Basta con leer el cartel para celebrar que el programa de esta noche está muy bien pensado. La conexión entre las cinco obras es evidente en su influencia transoceánica (en viaje de ida y vuelta); la coherencia en el carácter amable es manifiesta (otra cosa es que técnicamente la cosa no sea nada fácil); y -por una vez- todas las piezas le sientan como un guante a una orquesta del tamaño de la Real Filharmonía de Galicia, esta noche por primera vez en un concierto de abono bajo la batuta de su nuevo director asistente, el cubano César Ramos.
Hasta ahora no había visto a Ramos en concierto, y no pude llevarme mejor impresión. Su gesto es conciso y poco variado pero muy claro -desde el patio de butacas se ve claramente lo que quiere transmitir-, y se le nota seguro al dirigir, erguido y sin hundir la nariz en la partitura. Pero lo importante es el resultado sonoro, que me pareció irreprochable, traducido en el hecho de que sabe sacar de la Real Filharmonía un sonido grande y redondo. Creo que ha sido una elección acertada.
Para empezar, Ramos tocó la breve Bachiana brasileira nº 9 habiendo trabajado a fondo el empaste de la cuerda, y destacando en la fuga la progresión armónica descendiente tan característica de su autor. Para resumir su interpretación de Le Tombeau de Couperin será suficiente decir que no tuvo nada que envidiar a las que nos regaló en su día Antoni Ros Marbà: desde los clarísimos planos sonoros en el encaje de bolillos de las maderas al comienzo, hasta la amplitud sonora en “Rigodón”, todo dicho con la dulzura que pide la pieza.
Le boeuf sur le toit no es una dulzura, sino directamente una chuchería llena de azúcar, irresistible para cualquier oído. Ramos hizo que el público se divirtiera gracias a un trabajo impecable en el pulso (al fin y al cabo es música de ballet), en la seguridad con que abordó cada súbito cambio de tiempo y de dinámica, y en la finura al destacar todas las intervenciones solistas. Aquí tienen mucho trabajo los primeros atriles, empezando por las trompetas y acabando por el percusionista José Vicente Faus, quien salió más que airoso de las múltiples síncopas que contiene su parte del güiro.
No conocía Aux étoiles de Henri Duparc (estoy seguro que como la mayoría de quienes estábamos en el concierto) ni en grabación ni en concierto. Se trata de una brevísima pieza para orquesta -apenas cinco minutos-, cuyo subtítulo “Poème nocturne” ya le pone a uno en la pista de que se va a escuchar una de las “rêveries” que tanto gustaban de practicar los compositores franceses de la época. Sonó estupendamente, pero no me quedaron ganas de volver a escucharla.
A César Ramos tampoco, porque sin solución de continuidad arrancó la Sinfonía de Georges Bizet. Y la arrancó con todo el brío que requiere el primer movimiento, al que le dio buen ímpetu sin incurrir en borrones sonoros. El tiempo lento salió impregnado de esa ternura que le da la melodía del oboe -Esther Viúdez fue la gran triunfadora de esta noche, y no sólo por su intervención en esta obra-. El mismo brío para el Scherzo, porque es obligado. Y para acabar, el delicadísimo deletreo de las semicorcheas en los primeros violines que pueblan el Finale: qué magnífico trabajo de articulación.
El público se lo pasó estupendamente, y aplaudió a rabiar. Lástima que se registrara una entrada tan pobre, aunque esta noche había una poderosa razón para justificar algunas deserciones: a la misma hora el prestigioso organista Juan de la Rubia comenzaba en la catedral su integral de la obra de Bach; conciertos que se darán en jueves, como los del abono de la Real Filharmonía. ¿El obispado contraprogramando al ayuntamiento? No diría tanto: desde hace siglos el poder eclesiástico y el poder civil se miran de frente en la Plaza del Obradoiro.
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