Aseada representación de Maria Stuarda la que tuvo lugar el 11 de octubre, como es habitual en este teatro con cantantes que pueden con sus papeles de forma muy digna, pero que no dejan un recuerdo indeleble en la memoria del espectador. Las dos protagonistas tuvieron siempre muy buena intencionalidad artística, pero habitualmente no pudieron llegar a esos momentos mágicos, habitualmente por una técnica que no colabora para ello.
Yolanda tiene una buena voz, pero le cuesta mucho volar libre y suena siempre con un anclaje que le resta efectividad. Si principal ventaja es que conoce muy bien sus posibilidades, y se las apaña para que casi siempre todo sea funcional, con bastantes trucos, eso sí, que a veces rompen la línea de manera evidente para poder dar los agudos, por ejemplo, que siempre se lanzan con presión. Resulta, en cambio, muy satisfactorio cómo es capaz de subrayar y aprovechar los momentos más lucidos, como en la inflexiones y pausas dramáticas del archiconocido “Figlia impura di Bolena”.
Paola propuso una Isabel I de voz pequeña y de emisión poco canónica. Comenzó imprecisa, aunque hubo un momento en el que el mecanismo se ajustó lo suficiente para que la artista pudiera empezar a pensar en su parte dramática, que sin ser muy arrojada hizo que el personaje resultara creíble. Su bajo volumen no permitió apreciar del todo la probidad de sus agilidades, pero desde luego su capacidad para la movilidad paga precios demasiado altos, especialmente en los extremos de la tesitura. En sus duelos con Stuarda tuvo detalles interesantes, con cierta finura en el gesto y en los recitativos, dichos con mucha intencionalidad.
, Roberto de fantástico sonido en el centro, decepciona bastante cuando debe pasar del sol, ya que entonces los agudos no se colocan de la manera más efectiva y se proyectan poco. No se van hacia atrás, porque el sonido no suena retrasado, sino más bien hacia arriba. Tampoco es el rey de la limpieza en los ataques, aunque suele recuperar rápidamente una posición buena en su zona más útil. Resulta curioso escuchar a un tenor ligero con un buen centro que no pueda buscar el brillo arriba. Su interpretación no tuvo grandes matices, y se movió en una especie de arrojo personal, muy acorde por otra parte con un personajes al que se puede exprimir algo más, pero tampoco mucho.
El resto del reparto cumplió muy convenientemente, a veces con mayor presencia sonora que algunos protagonistas, como el caso de , (que se molestó en dar carácter a su personaje) y sobre todo Irina Avramenko, que hizo lamentar la brevedad de su papel. El experto a la batuta demostró por qué es un director apreciado en estos repertorios, y se preocupó sobre todo de un marcado muy preciso para que los concertantes salieran estupendamente (fue lo que más satisfacción me produjo de la velada) y una buena planificación dinámica que supo aportar un seco dramatismo a muchas escenas, lo que las intensificó. La orquesta estuvo estupenda y muy preciso el coro, que como es habitual se mantuvo a un nivel apreciable.
La puesta en escena no me sorprendió demasiado, pues se utilizaron recursos parecidos a los de Anna Bolena. Esto tiene sentido desde el momento en que estamos hablando del mismo director de escena () y al que supongo le resta Roberto Devereux. La iluminación me pareció sugerente sobre todo al transformarse en las superficies reflejantes de los elementos escénicos. En combinación con la luz, muchas composiciones cobraban vida, y su simbolismo y contraste (respecto a la ambición de la tres coronas, el hecho físico del trono, etc.) sirvieron a la historia sin mayores problemas. Los vestidos, muy vistosos y bastante trabajados, colaboraron bien con la escena, aunque a la reina protestante no le sentara del todo bien el del primer acto. Los textos de la sentencia original en las pareces favorecían la impresión de un fatum marcado por los inamovibles hechos fijados por los elementos históricos.
En algunos momentos la superposición de elementos me pareció un poco agobiante, como las proyecciones sobre el velo y sobre todo en el momento en que Stuarda canta su plegaria antes del cadalso, un acto íntimo aquí demasiado extrovertido por la movilidad de lo proyectado, que no se adecuaba demasiado al tono. Otros elementos, como los troncos de los árboles que bajan, se han visto en tantas ocasiones que ya casi son un lugar común que presupongo. El final debería haber sido un poco más intenso (y no hubiera estado mal que el deseo de la sentenciada de que Anna la acompañara al cadalso se hubiera cumplido), y quizá eso define una puesta en escena demasiado educada y simbólica para una obra cuya escritura no está plagada de momentos memorables pero sí de rivalidad en el poder y en el amor, sadismo, envidia, despecho…
En mi opinión todo eso puede explotarse desde un lado más intenso, dinámico e incluso bizarro, aunque sea en unas escenas determinadas. En cualquier caso, todo tuvo el suficiente interés como para que la representación mereciera la pena.
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