Que Midori protagonizara este concierto de Cámara y Recitales del CCMD fue un acierto incontestable por varias razones. La primera, y si se quiere más prosaica, fue la masiva asistencia del público al primer evento de un ciclo que no ha alcanzado el grado de implantación que sí tiene el de temporada de la OSCyL. Este año, además, se aprecia un deseo de innovar con varios conciertos: arreglos de Radiohead o Rajasthan Express, música de Kurtág, recitales con guitarra o imitativos del siglo xix y Clara Schumann, etc. Creo que es lo que le estaba haciendo falta a un abono que, sin dejar de aprovechar artistas habituales o colaboraciones provechosas (Fundación Juan March, CNDM), ofrece esos puntos de originalidad que puede atraer al público a una sala de acústica tan excepcional.
La calidad de este concierto fue, además, altísima. El cambio en el orden del programa, con Schubert al principio, fue todo un acierto, porque se notó que Midori no estaba tan motivada como con el resto de las obras. Los profesores de la OSCyL que la apoyaron en todo momento, en plantilla variable, la acompañaron con delicadeza y el Rondó en la mayor es una obra muy agradable, pero no ofrece esas posibilidades de fraseo y tensión en las cuales la japonesa se crece.
Se la notó un poco imprecisa y sin especial entusiasmo, pero esto cambió pronto gracias a Haydn, como por otra parte es lógico: su Concierto para violín n.º 1 recibió una interpretación irreprochable, con la violinista muy centrada, sorteando sin problemas las dificultades por ejemplo de tercer movimiento, que no son cualquier cosa. Es una obra muy complicada que salió excepcionalmente bien, en parte gracias a la ayuda de la miniorquesta de cuerda, un conjunto que llevó a cabo su cometido de forma óptima.
Si Haydn fue maravilloso, Mozart fue simplemente Mozart. Midori sonó en estado de gracia, y su perfección formal hizo que su exquisito fraseo trascendiera de alguna manera el momento y nos permitiera centrarnos en la simple emisión de música pura, sin tiempo ni espacio. Todo fue excepcional, desde el contraste tímbrico entre violines y violas, delicadamente expuesto por compositor e intérpretes, hasta el equilibrio entre los cinco miembros del quinteto, tan motivados como la protagonista. No sabría destacar nada en especial, porque todo tuvo el carácter justo como para favorecer y nunca quebrar esa especie de ambiente mágico, de corriente continua entre músicos y público. Como musicógrafo, en cierta medida renuncié a ejercer y a la futura descripción, porque hay interpretaciones que merecen que nadie ejerza de nada. Por tanto, esto se acaba aquí mientras el Quinteto n.º 4 probablemente siga sonando.
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