos problemas se atenuaron en los dos actos siguientes ya que reflejan mejor la fragilidad y vulnerabilidad del personaje, relacionando la inestabilidad de su voz con la condición de mujer enferma y moribunda.
Al final de la representación explicó al público que llevaba los dos días previos padeciendo una afección laríngea y pidió disculpas, agradeciendo también la ayuda y comprensión del respetable y del resto del elenco.
El tenor Andrés Sánchez-Joglar fue el atribulado Alfredo Germont, especialmente engolado durante sus pasajes de bravura del Acto II, forzado con golpes de glotis en su registro agudo y con cuestionables elecciones de fraseo y legato.
Similar desempeño fue el de Mario Cassi, que se esforzó por dotar a su Germont de color, potencia y una articulación que no llegaron a alcanzar una musicalidad y una interpretación plenamente convincentes.
El reparto se completó con un grupo de cantantes, en su mayoría cántabros, que aportaron algo más de entusiasmo y compromiso a la producción.
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios