Después de los conciertos inaugurales de la OBC y de la Orquesta Sinfónica del Vallès, le toca arrancar la temporada a otra de las formaciones importantes del panorama musical de Catalunya. Todos conocemos, con mayor o menor aproximación, la Franz Schubert Filharmonia, una orquesta que presenta sus actuaciones en el Palau de la Música de Barcelona, y que lleva unos cuantos años situada en una posición de privilegio, entre las mejores formaciones de la actualidad. Su filosofía está clara: la divulgación de los grandes títulos de la música clásica, con especial atención a un público joven, pero sin olvidar satisfacer a los melómanos y entendidos.
Su programación para esta temporada incluye títulos tan espectaculares como el Requiem de Mozart, Las cuatro estaciones de Vivaldi, la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, la Sinfonía Heroica de Beethoven, y conciertos para piano de Haydn, Mozart, Brahms y Chaikovsky. Estas obras del gran repertorio se combinarán con otras de autores contemporáneos, como , o Benet , de quien se estrenará en Cataluña su Concierto para trompa y orquesta n.º 2. Como puede verse, con esta brillante orquesta, el espectáculo para la presente temporada está asegurado.
El concierto inaugural de la temporada de abono se ha mostrado en esta línea. Brillantez y espectacularidad en su máxima potencia. Para empezar, un aliciente muy especial, con la presencia de la pianista rusa Yulianna , quien saltó a la fama tras obtener el primer premio en el prestigioso Concurso Chopin de Varsovia en 2010, siendo la primera mujer que lo conseguía desde Martha en 1965.
En la actualidad, Avdeeva se presenta como una solista madura y experimentada, capaz de conquistar al público con su técnica y su espíritu poético y apasionado, tal como lo demostró hace unos meses, cuando nos regaló un magnífico Concierto n.º 1 de Chopin, justamente con la Franz Schubert Filharmonia. En la velada inaugural de esta temporada, Avdeeva repite con la misma formación y con otro gran referente del Romanticismo pianístico, el Concierto n.º 1 de Chaikovsky.
No hay que darle muchas vueltas. El Concierto Op. 23 es, ante todo, una obra brillante y espectacular. Como sucede en muchas otras composiciones del autor ruso, el sentimiento y la pasión que desprende su música se hallan fuertemente vinculados al fulgor de la propia construcción musical. Hay mucha vida interior en este gran concierto chaikovskiano (dramatismo, nobleza de espíritu) pero ésta se encuentra supeditada al enorme colorido pianístico y orquestal, o dicho con más propiedad, se manifiesta a través de este virtuosismo, que a primera vista puede parecer superficial, pero que de ningún modo lo es.
Así nos lo presentaron Avdeeva y los músicos de la Filharmonia. Exuberante y plenamente romántico llegó hasta nuestros oídos, a través de una perfecta conjunción entre solista y orquesta (hay que señalar algún pequeño desajuste, en concreto en el tercer movimiento, pero esto no empaña en absoluto la perfecta lectura de la obra).
Como respuesta a los aplausos entusiastas del público, la virtuosa rusa ofreció como propina otra página brillante, aunque, claro está, mucho más corta y para piano solo: el Momento Musical Op. 16 n.º 4 de .
Si en la primera parte del concierto pudimos disfrutar, sobre todo, de un envidiable virtuosismo pianístico, tras el descanso ese virtuosismo quedó por completo en manos de la orquesta, que presentó dos poemas sinfónicos de Strauss, muy parecidos en cuanto planteamiento y duración, pero diferentes en lo que se refiere a su personalidad y psicología musical.
En principio, se podría criticar el hecho de haber juntado dos piezas muy hermanadas de un mismo autor (hubiera resultado más variado interpretar uno de los dos poemas straussianos junto, por ejemplo, a otro de Liszt o de Dvorak), pero después de le escucha, creo que el público quedó satisfecho de haber podido comparar la personalidad seria, casi heroica, de Don Juan con el talante burlesco e irónico de aquel personaje entrañable del folclore germánico llamado Till Eulenspiegel.
Ambas obras muestran lo mejor de la capacidad arquitectónica de Strauss, que despliega un virtuosismo que recorre de una punta a otra toda la orquesta, tanto en su conjunto como a nivel individual en la mayoría de instrumentos. Aquí toca alabar a los solistas de la formación, desde la flauta hasta los metales, pasando, cómo no, por el primer violín (la magnífica ), que posee un complicado solo en el Till Eulenspiegel, o los cinco contrabajos, colocados en lo más alto del escenario, junto a la percusión, para dar más relieve a sus intervenciones.
Y desde luego, hay que elogiar la labor del director rumano Gabriel , una auténtica institución en su país (entre otros puestos, desempeña la titularidad de las orquestas Filarmónica George Enescu de Bucarest y de Timisoara), y también muy conocido en el resto del mundo. Su batuta se ha movido firme y eficaz en todo momento, especialmente en los poemas sinfónicos de Strauss, donde el director ha mostrado gran seguridad y conocimiento de las partituras.
En resumen, hemos disfrutado de una magnífica velada musical, con un Palau lleno en más de un 80%, eso sí, con una destacada presencia de turismo, especialmente oriental, que suele poner una nota de color, pero que, como ha sucedido en otras ocasiones, se muestra bastante anárquico, utilizando los móviles a su aire, a pesar de las advertencias que reciben del personal de control de la sala, y abandonando sus localidades en mitad de las obras. En fin, inconvenientes de un imponente edificio modernista que posee una doble personalidad: sigue constituyéndose en el templo de los melómanos, a la vez que lleva ya mucho tiempo transformado en atracción turística.
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