España - Galicia

Entre la calle Caminito y Rodeo Drive

Alfredo López-Vivié Palencia
Matteo Dal Maso
Matteo Dal Maso © 2026 by Matteo Dal Maso
Santiago de Compostela, viernes, 16 de octubre de 2026.
Auditorio de Galicia. Sofía Ros, acordeón; Óscar Cobos y Antía Barcia, danza. Real Filharmonía de Galicia. Matteo Dal Maso, director. Astor Piazzolla: Adiós Nonino, Milonga del ángel, Tres minutos con la realidad, Oblivion, Concierto para bandoneón “Aconcagua”, y Libertango: 95%.
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Concierto fuera de abono de la Real Filharmonía de Galicia. En viernes, con la perspectiva (para la mayoría) de no tener que madrugar al día siguiente. Noche apacible en Santiago. Función corta, sin pausa, de cinco cuartos de hora, dedicada a un monográfico con la música de Astor Piazzolla. Y la sala llena prácticamente hasta la bandera, con muchas caras no habituales entre el respetable. No se podía pedir más.

O sí, porque faltaba comprobar el resultado sonoro; y de entrada hay que decir que fue satisfactorio. Matteo Dal Maso, joven director italiano y flamante ganador del último concurso Donatella Flick, comprende la obra de Piazzolla y se hizo con la orquesta, de forma que, con gesto enérgico y las ideas muy claras, llevó al límite a la Real Filharmonía hasta conseguir de ella el mejor sonido que puede dar. Y a sus músicos se les vio tocar con tanta entrega como disfrute.

El problema está -precisamente- en tocar estas piezas en arreglo para orquesta, porque no están pensadas para una formación tan grande, ni mucho menos. Todo lo que se escuchó fueron arreglos (cuyo autor ignoro porque en el programa de mano se omitió ese dato), salvo el Concierto “Aconcagua”, escrito y tocado con orquesta de cuerda, piano, arpa y percusión. Y digo “problema” porque el peso de una orquesta entera lastra de forma inevitable la tensión y el carácter escurridizo de esta música.

Por más que los arreglos eran de buena calidad. Aunque más de una vez me resultaron inapropiados: si me dijeran que los había hecho un discípulo de Erich Korngold me lo habría creído, de tan hollywoodienses que sonaban. Pero la música de Piazzolla, si bien bebió de las fuentes de Carlos Gardel, no está escrita ni para un arrabal de Buenos Aires ni para las exclusivas avenidas de Beverly Hills. Es una música que pretende agarrar al espectador por la garganta, esté donde esté, ya sea a base de una nostalgia rabiosa, ya sea a base de huidas vertiginosas.

Añádase a ello que el instrumento fetiche de Piazzolla era el bandoneón y su sonido incisivo, no el acordeón, que suena más elegante. No obstante, me pareció adecuado para este concierto optar por el acordeón (tipo “bayán”, con botones en lugar de teclas), porque su mayor fuerza le permite competir con una orquesta. Y a estas alturas no quiero demorar más el dejar constancia de la admiración que me produjo la canaria Sofía Ros: no sólo demostró maestría tocando su instrumento, sino también complicidad con la música de Piazzolla.

Así, Adiós Nonino salió un tanto estruendoso para una despedida, y a Libertango le faltó ese punto de más de fatalidad. Sin embargo, las piezas eminentemente lentas, Milonga del ángel y sobre todo Oblivion, sonaron maravillosamente bien: la orquestación no fue apabullante, y el fraseo de Ros reflejó toda la intimidad de su ambiente mientras supo jugar con el fuelle para alargar o entrecortar la respiración. También me gustó Tres minutos con la realidad, tocada con la máxima limpieza gracias a una orquesta más reducida.

La “pièce de résistance” era, por supuesto, el Concierto “Aconcagua”. Aquí Piazzolla -corría el año 1979- dejó en segundo plano su melodismo irresistible y se centró en la batalla armónica entre solista y orquesta. Batalla muy atrevida a la vista de la enorme dificultad que presenta para ambas partes, sobre todo en los movimientos extremos, que Ros y Dal Maso libraron en buena lid: qué impulso inexorable, qué transparencia de sonido y qué percusión tan amenazante. No faltan los momentos de quietud, particularmente en el tiempo lento, en los que Ros –junto con el concertino y el primer violonchelo- se solazó a placer.

Ni que decir tiene: el público reaccionó con entusiasmo ruidoso a todas las piezas. Y obtuvo dos propinas: una de la acordeonista, que nos dejó a todos boquiabiertos con su transcripción de la célebre Asturias de Isaac Albéniz; y otra a cargo de todos los intervinientes, asimismo de Piazzolla pero cuyo título no supe identificar. Y sí, a lo largo del concierto una pareja (¿de baile?) de vez en cuando salió a pasear por el escenario, no sé muy bien para qué.

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