La Orquesta de Córdoba ha inaugurado su temporada de abono en el Gran Teatro con un programa de contrastes que reunía el Triple concierto de Beethoven y las Variaciones Enigma de Elgar. De esta forma la propuesta combinó una de las partituras más singulares y poco frecuentadas del catálogo beethoveniano, interpretada en una única ocasión por el conjunto sinfónico cordobés durante la primavera de 2008, con una obra maestra del repertorio orquestal británico inédita en la ciudad.
El Triple concierto, compuesto entre 1803 y 1804, plantea el doble desafío del equilibrio entre violín, violonchelo y piano, así como el diálogo entre estos instrumentos solistas y la orquesta. Para esta ocasión se reunieron tres jóvenes intérpretes con prometedoras trayectorias internacionales -Giuseppe Gibboni al violín, Luka Coetzee al chelo y Gile Bae al piano- cuyo cometido resultó satisfactorio en una interpretación que fue ganando cohesión a medida que avanzaba la obra. Aunque la interacción entre los solistas no siempre alcanzó la deseable intensidad, particularmente en los pasajes más camerísticos, y aparecieron puntuales desajustes, la lectura terminó convenciendo. Tras unos primeros compases en los que el sonido de los contrabajos resultó algo áspero, la Orquesta de Córdoba fue ganando unidad, acreditando una vez más su idoneidad para este repertorio.
La entrega y solvencia de los tres protagonistas tuvieron su mejor expresión en el soberbio bis, en el que la brillantez instrumental del célebre rondó del Trío con piano nº39 en sol mayor -conocido como Trío Gitano- de Haydn proporcionó un contrapunto ideal a la obra de Beethoven, permitiendo a Gibboni, Coetzee y Bae lucirse en una página que el público recibió con gran entusiasmo.
La segunda parte, dedicada a las Variaciones Enigma op.36, permitió apreciar una faceta más convincente de la formación cordobesa. Compuesta en 1899, esta sucesión de retratos musicales inspirados en personas del entorno de Elgar exige un importante trabajo tímbrico y demanda numerosas sutilezas expresivas. Salvador Vázquez dio cuenta de ello en una partitura que constituye una piedra de toque para cualquier batuta. El contraste entre la contención y sobriedad de algunos episodios, el despliegue lírico de “Nimrod” y la apoteosis final del autorretrato de Elgar constituyó uno de los aspectos más logrados de la velada. Sin recurrir a una suntuosidad que ni las cualidades de la orquesta ni la acústica del recinto pueden ofrecer, el director consiguió una lectura bien articulada y de una intensidad hábilmente dosificada.
La interpretación tuvo, sin embargo, un inesperado paréntesis: durante la segunda variación, un fallo de iluminación dejó prácticamente a oscuras el escenario y la imposibilidad de leer las partituras obligó a interrumpir la ejecución. Restablecida la luz unos cinco o seis minutos después, Vázquez, que entretanto había aprovechado la espera para dirigirse al público y reivindicar la excelencia de la obra, optó muy acertadamente por comenzar de nuevo desde el principio, preservando así la continuidad de una partitura concebida como un todo.
La calurosa acogida del público se prolongó al término de la velada con nuevas muestras de reconocimiento para la Orquesta de Córdoba y Salvador Vázquez, quien, en su cuarta temporada como director titular de la misma, parece afianzar una línea de trabajo cuyos frutos se hicieron especialmente visibles en la lectura de Elgar.
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios