España - Cataluña

La soledad como vehículo musical

Andreu Ripol
Elionor Martínez
Elionor Martínez © Palau de la Música Catalana
Barcelona, jueves, 8 de octubre de 2026.
Auditori de Barcelona. Johann Sebastian Bach: Sonata para violín n.º 3 BWV 1005; Partita para violín n.º 3 BWV 1006; Suite BWV 1009 (transcripción para viola); Partita para violín n.º 2 BWV 1004. György Kurtág: Fragmentos de József Attila Op. 20. Elionor Martínez, soprano. Helena Satué, Andrea García y Patricia Cordero, violín. Noemí Fúnez, viola. Ciclo de Cámara de L’Auditori
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Estamos en el inicio de la temporada musical 2026-2027 y nos invaden las inauguraciones de los ciclos estables de los auditorios. Uno de estos ciclos es el de Cámara de l’Auditori de Barcelona, que promete una temporada muy atractiva, y cuyo concierto inaugural ha tenido muchos y buenos alicientes para atraer a un público que ha llenado la platea y los laterales de la sala de cámara, que lleva el nombre de Oriol Martorell.

En primer lugar, se nos propone una curiosa e interesante combinación de obras y autores tan distantes en el tiempo como Bach y Kurtág. Frente al género instrumental del maestro barroco, y combinado con él, pequeñas piezas vocales del centenario compositor húngaro. Es decir, el disfrute del repertorio conocido y consagrado se combina con la inquietud por adentrarse en una música contemporánea desconocida.

Otro aliciente: una presencia netamente femenina para acompañarnos en esta exploración musical. Femenina y de la casa. Cinco intérpretes españolas, cuatro instrumentales y una vocal, nos han regalado esta mágica velada. No ha hecho ninguna falta ir a la caza de fichajes extranjeros.  

Pero ha habido algo más que estos alicientes, estupendos de por sí, en el mensaje que nos ha transmitido este concierto inaugural de música de cámara. Tal como comenta el musicólogo Oriol Pérez Treviño en el programa de mano, se trata de toda una declaración de intenciones. Intenciones que se dirigen a la intimidad, e incluso, diría yo, aún más que esto.

La soledad podría ser el leitmotiv de nuestra velada musical. La intimidad es abstracta, transmite sentimientos, lanza al público mensajes de esperanza, de dolor… La soledad puede ser física. Una sola voz sobre el escenario; no importa si es vocal o instrumental; es una sola voz, sin acompañamiento de ningún tipo. ¡Qué lejanas pueden ser estilística e instrumentalmente las obras de Bach y Kurtág, pero qué cercanas pueden resultar en su intimidad y en su soledad como vehículo del arte!

Además hay otro elemento fundamental que se sitúa como lazo de unión entre la música de estos dos autores, tal como indica Oriol Pérez en el inteligente texto que ha elaborado para el programa de mano y que, desde luego, está relacionado con la intimidad y la soledad mencionadas. Me estoy refiriendo a la esencialidad de la música. Esencialidad en cuanto brevedad, condensación de ideas, la necesidad estricta de cada sonido. Esto se nota, sobre todo, en los fragmentos poéticos de Józséf Attila, que apenas supera cada uno el minuto de duración. En todo caso, la soledad instrumental seguramente obliga a buscar esta concisión y esencialidad de la música, frente a la gran comunidad de las construcciones orquestales, donde resulta más difícil condensar y concretar, o dicho al revés, resulta más fácil no hacerlo.

En cuanto a la interpretación, bastaría con subrayar y reafirmar la frase que he apuntado más arriba: no hace falta fichar instrumentistas alemanas o austriacas para disfrutar de un Bach de primer nivel. Hemos tenido cinco mujeres de aquí, jóvenes, pero con experiencia más que suficiente para enfrentarse a obras tan severas, y a la vez, tan delicadas como las sonatas y partitas de Bach y los fragmentos vocales de Kurtág. Las tres violinistas lo han hecho de maravilla, y eso que debían sentir en su cuerpo la presencia, quizás inquietante, del público que llenaba buena parte de la sala.

Cuando alguien actúa en plena soledad, no sólo sabe que permite oír hasta su más pequeño fallo, sino que también sabe que un número indeterminado de miradas están examinando cada uno de sus movimientos, si elegantes, si enérgicos, si tranquilos, si eléctricos. No hay posibilidad de camuflarse en una multitud orquestal.

Pero esta soledad, para el público, es un placer. Desde la sala, se puede constatar que cada movimiento surge cuando es necesario y siempre acompasado con el fluir de la música.

Tal como he mencionado, todas las intérpretes han estado a la altura requerida. En cuanto a las instrumentistas, quisiera resaltar la labor de Noemí Fúnez, que ha sido capaz de mantener todo el interés y la densidad de la Suite para violonchelo BWV 1009 en la transcripción para viola que nos ha ofrecido, demostrando que posee un nivel de auténtico virtuosismo con este instrumento de cuerda, siempre discreto en el interior de la orquesta, y que hoy ha sonado en su mejor nivel como solista. Y, desde luego, no olvidemos la complicada Fuga a cuatro voces de la Sonata BWV 1005, que Helena Sauté (fundadora del Cuarteto Cosmos) ha interpretado con absoluta claridad, o la famosa Chacona de la Partita BWV 1004, una prueba de fuego para Patricia Cordero, que se ha volcado en cuerpo y alma, consiguiendo exponer la pieza como lo que es: una inmensa oración que se siente, siguiendo las Confesiones de San Agustín, como algo, a la vez, interior y superior a nosotros.

Por su parte Elionor Martínez, artista residente de l’Auditori, ha puesto los contrapesos necesarios a cada una de las actuaciones instrumentales, enfrentándose a una soledad diferente a la de Bach, la de Kurtág, también íntima y desnuda, pero con la voz como único vehículo de transmisión de esa intimidad y esa desnudez. Los breves fragmentos poéticos de Attila József, un artista muy especial, que murió a los 32 años atropellado por un tren, encajaron de maravilla en la estética de Kurtág, quien halló un aliado perfecto para desarrollar su idea de una música concisa, directa, en la que nada sobra ni falta.

Elionor Martínez, que ya nos tiene acostumbrados a lo mejor en cada una de sus actuaciones, se ha entregado también en cuerpo y alma a este reto fascinante de dar forma a pequeñas partituras que exigen una técnica muy depurada para transmitir los contrastes sonoros (incluidos silencios) que dan vida a estos condensados fragmentos.

La voz de la soprano barcelonesa, que se ha ido alternando con los violines y violas bachianos, ha fluido enigmática, hechizante, seductora. Además, su presencia no se ha remitido solo a lo musical, sino que en muchos momentos, ha formado parte de la desnuda escenografía, contemplando sentada, desde el fondo del oscuro escenario, como si de una figura indefinida y volátil se tratara, el ejercicio de sus compañeras, mientras esperaba el momento de su intervención.  

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