Las grandes sinfonías de Mahler constituyen algo más que un simple concierto de música sinfónica. Son un espectáculo en sí mismas; por el atractivo de la propia música, desde luego, pero también por la cantidad y variedad de efectivos requeridos (lo que proporciona una panorámica espectacular del escenario) y, sobre todo, por su duración (lo que hace que una sinfonía se programe como obra única, otorgándole así un protagonismo especial). Seguramente por estos motivos resulta habitual encontrar alguna de las más espectaculares sinfonías mahlerianas ocupando momentos estelares en las temporadas musicales, sobre todo, en lo que se refiere a inauguraciones y clausuras de las mismas.
Así ha sucedido en el concierto inaugural de la temporada de Ibercàmera en Barcelona. Nada menos que la Tercera de Mahler, que posiblemente sea la sinfonía más larga, compleja y difícil de descifrar del compositor austriaco. No se presenta tan poderosa como la Segunda o la Octava, ni tan directa como la Quinta, ni tampoco tan tormentosa como la Novena, donde cada nota de su ‘Adagio’ parece desencadenar una tragedia.
La Tercera es quizás la sinfonía más filosófica, ambigua y dubitativa de su autor -la que establece un contacto más directo con la naturaleza- el cual trasciende paulatinamente hacia lo divino y lo metafísico. Se presenta, por tanto, como un gigantesco reto para los intérpretes.
Esta pretensión humanística y filosófica de la obra, la desarrolla Mahler alternando pasajes muy inocentes, casi pueriles, con momentos de intensa profundidad y meditación filosófica, tal como se observa (por poner el ejemplo quizás más ilustrativo) en el contraste entre los movimientos 4º y 5º, las dos únicas partes cantadas de la obra, donde a un oscuro poema del Zaratustra nietzschiano, cantado en solitario por la mezzosoprano, le sigue sin pausa un fragmento de Das Knaben Wunderhorn (la colección de poemas populares alemanes que tanto agradaba a Mahler, quien la utilizó en varias de sus composiciones) en el que la voz de la solista se alterna con la de los coros femenino e infantil.
En fin, toda esta Tercera sinfonía se encuentra bañada por contrastes de todo tipo, no sólo puramente musicales, también anímicos, reflexivos… por todo esto, vuelvo a repetir, la obra se constituye en uno de los huesos más duros de roer para sus intérpretes, en especial, para la orquesta y el director.
En la velada musical presentada por Ibercámera hemos tenido un elenco ejecutante tan efectivo como variopinto, un auténtico collage de identidades europeas que se han unido para componer la imagen de un Mahler plurinacional, lo cual no creo que defraude en absoluto el propósito universalista del compositor. Dos formaciones corales catalanas, una orquesta de la más pura casta alemana, una mezzosoprano oriunda de las Islas (en concreto, de Escocia) y un director húngaro han ocupado el escenario de l’Auditori.
La verdad, y perdonen la ironía, ojalá que en el Parlamento Europeo los representantes de los diversos países se pusieran tan de acuerdo como lo han hecho nuestros intérpretes mahlerianos. ¿Quizás estos han conseguido lo que no se consigue en los parlamentos por haber utilizado el más grande lenguaje universal al que se pueda aspirar, la música?
Hablemos primero de la orquesta y del director, genuinos protagonistas, ya que no olvidemos que están ahí, entregados a la partitura, durante los casi cien minutos sin pausa, mientras que las partes vocales no intervienen más de un cuarto de hora, es decir un 15% del todo musical.
La Sinfónica de Düsseldorf es una orquesta magnífica, legendaria, de primerísima línea, aunque (no sabemos muy bien por qué) siempre ha quedado relegada a un segundo plano frente a orquestas de otras ciudades alemanas, consideradas más “musicales”, como Berlín, Munich, Leipzig o Dresde.
En esta velada musical, la orquesta ha dejado clara, una vez más, su valía profesional, y lo ha hecho bajo la batuta de quien ha cumplido toda una década como director titular de la formación, el prestigioso conductor húngaro Ádám . La compenetración entre músicos y director no podía ser más que absoluta, teniendo en cuenta además que, en estos once años de mutua colaboración, se han hartado de estudiar e interpretar a Mahler (no olvidemos que orquesta y director dejaron firmada una integral sinfónica, grabada entre 2014 y 2022 para el sello Avi Music, que incluye La Canción de la Tierra).
La batuta de Fischer ha tomado las riendas con un control absoluto sobre la inmensa maquinaria orquestal, sin apenas fisuras y sin dejar escapar un sólo detalle. Pero entendámonos bien. No confundamos el mencionado control absoluto del director sobre la orquesta con una presencia tiránica o absolutista. A Fischer, un hombre sencillo y civilizado, no le hace ninguna falta recurrir a este tipo de acciones. Posee una experiencia profesional de más de cincuenta años y conoce a los miembros de la Sinfónica de Düsseldorf como la palma de su mano. Y la orquesta funciona a las mil maravillas, pero es evidente que una obra con las dimensiones de esta sinfonía requiere en todo momento una batuta sabia y firme, capaz de lustrar lo más brillantemente posible el caleidoscópico torbellino musical que se encierra en la partitura.
Por su parte, la mezzosoprano escocesa estuvo totalmente a la altura en sus intervenciones, en especial en ese cuarto movimiento, en el que se establece uno de los momentos a la vez más contemplativos y más oscuros de la obra, plasmados en el conocido poema de Nietzsche O Mensch! Gib Acht!. Su voz, desvestida de cualquier tipo de ornamentación, ha sabido mantener en todo momento la tensión introspectiva que requiere el fragmento.
Después, tras la súbita aparición del quinto movimiento, la solista, cambiando radicalmente la psicología de su papel, ha mantenido su delicioso diálogo con las voces femeninas del y las infantiles del Cor Vivaldi, dos agrupaciones corales harto conocidas y apreciadas, que se han mostrado especialmente dúctiles y expresivas en este fragmento, el más corto de la sinfonía, que sin embargo, encierra no poca dificultad por su carácter que combina lo celestial con lo metafísico.
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